Nuevo personaje: Don Pelayo de Aragón

 

Preludio de Don Pelayo de Aragón

Las cuentas del Lasombra

 

Don Pelayo de Aragón, Lasombra

Año del Señor 1187. Las murallas de Jerusalén se alzaban negras contra el cielo del desierto mientras el viento arrastraba arena por las colinas, como si quisiera borrar las huellas de todos los peregrinos que habían llegado antes.

Don Pelayo observaba la ciudad desde lo alto del camino. No caminaba solo, la oscuridad lo escoltaba.

La tela negra de su capa apenas se movía con el viento, pero las sombras a su alrededor parecían inclinarse hacia él, reconocían a su señor. De su cuello colgaba una cruz de Cristo que descansaba fría sobre su pecho muerto, y aunque su rostro anguloso resultaba desagradable para muchos, sus ojos revelaban algo que pocos podían comprender: una mente afilada, paciente y calculadora.

Había cruzado medio mundo para llegar allí, y, sin embargo, había sido humano una vez.

 

 

Mucho antes de aquella noche, cuando aún respiraba, Don Pelayo había nacido en el Reino de Aragón. La fiebre se llevó a su familia cuando él apenas había aprendido a leer, y los monjes de un monasterio de piedra lo recogieron entre sus muros, donde los inviernos eran largos, silenciosos y llenos de oración.

Allí descubrieron su don: los números parecían obedecerle.

Mientras otros novicios copiaban salmos o iluminaban pergaminos, Pelayo ordenaba cuentas, diezmos y registros con una facilidad inquietante. Donde otros veían columnas de cifras, él veía equilibrio, patrones y caminos hacia la riqueza.

Los monjes lo educaron con paciencia y los templarios lo reclamaron con interés.

En la Orden del Temple encontró su lugar, aunque no empuñara espada ni lanza. Su arma era el cálculo, y su campo de batalla los cofres, los préstamos y las deudas. Organizaba diezmos, administraba rentas, aconsejaba a nobles y mercaderes, y poco a poco aprendió a multiplicar fortunas y a dirigir esas riquezas hacia la Iglesia y la Orden.

Los poderosos empezaron a escucharlo. Los templarios lo respetaban y los prelados lo consultaban.

Pelayo cuidaba los bienes de Dios con una precisión casi sagrada, pero también innovaba en la forma de hacer crecer esas riquezas, tejiendo favores entre nobles y mercaderes que acababan financiando nuevas cruzadas, templos y ejércitos.

Por eso, cuando llegó una misión delicada, su nombre fue el primero en pronunciarse.

 

 

Debía viajar a Jerusalén para entregar las cuentas del banco templario, pergaminos sellados que contenían nombres, deudas, promesas y tesoros que la Orden no podía permitirse perder.

El camino era largo y peligroso, por eso buscó ayuda.

El primer nombre que pronunció fue el de Benjamín de Tudela, un viajero judío famoso por recorrer los caminos del mundo y registrar las ciudades que visitaba. Pelayo había oído hablar de él en puertos y monasterios, y cuando por fin se encontraron en una posada llena de polvo y peregrinos, apenas hicieron falta muchas palabras.

Pelayo ofreció financiar el viaje. Benjamín aceptó con una leve inclinación de cabeza y así comenzó su travesía.

Durante semanas cruzaron caminos de mercaderes y puertos llenos de idiomas extraños, hasta que en Sicilia encontraron al tercer miembro de la comitiva.

Se llamaba Axel, lo llamaban el Aullador.

Era un mercenario vikingo alto como un roble, con barba áspera y ojos grises como el mar del norte. Su acha parecía tener voluntad propia y su risa llenaba las tabernas como el estruendo de una tormenta.

Los salvó de bandidos, piratas y asesinos; más de una vez. Pelayo no olvidó ninguno de aquellos momentos, ni las noches en las que el vikingo se plantó entre él y la muerte sin pedir más pago que unas monedas y un vaso de vino.

Por eso ahora, incluso después de la muerte, Pelayo lo sabe.

Tiene una deuda con Axel el Aullador.

Y las deudas, para un contable, deben pagarse.

 

 

Cuando finalmente llegaron a Jerusalén, Pelayo cumplió su misión con la misma precisión que siempre había guiado su vida. Entregó las cuentas, explicó los números y organizó los registros del Temple como si nunca hubiera abandonado Aragón.

Los templarios lo recibieron con respeto, pero no fueron los únicos que lo observaron. Desde las sombras, alguien más lo estudiaba.

Un antiguo del clan Lasombra llamado Don Rodrigo de Villalcázar, señor de sombras y poder en tierras españolas, cuya influencia se extendía por la península como una red invisible de favores y secretos.

En vida había sido sacerdote. En la muerte era algo mucho más peligroso.

Alto, delgado como una estaca, con ojos tan negros que no reflejaban la luz, Rodrigo hablaba siempre en voz baja, cada frase parecía ser una confesión dicha en la penumbra.

Vio a Pelayo entre los templarios. Vio su disciplina. Vio su fe. Y vio algo aún más valioso: una mente capaz de gobernar imperios sin levantar una espada.

Durante noches enteras lo observó desde las sombras de la ciudad, hasta que finalmente tomó una decisión.

Pelayo debía pertenecer al clan.

 

 

El Abrazo llegó como una plegaria invertida.

La sangre ardió en sus venas.

La fe tembló en su pecho.

Y cuando abrió los ojos de nuevo, comprendió que algo en el mundo había cambiado para siempre.

Las sombras lo escuchaban.

Lo rodeaban.

Le obedecían.

 

 

Durante meses Don Rodrigo le enseñó los secretos del clan Lasombra, el dominio de la oscuridad y la política eterna de los condenados que gobernaban el mundo desde la penumbra. Pelayo aprendió rápido, con una rapidez que incluso su Sire encontró inquietante, pues cada lección parecía asentarse en su mente como si hubiera estado esperándola toda su vida.

Pero también descubrió algo que no esperaba.

Fe.

Pelayo seguía creyendo.

Incluso muerto.

Siguió el Camino del Cielo, una senda peligrosa para un vampiro. Juró no dañar cristianos, ni alimentarse de ellos, ni permitir que su maldición manchara la fe que había servido en vida.

Una noche, mientras conversaban bajo los arcos de un monasterio abandonado, Rodrigo soltó una risa breve y murmuró con ironía:

—Si tu Dios existe, chiquillo… sabrá qué hacer contigo.

Pelayo no respondió.

Solo inclinó la cabeza y siguió aprendiendo.

Cuando su Sire consideró que ya había aprendido lo necesario, lo dejó libre.

Así hacen los Lasombra.

El mundo es la prueba.

 

 

Ahora Don Pelayo camina por Jerusalén otra vez, pero la ciudad ya no es la misma.

Ni él tampoco.

A su lado viaja Jonas, su joven aprendiz de contable, que aún cree servir a un hombre extraordinario y no a un monstruo de la noche. También lo acompaña un pequeño rebaño de tres fieles de su comitiva, hombres y mujeres que se ofrecen voluntariamente a su sangre y que, de algún modo extraño, parecen necesitar esa unión tanto como él.

La Iglesia aún lo respeta.

Los templarios aún lo estiman.

Pero ahora pertenece a otro mundo.

Uno donde los animales huyen al verlo con un terror instintivo.

Uno donde las sombras responden a su voluntad.

Uno donde cada día trae sueños oscuros y pesadillas que nacieron la noche de su Abrazo.

Así, mientras las campanas de Jerusalén repican en la distancia y el viento del desierto agita las antorchas de las murallas, Don Pelayo contempla la ciudad que será su nuevo dominio.

Las sombras se estiran a sus pies.

Las cuentas del mundo mortal siempre fueron fáciles de resolver.

Las de la eternidad…

aún están por hacerse.

 

Nuevo personaje: Benjamín Janosz, Nosferatu

 

Preludio de Benjamín Janosz, 

el Cronista de las Sombras

 

Benjamín Janosz, Nosferatu

Jerusalén olía a polvo antiguo y sangre seca. Desde el tejado bajo donde se ocultaba, Benjamín observaba las murallas iluminadas por las antorchas de los cruzados. La ciudad santa no dormía jamás; incluso de noche se oían plegarias, discusiones en lenguas extrañas y el choque de armas en alguna calle lejana. Aquel rumor continuo le resultaba familiar, casi tranquilizador, porque comprendía la mayor parte de lo que se decía.

Hebreo.
Arameo.
Griego.
Latín.
Árabe.

Lenguas aprendidas en años de caminos, puertos y bibliotecas. Lenguas que habían llenado sus cuadernos de nombres, rutas, pueblos y rumores mientras cruzaba medio mundo como un testigo silencioso. Roma, Constantinopla, Bagdad, Alejandría… había visto imperios y miserias, reyes y mendigos, sabios y embaucadores.

Sin embargo, ninguna historia de su Séfer Masaot se parecía a la que ahora estaba viviendo.

Porque los hombres no eran los únicos monstruos que habitaban el mundo.

Benjamín respiró hondo y el aire nocturno le quemó la garganta. El hambre volvía otra vez. No era un hambre humana.

—Maldita sea… —murmuró en hebreo.

Al inclinarse sobre una jarra de agua abandonada, su reflejo le devolvió la cara de un monstruo.

Apartó la mirada.

No debía mirarse demasiado.

Recordar su reflejo traía recuerdos.

Y los recuerdos lo llevaban siempre a la torre.

 

Antes de la oscuridad

Años atrás, cuando aún era mortal, Benjamín de Tudela era muchas cosas: erudito, viajero, curioso hasta el exceso… y también imprudente.

Había llegado a Jerusalén gracias a un hombre que nunca olvidaría.

Don Pelayo.

Un contable templario de Zaragoza con cabeza de mercader y alma de cruzado. Se habían conocido en una taberna junto al Ebro mientras discutían sobre mapas de Oriente. Pelayo necesitaba viajar a Tierra Santa por asuntos de la Orden y Benjamín necesitaba patrocinio para continuar sus estudios y su interminable viaje.

El acuerdo fue sencillo.

El viaje cambió sus vidas.

En el camino contrataron a un mercenario del norte, un gigante silencioso de barba larga y ojos de hielo que dormía poco y escuchaba demasiado. Nadie recordaba su verdadero nombre, así que terminaron llamándolo Axel, el Aullador, porque los lobos parecían seguirlo por los bosques y, cuando luchaba, gritaba como uno.

Axel les salvó la vida más veces de las que Benjamín podía contar.

Por eso su deuda con él era eterna.

 

El error

Jerusalén lo recibió con promesas de conocimiento.

Y con la familia Arista.

Nobles influyentes, cercanos a la corte cruzada y emparentados con la esposa de Ricardo Corazón de León. Hombres interesados en relatos del Oriente profundo, en rumores de Persia y Bagdad, en historias sobre comunidades judías olvidadas.

Benjamín creyó haber encontrado mecenas.

En realidad había encontrado depredadores.

La mujer que lo recibió aquella noche en el palacio Arista se llamaba Katja. Era alta, hermosa y su sonrisa permanecía demasiado quieta para resultar natural. Cuando lo miró, Benjamín sintió algo extraño en su interior, como si aquellos ojos antiguos lo pesaran y lo midieran.

Comprendió demasiado tarde qué era.

La bruja Tzimisce no buscaba historias.

Buscaba sangre.

 

La mazmorra

Los días se convirtieron en semanas.

La torre subterránea olía a hierro y humedad, y el silencio solo se rompía cuando Katja descendía por las escaleras para alimentarse. Al principio Benjamín gritaba, forcejeaba y rezaba. Después dejó de hacerlo.

Cada visita repetía el mismo ritual: la mordedura lenta, la sangre escapando de su cuerpo y la voz suave de la vampira hablándole de reyes muertos, demonios de los Cárpatos y secretos que ningún mortal debía conocer.

Luego llegaba el regalo.

Su sangre.

La primera vez fue por error.
La segunda por curiosidad.
La tercera por diversión.

Cuando Benjamín comprendió lo que significaba, ya no era un hombre libre.

Era un ghoul.

Dependía de ella.
De su sangre.
De su voluntad.

Pero incluso así continuó observando y recordando todo lo que veía, porque su naturaleza nunca había cambiado.

Era un juez.

Un defensor.

Un hombre que necesitaba comprender el mundo para decidir qué era justo, incluso si ese mundo estaba lleno de monstruos.

 

La noche del derrumbe

Todo terminó en una sola noche.

Primero llegaron los gritos. Luego el fuego y el rugido de algo que derribaba puertas de piedra.

Benjamín oyó morir a los guardianes y escuchó a Katja gritar por primera vez.

Después llegó el silencio.

Durante horas permaneció encadenado en la celda, esperando. Nadie acudió a buscarlo y la torre comenzó a derrumbarse sobre sí misma. El polvo cayó del techo y la piedra crujió como si el edificio estuviera muriendo.

Pensó que terminaría enterrado allí.

Entonces alguien abrió la puerta.

Una figura entró desde la oscuridad del pasillo. Benjamín apenas pudo distinguirla. La antorcha que ardía fuera de la celda solo iluminó un contorno irregular, una silueta torcida que parecía más sombra que carne.

El rostro permanecía oculto.

Solo vio fragmentos: una boca demasiado amplia, la piel deformada por la maldición, unos ojos que reflejaban la luz como los de un animal nocturno.

Un Nosferatu.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo? —preguntó la criatura con una voz áspera que raspaba como piedra contra piedra.

Benjamín tardó un momento en responder.

—Lo suficiente para saber que no eres humano.

La figura dejó escapar una risa breve, casi divertida.

—Bien… entonces podemos hablar.

Durante casi una hora Benjamín relató su historia: los viajes, las ciudades, los reyes que había visto y las comunidades judías dispersas por medio mundo. La criatura permaneció en silencio, escuchando desde la penumbra sin acercarse demasiado.

Cuando Benjamín terminó, el Nosferatu dio un paso al frente.

La luz no llegó a revelar su rostro.

—Eres una biblioteca andante —dijo finalmente.

Se inclinó hacia él y Benjamín percibió el olor de la tumba.

—Sería una pena perder tanta información.

Entonces bebió de él hasta desangrarlo, extendió la muñeca hacia él y su pútrida sangre en la boca de Benjamín, hizo el resto.

 

El Abrazo

La muerte fue rápida.

El despertar no.

Cuando tras un tormento interminable, abrió los ojos de nuevo, el mundo había cambiado.

El hambre lo atravesó primero, brutal y absoluta. Luego llegó el frío de la muerte… y después el reflejo en el agua.

Benjamín se inclinó sobre un charco oscuro y vio lo que el Abrazo había hecho con él.

La piel había perdido el tono humano y ahora era negra, mate, tensa como cuero oscuro. No era piel normal: recordaba a la de una serpiente, lisa y fría, como si bajo la superficie hubiera escamas invisibles.

Sus ojos también habían cambiado.

Amarillos.

Amarillos como los de una mamba negra, con pupilas estrechas que se contraían cuando la luz los tocaba.

Retrocedió un paso.

—¿Qué… soy ahora?

La figura que lo había abrazado permanecía en la oscuridad, observándolo. Su rostro seguía oculto.

—Eres lo que siempre fuiste —respondió la voz—. Solo que ahora puedes sobrevivir en la noche.

Durante unas pocas noches más aquella presencia le enseñó lo básico: cómo cazar, cómo ocultarse, cómo escuchar los rumores que corrían bajo las calles de Jerusalén.

Luego desapareció.

Sin nombre.
Sin despedida.
Sin explicaciones.

Benjamín jamás volvió a verlo.

 

Enemigos

Pero las sombras tenían memoria y Benjamín también. Había un nombre que no olvidaría jamás:

Hannah.

Una Nosferatu que había abrazado a los criados de la familia Janosz, compañeros suyos de desgracia, para luego abandonarlos cuando creyó que él estaba muerto o demasiado débil para sobrevivir. Benjamín estaba convencido de que muchas de sus miserias comenzaban con ella.

Tal vez no fuera cierto.

Pero en la noche los rencores pesaban más que la verdad.

 

La nueva hambre

Benjamín descendió del tejado y caminó por una calle casi vacía de Jerusalén. Su olfato captó el olor de la sangre procedente de una taberna cercana y se detuvo frente a la puerta. Dentro una mujer reía entre el bullicio de los hombres.

Pensó en entrar.

Luego negó despacio.

Las antiguas leyes seguían vivas dentro de él.

No bebería de una mujer durante su ciclo.

Ni siquiera ahora.

Ni siquiera siendo un monstruo.

—Algunas cosas deben permanecer —susurró.

Se volvió hacia la oscuridad de la calle y entonces lo oyó.

Un aullido.

Lejano.

Pero familiar.

Benjamín sonrió por primera vez en muchas noches.

Axel el Aullador.

Si aquel sonido pertenecía realmente al vikingo, Jerusalén era aún más peligrosa de lo que había imaginado.

Y su historia apenas estaba comenzando.

 

Nuevo personaje: Axel Ulmer "El Aullador", Gangrel

 

Preludio: Axel Ulmer, “el Aullador”

 

Axel Ulmer, "El Aullador"

Me llamo Axel Ulmer.

Aunque hace mucho que casi nadie usa ese nombre.

Ahora me llaman el Aullador.

Dicen que cuando la sangre corre y el hierro choca contra el hierro dejo de ser un hombre. Dicen que algo dentro de mí despierta y sale a la superficie, algo viejo y hambriento que ruge, muerde y desgarra.

Tal vez tengan razón.

Pero yo no siempre fui así.

Hubo un tiempo en que no era más que un niño flaco que corría entre los pinos de las montañas del norte.

Nací en un pequeño poblado de Noruega, donde el invierno dura más que la paciencia de los hombres y los bosques se extienden como un océano oscuro. Era el menor de cuatro hermanos, hijo de campesinos pobres que sobrevivían con lo que podían arrancar a la tierra, al río y al bosque.

Desde pequeño cargué madera, recogí frutos, arrastré pieles y ayudé en las trampas de caza. Hacía lo que cualquier hijo debía hacer para que la familia sobreviviera un invierno más.

Pero cuando el trabajo terminaba, corría al bosque.

Allí jugaba entre las sombras de los árboles imaginando que era uno de los héroes de los que hablaban los ancianos junto al fuego. Guerreros que cruzaban mares grises, saqueaban ciudades lejanas y morían con un hacha en la mano bajo la mirada de los dioses.

Esas historias encendían la sangre.

Soñaba con viajes, con batallas, con gloria…

y con el ojo de Odín observándome desde lo alto.

Cuando mi cuerpo dejó de ser el de un niño me uní a una banda de guerreros. No tenía oro para comprar una espada digna ni hierro para cubrir mi pecho, así que fabriqué lo que pude: cuero endurecido y el hacha con la que había cortado leña durante años.

No era mucho.

Pero la furia que llevaba dentro sí lo era.

Los veteranos empezaron a fijarse en mí. Sobre todo el día en que, en mitad de una pelea, salté sobre un enemigo y le arranqué la garganta de un mordisco.

Recuerdo el sabor.

Caliente. Espeso.

Recuerdo también cómo me miraron después.

Aquella misma noche me llevaron ante el chamán.

Nos esperaba en lo profundo del bosque. La hoguera iluminaba su rostro arrugado y alrededor de él se alzaban los guerreros más temidos de la banda: los berserkers.

El chamán nos dio una sopa negra y amarga hecha con beleño y otras hierbas que quemaban la lengua y enturbiaban la vista. Luego empezó a cantar.

Un canto antiguo.

Más antiguo que los reyes.

Más antiguo que nuestras sagas.

El mundo empezó a girar.

Nos arrastramos a cuatro patas alrededor del fuego. Rugíamos. Aullábamos. Sentí cómo algo dentro de mi pecho se rompía y se liberaba.

Mi lobo.

El cielo giraba sobre nosotros.

Y entonces levanté la cabeza… y los vi.

Figuras observaban desde las nubes.

Odín, con su ojo único clavado en nosotros.

Thor, enorme como una tormenta.

Loki, sonriendo con una mueca torcida.

Sentí que me juzgaban.

Y aquella noche me aceptaron.

Después llegó la locura.

Incursiones en aldeas enemigas. Incendios que devoraban tejados. Playas cubiertas de cadáveres.

Cuando el trance me poseía ya no sentía dolor ni miedo. Solo hambre de lucha.

Y en medio de la sangre volvía a ver a los dioses.

Siempre mirando.

Siempre esperando más.

Pero con el tiempo aquello dejó de bastarme.

No quería que solo me miraran desde el cielo.

Quería hablar con ellos.

Quería estar ante Odín y que escuchara mi nombre.

Así que una noche tomé más setas y beleño del que ningún hombre cuerdo debería probar jamás. Me interné en el bosque y caminé hasta que las estrellas comenzaron a moverse como brasas en el cielo.

Las sombras se alargaban y se retorcían.

Vi gigantes entre los árboles.

Dragones deslizándose entre las nubes.

Entonces apareció ante mí un puente de luz que se elevaba hacia el firmamento.

El Bifröst.

Lo crucé.

Cada paso me acercaba a Asgard. Imaginé a Heimdall observándome con sus ojos dorados. Imaginé las puertas abriéndose para dejarme pasar.

Estaba a punto de alcanzarlas cuando algo cayó sobre mí.

El golpe me arrancó del sueño.

Desperté en el bosque, con la espalda contra la tierra húmeda.

Y había algo sobre mí.

Dos figuras se alzaban en la penumbra.

Altas.

Cubiertas de pelaje oscuro.

Sus ojos brillaban con una luz extraña.

No eran lobos…

pero tampoco hombres.

Uno de ellos se abalanzó sobre mí.

Sus garras rasgaron mi pecho y sus dientes buscaron mi garganta. Rodé por el suelo y logré apartarlo con un gruñido. Cuando me levanté ya tenía el hacha en las manos.

Los miré.

Y mi mente encontró una respuesta.

Hati y Sköll.

Los hijos de Fenrir habían venido a impedir que alcanzara a los dioses.

Escupí sangre.

—Venid —gruñí—. Veamos cuál de vosotros quiere morir primero.

Entonces una luz cruzó el cielo.

Una estrella ardiente.

Pero yo supe que no era una estrella.

Era una señal.

Odín me observaba.

Así que ataqué.

El primer lobo saltó hacia mí con un zarpazo que habría abierto a un hombre en dos. Logré desviar el golpe y descargué el hacha contra su torso.

El hierro se hundió en la carne.

Volví a golpear.

Y otra vez.

Y otra.

Hasta que el lobo cayó.

Pero el segundo ya estaba sobre mí.

Sus colmillos se hundieron en mi cuello.

Sentí cómo mi sangre abandonaba mi cuerpo.

Intenté golpearlo, pero mis brazos ya no respondían.

La mordida no era como la de un animal.

Era… distinta.

Casi… cuidadosa.

Cuando mi vista empezó a oscurecerse, el lobo se inclinó hacia mi oído.

—Has luchado bien —susurró.

Después todo se volvió negro.

 

 

Desperté en el bosque.

El aire olía distinto. Cada latido del mundo parecía retumbar dentro de mi cabeza.

Mi cuerpo estaba cambiado: más ágil, más fuerte.

Mis ojos… brillaban con un destello animal cuando la luna se colaba entre los árboles.

Mis reflejos se habían agudizado; podía escuchar el latido de la sangre a cientos de metros.

Mi hambre ya no era solo de carne, sino de algo más profundo… antiguo.

A mi lado yacía el cadáver del lobo que había matado. Del otro no quedaba rastro. Pero sus huellas se alejaban silenciosas entre los árboles.

Y entonces lo sentí.

Un par de ojos en la penumbra.

Oscuros, inteligentes… eternos.

Observándome.

No había ningún movimiento, ningún ruido. Solo la presencia.

Su mirada me decía: “Esto es solo el principio”.

Su sombra se fundía con la noche, esperando.

Esperando a que yo aprendiera a sobrevivir.

Esperando a que yo abrazara la bestia que ahora era parte de mí.

Y supe, sin saber cómo, que ese era el principio de algo que duraría para siempre.

Que había sido elegido.

Por un dios.

Por un lobo.

Por un maestro que aún no se había presentado.

 

Dibujo original de Niko

Nuevo personaje: Don Vinzenzo Giovanni, Capadocio

Don Vinzenzo Giovanni, Capadocio
Bienvenido a la familia

Está bien querida sobrina, es justo que quieras saber cómo tu tío ha llegado a convertirse en un hombre hecho y derecho.

El viaje será largo, así que empezaré desde el principio:

Crecí en Venecia, igual que tú. Aprendí de los mejores maestros comerciantes, Giovanni y no Giovanni. A la temprana edad de 16 años ya era capaz de cerrar importantes tratos con los navegantes del mediterráneo, algo destacable incluso para una familia como la nuestra donde el comercio es tradición.

Mis progresos llamaron la atención de mi domitor, Antonio Bespuccio, una rama secundaria de la familia. El me contactó y me hizo su ghoul en una preciosa ceremonia en el cementerio de San Mitchel, que aunque suene un poco tétrico para alguien mundano, en fin... los 2 sabemos el significado que tiene para nosotros ¿verdad?

Amborgino Giovanni,
Sire de Vinzenzo

Hubo vino, música, diversión, y por supuesto otros miembros del clan Capadocio como el obispo Giorgio y mi sire Amborginno.

Todos me estrecharon la mano con firmeza, a pesar de ser solo un ghoul y me dieron la bienvenida a la familia. Entonces lo entendí, lo más importante para un Giovanni no era el dinero o su poder, era la familia.

 

Envidias y malos hábitos

Poco después, mi domitor Antonio fue enviado a Jerusalén, para encargarse de los asuntos de las cruzadas in situ y poder supervisar que todo estaba en orden.

Señora Pods,
ghoul de Abraham

Al principio todo fue bien, conocí a un matusalén del clan y a su chiquillo e hice buenas migas con otros ghouls de la ciudad. Aquello le trajo a Antonio buenos beneficios, tantos que creo que empezó a sentirse amenazado de alguna manera.


Dejó de contar conmigo para llevar sus cuentas y cada vez que metía las narices en sus asuntos recibía terribles palizas. Solo quería ayudar, no entendía el porqué de su actitud hacia mí, ni ese afán de autodestrucción. Joder, si no tienes ni puta idea de comercio deja que tus mejores se hagan cargo ¿no?

Vartan, Ghoul de Varsik

Lo último que supe en bastante tiempo era que había acumulado tantas deudas, monetarias y de otros tipos, que un buen día me dijo que me había vendido a mí. Lo dijo con odio y

 con un tono de cierta satisfacción, como si hubiera ganado una partida que solo tenía lugar en su enferma cabeza. Mi destino era la ciudad oscura, un lugar del que nadie regresaba. Supongo que él se libró de mí y además había pagado una deuda, pensando que jamás volvería a verme. Se equivocaba.
 

Goran, neonato Nosferatu
Amigo de la muerte

Cuando el carruaje me dejo a las puertas de la ciudad oscura, el cuerpo del cochero se descompuso. Me quede solo y una terrorífica figura de sombras que flotaba en lo alto de una torre susurraba a mi mente. Me instaba a que me acercara y aceptara que mi final había llegado.

Mientras iba aproximándome contemplé al principio horrorizado que en la ciudad solo había muerte. Zombis trabajando a las ordenes de aquel ser que parecía la parca en persona.

Lo que pasó es que en fin, como buen Giovanni, pronto el miedo se convirtió en fascinación por aquel tipo de nigromancia que yo no había presenciado nunca. Siempre mi domitor me había hablado de wraiths y espíritus, pero ¿zombis que trabajan? Aquello era una mina de oro.

Entiendo que a Lesmes Sinister, que así se llama aquel buen hombre, le hizo gracia que otra emoción superior al miedo predominase en mis pensamientos.

“¿Te gusta?” Me preguntó. “Claro que me gusta, como no va a gustarme” le respondí. En vez de ejecutarme se rió y me mostró la ciudad, explicándome lo que allí estaba montando e interesándose por mis habilidades e inquietudes.

Me puse a trabajar para él desde ese momento, consiguiéndole cuerpos y recursos para la construcción de su ciudad oscura. Tras pocos meses y sin darme cuenta, estábamos disfrutando de los primeros lujos de su ciudadela, sentados y charlando amistosamente. El fue el maestro que debí haber tenido dentro de la familia y nunca tuve. Pero más que maestro, tengo el honor de poder llamarle amigo.

 

Bianca Giovanni,
Ghoul de Vinzenzo
El Abrazo de la Oveja Negra

Una noche sin previo aviso, el señor Sinister me comento que tendría visita. Un infame miembro del clan Capadocio, al que él respetaba, se iba a pasar para hablar conmigo. ¿Infame y Capadocio? Amborgino Giovanni, pensé. Pues acerté.

Allí se presento con su encantadora sonrisa saludando cordialmente a Sinister y a mí mismo. Ya le conocía de mi fiesta de bienvenida a la familia, en mi opinión su infamia no es merecida. Es un nigromante de los pies a la cabeza y sigue las normas de la familia, es más, diría que sus formas son más Giovanni que las de nadie. Otro hombre que las envidias le pasan factura, que ironía.

Tras pasar una noche de descanso en la ahora acogedora ciudad oscura para el que sepa apreciarla, se metió de lleno en un interrogatorio que duró horas. Quería saber que había pasado con el comercio de la familia en Jerusalén y porque Antonio le estaba dando largas constantemente. Se quedó un rato pensativo, asintió con la cabeza como si hubiera tomado una decisión y le pidió a Sinister que me dejara marchar para ser instruido en Venecia. Mi amigo no puso pegas, con la condición de poder seguir manteniendo el contacto conmigo.

Oh, sí, el pequeño Horus me acompaña desde ese momento, curiosamente solo tú y yo podemos verlo y a ti también te está cogiendo cariño. Por donde iba... ¡Ah, sí! …

Regresé a Venecia y en una ceremonia, mucho más íntima y menos ostentosa que la de mi domitor, Amborginno me dio el abrazo. Me instruyó en las disciplinas del clan, me trató con respeto y me grabó a fuego los valores e intereses de la familia Giovanni. Si querida sobrina, cuando recibes el abrazo te cuentan algunos asuntos no aptos para mortales. Quédate tranquila, todo lo que ahora sé, te aseguro que va en beneficio directo de todos los miembros de la familia Giovanni. 

Mansión Giovanni

De vuelta al pie del cañón

Has de saber que nos dirigimos con mi Sire hacia Jerusalén por un tema poco agradable, pero necesario, relacionado con cierta muerte de un compañero Capadocio y la parsimonia de cierto hijo de la gran perra al respecto.

No te preocupes, no tienes nada que temer ¿De dónde he sacado esta espada? Bueno, como bien sabes en la Estirpe hay varios clanes. Clanes fuertes como los Lasombra o los nuevos magos, los Tremere, y clanes débiles y estúpidos como los Salubri. El caso es que los Tremere dijeron “¡ey! ¿Y si nos pasamos por la piedra a toda esta panda de santurrones y nos quedamos con su poder?” Y los Salubri respondieron “desde luego caballeros, sírvanse ustedes mismos”

Unos ganan poder a costa de otros, comercio al fin y al cabo querida. Cabe destacar que mi desprecio absoluto por los Salubri como clan, contrasta radicalmente con mi aprecio hacia ellos como clientes. Durante el periodo de instrucción en Venecia uno de ellos me dio como pago esta espada a cambio de una ruta segura para llegar a Constantinopla. El mejor trato de mi vida, esa misma noche fue diabolizado por los magos y no tuve que mover ni un dedo para pagarle.

Te cuento todas estas historias porque quiero que sepas quien te ha elegido como ghoul, eres una gran investigadora y el dinero bien invertido de la familia ha propiciado que pudieras formarte en lo que te apasiona a pesar de tu condición de mujer. No me malinterpretes, me da igual que seas hombre o mujer, como bien te he dejado caer varias veces durante nuestra charla y con esto voy acabando, no importa de dónde vienes, cuáles son tus talentos o que intereses tienes. Solo importa una cosa: Eres una Giovanni.


La Familia Giovanni