Don Pelayo de Aragón
Don Pelayo de Aragón,
Neonato Lasombra
La noche envuelve Jerusalén y las campanas de
los templos se mezclan con plegarias y murmullos que recorren la ciudad santa.
Don Pelayo de Aragón camina por las calles
con paso sereno, envuelto en su capa negra. A su alrededor, las sombras parecen
alargarse cuando él pasa, como si reconocieran a su dueño. En vida fue contable
de la Orden del Temple; en la muerte sigue haciendo lo mismo que siempre:
ordenar cuentas.
Esta noche comienza como muchas otras.
En una estancia discreta, a la luz de una
vela, revisa pergaminos y cifras mientras Jonas, su aprendiz y ghoul, toma
notas y organiza cofres y cartas de mercaderes. Deudas, favores, donaciones…
para Pelayo todo es una balanza que debe mantenerse en equilibrio.
Pero cuando termina el trabajo de los
hombres, comienza el de la noche.
El Lasombra abandona la estancia y recorre
Jerusalén en silencio. No caza al azar ni se deja llevar por el hambre. Su fe
sigue marcando límites incluso ahora: hay almas de las que no beberá jamás.
Las sombras lo acompañan mientras observa la
ciudad, porque Don Pelayo sabe algo que pocos comprenden: en Jerusalén todos
deben algo a alguien, y tarde o temprano… todas las cuentas se pagan.
La presentación del Lasombra
Aesir Pentagast,
Tremere, Señor del barrio judío
La mansión Giovanni permanecía tranquila
aquella noche.
Las lámparas de aceite proyectaban reflejos
dorados sobre los muros de piedra mientras varios criados recorrían los
pasillos en silencio. Fuera, el barrio judío seguía despierto. Las calles de
Jerusalén nunca callaban del todo.
Don Pelayo de Aragón aguardó en el vestíbulo
con las manos entrelazadas tras la espalda.
Vestía de negro. Sin joyas. Sin adornos. Un
hombre acostumbrado a que los números hablasen por él.
Un sirviente regresó poco después.
—El señor Giovanni no puede recibiros esta
noche. Asuntos familiares.
Pelayo asintió.
—Lo comprendo.
—Pero el señor Aesir hablará con vos.
El templario siguió al criado hasta una sala
iluminada por varias velas.
Aesir lo esperaba sentado junto a una mesa
cubierta de pergaminos. A diferencia de Vinzenzo, no parecía interesado en
aparentar riqueza. Libros abiertos, mapas y extraños símbolos ocupaban casi
todo el espacio disponible.
El Tremere levantó la vista.
—Así que tú eres el nuevo Lasombra.
Pelayo inclinó la cabeza.
—Don Pelayo de Aragón.
—Aesir.
El Tremere señaló una silla.
—Toma asiento. Vinzenzo suele encargarse de
estas ceremonias aburridas, pero esta noche alguien tiene que hacer el trabajo.
Pelayo tomó asiento.
—Todo orden necesita ciertos formalismos.
—Eso suena a contable.
—Lo fui.
Aesir sonrió.
—Ya me habían hablado de ti.
Pelayo observó los pergaminos dispersos sobre
la mesa.
—¿Y qué os dijeron?
—Que eras templario. Que sabes contar monedas
mejor que la mayoría de los mercaderes, y que sigues creyendo en Dios después
del Abrazo.
Pelayo le miró a los ojos.
—Hay cosas que la muerte no cambia.
Aesir apoyó los codos sobre la mesa.
—Interesante.
—¿Os sorprende?
—Muchos pierden la fe cuando descubren lo que
realmente habita bajo el mundo.
Pelayo dejó escapar una leve sonrisa.
—Yo la encontré precisamente ahí.
El silencio duró unos segundos. Aesir
tamborileó los dedos sobre la madera.
—Me caes bien.
—Eso suele preocupar a la gente.
—Con razón.
Por primera vez ambos sonrieron. La
conversación continuó durante un rato.
Pelayo habló de la Orden del Temple, de
cuentas, de caravanas y de los años en que recorrió Tierra Santa acompañando
ejércitos y peregrinos.
Aesir escuchó. Luego señaló varios libros
abiertos.
—Yo me ocupo de otras cosas.
—¿Cuáles?
—Ocultismo. Magia. Secretos de la Estirpe.
Monstruos que nadie debería despertar. Pelayo arqueó una ceja.
—Entonces lleváis asuntos más caros que los
míos.
—Mucho más caros.
La sonrisa desapareció del rostro del
Tremere.
—Jerusalén vive una calma frágil.
Pelayo lo notó al instante.
—¿Problemas?
—Siempre.
Aesir se levantó. Caminó hasta una ventana.
—Hace unas noches habría dicho que todo
estaba bajo control. Miró hacia las calles del barrio judío.
—Ahora no estoy tan seguro.
Pelayo permaneció en silencio.
—¿Qué ocurre?
—Reliquias antiguas.
—Eso nunca trae nada bueno.
—Exacto.
Aesir volvió a la mesa.
—Y criaturas que deberían seguir enterradas.
—Eso suena peor.
—También.
El Tremere enrolló uno de los mapas.
—De hecho, iba a salir ahora mismo.
—¿Adónde?
—Belén.
Pelayo observó el mapa.
—¿Negocios de la Estirpe?
—Más o menos.
Aesir sonrió.
—Si quieres conocer las intrigas de
Jerusalén, este es un buen momento.
—¿Me invitáis?
—Tengo un carruaje Giovanni esperando fuera.
Pelayo se incorporó.
—Entonces acepto.
El carruaje avanzó por los caminos que unían
Jerusalén con Belén.
La luna iluminaba las colinas y las viejas
ruinas dispersas entre olivares.
Durante un rato ninguno habló. Solo se
escuchó el ruido de las ruedas y el resoplido de los caballos. Fue Aesir quien
rompió el silencio.
—¿Conoces la historia de Alejandro Magno?
—Lo suficiente.
—Pues parece que Jerusalén guarda algo que
perteneció al conquistador. Pelayo giró la cabeza.
—¿Una reliquia?
—Una espada.
—Hay miles de espadas atribuidas a Alejandro.
—Esta podría ser auténtica.
El Lasombra permaneció pensativo.
—Eso explicaría ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—La cantidad de cadáveres que empiezan a
aparecer cuando una reliquia valiosa sale a la luz.
Aesir soltó una breve carcajada.
—Veo que entiendes cómo funciona el mundo.
—Los hombres matan por oro.
Miró por la ventanilla.
—Matan más por fe.
El Tremere asintió.
—Y por esta espada están muriendo ya.
Pelayo observó la oscuridad del camino.
—He oído rumores.
—¿Sobre qué?
—Un nombre.
Aesir lo miró.
—¿Mandalay?
El silencio fue respuesta suficiente.
—Entonces los rumores corren rápido —dijo el
Tremere.
—¿Existe?
—Eso intentamos averiguar.
El carruaje continuó avanzando.
—También he oído hablar de un lupino —añadió
Pelayo.
—Nosotros también.
La expresión de Aesir se endureció.
—Está dejando cadáveres por toda la región.
—¿Ataca a mortales?
—Y a otras cosas.
Pelayo observó la noche más allá del cristal.
—Reliquias antiguas, monstruos olvidados,
lupinos. Volvió la vista hacia Aesir.
—Parece que he llegado a Jerusalén en el
momento adecuado.
Aesir soltó una breve risa.
—No.
La sonrisa desapareció de inmediato.
—Has llegado justo cuando todo empieza a
torcerse.
Fuera, el camino descendía hacia Belén y en
algún lugar bajo aquellas colinas, oculto bajo piedra, huesos y siglos de
oscuridad, algo antiguo esperaba.
La guerrera de la tumba
Miriam, la durmiente
Las
cadenas vibraron. Un sonido metálico recorrió la cámara mientras la mujer del
sarcófago abría los ojos por completo.
Aquellos
ojos azules recorrieron la sala en un instante. Los huesos. Las paredes. Los
tres vampiros. El hacha de Axel. Las cadenas que aprisionaban sus brazos.
Entonces intentó incorporarse. Los eslabones se tensaron. El hierro chirrió.
Axel adelantó un paso. Las llamas verdes que envolvían el filo de su hacha
iluminaron la estancia con reflejos fantasmales.
—Tranquila
—dijo—. No hagas ninguna tontería.
La
mujer apenas lo escuchó. Giró la cabeza de un lado a otro. Su mirada buscaba
algo. O a alguien.
—¿Sigue
vivo?
La
pregunta cayó en medio del silencio.
Nadie
respondió.
La
guerrera volvió a hablar.
—Decidme
la verdad.
Su
voz sonó áspera, cargada de siglos de polvo.
—¿Sigue
vivo?
Benjamín
intercambió una mirada con Nailah.
—¿Quién?
La
mujer cerró la boca. Sus ojos se clavaron en él.
—No
importa.
—Importa
bastante —replicó el Nosferatu.
Ella
ignoró la pregunta. Observó los huesos dispersos por la cámara. Luego las
paredes. Después el sarcófago. Comprendió algo.
Benjamín
lo vio en su rostro. El peso de los siglos. La comprensión repentina. Todo
había cambiado. Todo.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado? —preguntó.
—Más
de cien años, coo poco —respondió Benjamín.
Ella
cerró los ojos un instante. No pareció sorprendida. Pareció derrotada.
—Maldita
sea...
Nailah
dio un paso al frente.
—¿Quién
eres?
La
mujer no respondió. Su atención se desplazó hacia la entrada de la tumba.
—¿Estamos
cerca de Jerusalén?
—Sí.
Aquello
la inquietó más.
—¿Y
Belén?
—Estamos
bajo Belén.
La
guerrera bajó la cabeza. Sus dedos se cerraron alrededor de las cadenas.
—Entonces
todo salió mal.
El
silencio volvió a caer. Axel mantuvo el hacha preparada.
La
luz verde recorría el filo y proyectaba sombras extrañas sobre los muros.
—¿Qué
salió mal?
La
mujer levantó la vista.
—¿Habéis
oído hablar de desapariciones?
Los
tres guardaron silencio.
—¿Personas
encontradas sin sangre?
Nailah
entrecerró los ojos.
—Continúa.
—¿Sueños
extraños? ¿Pesadillas compartidas?
Benjamín
frunció el ceño.
—¿Qué
sabes de eso?
La
guerrera no respondió.
—Contestad.
—Hemos
oído rumores —dijo Benjamín.
La
mujer apretó la mandíbula.
—Entonces
aún no es demasiado tarde.
—¿Para
qué? —preguntó Axel.
Ella
volvió a callar. Nailah perdió la paciencia.
—Estoy
empezando a cansarme.
La
Setita avanzó hasta quedar frente al sarcófago.
—Te
despertamos. No te hemos matado. No te hemos entregado a nadie.
Señaló
las cadenas.
—Y
sigues ocultándonos cosas.
Los
ojos de la guerrera se endurecieron.
—No
os debo explicaciones.
—Pues
estás encadenada en una tumba y rodeada de desconocidos. Yo diría que sí.
Durante
un instante ambas mujeres se sostuvieron la mirada.
Nadie
habló. Ni Axel. Ni Benjamín. El aire pareció volverse más pesado.
La
durmiente se alimentó de los perros que se amontonaban muertos, a los pies de
sarcófago.
La
guerrera se limpió y se dirigío a Nailah.
—Tienes
carácter.
—Y
paciencia limitada.
Aquello
arrancó una leve sonrisa a la desconocida. La primera desde que despertó.
—Lo
veo.
Sus
hombros se relajaron.
—Me
llamo Miriam.
Benjamín
inclinó la cabeza.
—Yo
soy Benjamín.
—Axel.
—Nailah.
Miriam
observó a cada uno. Después miró las cadenas.
—¿Puedo
levantarme?
Axel
no respondió.
Nailah
sí.
—Depende.
—No
voy a atacaros.
—Eso
también lo dicen los locos.
Miriam
soltó una breve carcajada.
—Justo
lo que habría dicho un escudero de mi clan.
Nailah
arqueó una ceja.
—No
sé si eso era un cumplido.
—Lo
era.
Axel
decidió entonces bajar el hacha.
—Yo
digo que la soltemos.
—Claro
que lo dices —murmuró Benjamín.
Miriam
rompió las cadenas con un suspiro. El hierro se partió y los eslabones cayeron
sobre la piedra.
Miriam
se incorporó despacio. Sus músculos parecían recordar cada movimiento pese a
los siglos de encierro.
Descendió
del sarcófago. Se mantuvo firme. Orgullosa. La guerrera recorrió la cámara con
la mirada hasta encontrar su espada. La hoja descansaba junto a ella. Cubierta
por polvo y telarañas. Miriam la tomó con ambas manos. La observó durante unos
segundos. Luego limpió el acero con un trozo de tela arrancado de su propia
capa. El metal apareció bajo la suciedad. Frío, perfecto, familiar. Finalmente
la enfundó.
—Necesito
refugio.
Nailah
cruzó los brazos.
—¿Y
a cambio?
Miriam
sostuvo su mirada.
—Nada.
—Mal
negocio.
—No
os pido confianza.
Su
voz se volvió más baja.
—Solo
que no hagáis preguntas que aún no puedo responder.
Benjamín
abrió la boca para protestar. Pero se detuvo. Porque vio algo en los ojos de
Miriam. Miedo. No hacia ellos. Hacia otra cosa. Algo mucho peor. El Nosferatu
cerró la boca.
—Por
ahora me sirve.
Nailah
resopló.
Axel
sonrió.
—Perfecto.
Ya somos cuatro.
Abandonaron
la cámara poco después. Subieron por los viejos corredores y atravesaron la
puerta rota de la catacumba. Cuando alcanzaron el exterior, la noche los
recibió con una brisa fría. Belén se extendía bajo la luz de la luna.
Miriam
se detuvo. Observó las colinas, las murallas lejanas, las luces dispersas. Todo
era distinto. Todo había envejecido. Todo menos su miedo. Sus ojos buscaron la
oscuridad del horizonte y por un instante pareció escuchar algo que los demás
no podían oír. Un recuerdo, una voz, una promesa. Apretó la empuñadura de la
espada.
—No
puede ser...
—¿Qué
ocurre? —preguntó Benjamín.
Miriam
tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz apenas fue un
susurro.
—Si
las desapariciones han comenzado...
Sus
ojos permanecieron fijos en la oscuridad.
—Entonces
él ha encontrado el camino de vuelta.
El
encuentro
Benjamín Janosz,
Neonato Nosferatu
Abandonaron
las catacumbas poco después. La noche permanecía tranquila. El viento movía los
olivos y arrastraba el olor de la tierra húmeda. Nadie habló durante varios
minutos.
El
ruido de ruedas llegó antes que las luces. Dos faroles colgados del carruaje
rompieron la oscuridad del camino mientras los caballos avanzaban entre los
olivares. El escudo discreto de los Giovanni apenas se distinguía bajo la capa
de polvo acumulada durante el viaje.
El
carruaje se detuvo frente a las ruinas de la vieja necrópolis.
La
puerta se abrió. Aesir descendió primero. La luz amarillenta de los faroles
dibujó sombras largas sobre la piedra. Tras él apareció Don Pelayo de Aragón,
envuelto en su capa negra.
Axel
fue el primero en reconocerlo.
—¡Pelayo!
El
vikingo avanzó con una sonrisa amplia. Don Pelayo lo observó unos segundos y
correspondió al saludo con un leve asentimiento.
—Axel.
Benjamín
también dio un paso al frente.
—Me
alegra verte.
Pelayo
tardó un instante en responder. Sus ojos recorrieron el rostro cubierto por
escamas oscuras, los rasgos alterados y aquella piel negra que reflejaba la luz
de forma extraña.
Frunció
el ceño.
—Perdona...
¿nos conocemos?
Axel
soltó una carcajada.
—Te
lo dije.
Benjamín
bajó la cabeza.
—Soy
yo.
Pelayo
entrecerró los ojos.
—¿Benjamín?
—El
mismo.
La
sorpresa apareció por primera vez en el rostro del Lasombra.
—Por
todos los santos...
Benjamín
sonrió.
—He
cambiado un poco.
—Un
poco —repitió Axel.
Aesir
ignoró la conversación y observó al resto. Su mirada se detuvo en la figura
sentada sobre un bloque de piedra. Una manta vieja ocultaba casi todo su
cuerpo. Solo sobresalían algunos mechones de cabello rojizo que brillaban bajo
la luna.
—Supongo
que esa es la sorpresa —dijo.
Nailah
cruzó los brazos.
—Se
llama Miriam.
La
guerrera no respondió. Aesir la estudió unos segundos. Ella sostuvo la mirada
sin pestañear.
Don
Pelayo percibió algo extraño en aquella mujer. No era solo su ropa antigua ni
la espada que descansaba junto a ella. Parecía fuera de lugar. Fuera de tiempo.
—¿No
piensas presentarte? —preguntó Nailah.
Miriam
ni siquiera giró la cabeza.
—No.
La
Setita soltó un suspiro.
—Es
una costumbre bastante normal.
La
pelirroja permaneció inmóvil.
—No
para mí.
Su
forma de hablar sonaba extraña. Algunas palabras parecían antiguas. Otras las
pronunciaba con vacilación, como si aún intentara recordar su significado.
Aesir
inclinó la cabeza.
—Interesante.
—Lleva
un siglo durmiendo bajo tierra —dijo Axel—. Dale un poco de margen.
Benjamín
apoyó una mano sobre el cofre donde guardaba los pergaminos.
—La
encontramos en una tumba sellada bajo las catacumbas.
Entonces
resumió lo ocurrido.
Habló
de la puerta encadenada, del sarcófago oculto entre huesos antiguos, de la
armadura intacta, de la espada cubierta de polvo y del despertar.
Mientras
escuchaban, Miriam mantuvo la vista fija en la oscuridad. No parecía cómoda. Ni
agradecida. Parecía alguien que acababa de descubrir que el mundo había seguido
adelante sin ella y no le gustaba lo que veía.
El
primer presagio
Nailah Salem, Seguidora de Set
Fue
Axel quien lo encontró.
—Esperad.
Su
voz sonó seca. Todos se detuvieron. A unos pasos del sendero, entre hierbas
aplastadas y piedras blancas, yacía un cuerpo. Un peregrino. La túnica estaba
rasgada por el polvo del camino. Una pequeña cruz de madera colgaba aún de su
cuello.
Benjamín
se acercó primero. La luna iluminó el cadáver y el silencio cayó sobre el
grupo. La piel parecía cuero viejo. Pegada a los huesos. Las mejillas se habían
hundido tanto que marcaban la forma de la mandíbula bajo la carne reseca. Los
labios permanecían abiertos. Agrietados y vacíos. Los ojos seguían abiertos
también. No mostraban terror, ni dolor. Aquella expresión resultaba peor,
parecía tranquilo, como si algo hubiera permanecido junto a él durante horas,
vaciándolo poco a poco hasta dejar solo una cáscara.
Nailah
se agachó junto al cadáver.
—No
tiene sangre.
Aesir
examinó el cuello.
—Y
tampoco hay mordiscos.
Axel
arrugó la nariz.
—No
me gusta.
Benjamín
se acuclilló junto al cuerpo. Apartó con cuidado la túnica y observó la piel
seca de los brazos. Luego pasó la mano frente al rostro del muerto, atento a
algo que los demás no podían ver.
Sus
ojos amarillos se estrecharon.
—Esto
no lo ha hecho un vampiro.
Aesir
levantó la vista.
—¿Qué
ves?
Benjamín
permaneció unos segundos en silencio.
—No
lo sé con certeza.
Rozó
la frente del cadáver con dos dedos.
—Pero
hay algo extraño.
—¿Extraño
cómo? —preguntó Axel.
El
Nosferatu observó el cuerpo de arriba abajo.
—He
leído relatos parecidos. Viejos textos. Casos aislados.
Se
incorporó despacio.
—Cuando
una criatura mata para alimentarse deja señales. Incluso cuando intenta
ocultarlas.
Miró
la piel reseca del peregrino.
—Esto
es diferente.
Nailah
siguió su mirada.
—¿Magia?
Benjamín
asintió.
—Oscura
y muy antigua.
El
viento agitó su capa.
—Algo
ha consumido más que la sangre.
Nadie
habló durante unos segundos.
—¿El
alma? —preguntó Don Pelayo.
Benjamín
no respondió de inmediato.
—No
me atrevería a afirmarlo.
Volvió
a mirar el cadáver.
—Pero
quien hizo esto poseía un poder ocultista considerable.
Aesir
observó el cuerpo con mayor atención.
—Entonces
está relacionado con nuestra búsqueda.
—O
con aquello que persigue la espada —dijo Benjamín.
Fue
entonces cuando miró hacia Miriam. La guerrera había retrocedido. Un paso,
luego otro. Su mano se había cerrado sobre la empuñadura de la espada.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Don Pelayo.
Miriam
no respondió. Seguía observando el cadáver.
—Lo
conoces —dijo Nailah.
La
pelirroja negó.
—No.
Pero
su voz había cambiado.
—Entonces,
¿qué has visto?
Los
ojos de Miriam no abandonaron el cuerpo.
—He
visto esto antes.
El
viento atravesó los árboles.
Nadie
habló.
Aesir
dio un paso hacia ella.
—¿Dónde?
Miriam
tardó varios segundos en responder.
—Antes
de que me encerraran.
El
silencio se volvió más pesado.
—¿Qué
hizo esto? —preguntó Axel.
La
guerrera alzó la vista.
Por
primera vez desde que despertó, el miedo apareció en sus ojos.
—Si
tengo razón...
Sus
dedos apretaron la empuñadura.
—Deberíais
haberme dejado dormir.
Nadie
encontró respuesta para aquello. Benjamín rompió el silencio.
—No
podemos dejarlo aquí.
Señaló
el cadáver.
—Un
peregrino muerto en estas condiciones atraerá preguntas.
—Y
sacerdotes —añadió Nailah.
—Y
cazadores —gruñó Axel.
Benjamín
asintió.
—Exacto.
Se
agachó y tomó el cuerpo por debajo de los hombros. Su fuerza sobrenatural
levantó el cadáver sin dificultad.
—¿Qué
piensas hacer? —preguntó Don Pelayo.
—Ocultarlo
por ahora.
Miró
hacia la entrada de las catacumbas.
—Las
galerías están vacías. Nadie lo encontrará allí.
Aesir
comprendió al instante.
—Y
Vinzenzo querrá examinarlo.
—Eso
mismo pensaba.
Benjamín
observó una última vez el rostro reseco del peregrino.
—Si
esto tiene relación con Mandalay, con la espada o con cualquier cosa que se
esté moviendo bajo Jerusalén, Don Giovanni sabrá sacarle más respuestas que
nosotros.
Axel
sonrió de medio lado.
—Un
nigromante siempre acaba hablando con los muertos.
—Y
seguro que los muertos le responden —dijo Benjamín.
Con
el cadáver al hombro, el Nosferatu emprendió el camino de regreso a las
catacumbas.
Detrás
de él caminó el resto del grupo y mientras la luna iluminaba el sendero, Miriam
no dejó de mirar el cuerpo ni una sola vez.
Como
si temiera que, en cualquier momento, pudiera volver a levantarse.
El sepulturero
Harut, el Sepulturero
El
cementerio ocupaba una suave colina al norte de Belén.
La
luna derramaba una luz pálida sobre las lápidas inclinadas, las cruces
desgastadas por la lluvia y los pequeños mausoleos de piedra que parecían
hundirse poco a poco en la tierra. El viento agitaba las copas oscuras de los
cipreses y arrastraba el olor de la cera apagada que escapaba de una capilla
cercana.
El
grupo avanzó entre las tumbas. Nadie hablaba.
Miriam
caminaba unos pasos por detrás, envuelta en la vieja manta que había encontrado
en las catacumbas. La espada descansaba de nuevo a su espalda. Durante el
trayecto había limpiado el acero hasta devolverle parte de su brillo, pero sus
ojos apenas se habían apartado del paisaje. Observaba cada muro, cada sendero y
cada construcción antigua que aparecía a la luz de la luna.
Fue
Don Pelayo quien vio al hombre primero. Una figura robusta trabajaba junto a
una tumba reciente. La pala subía y bajaba con movimientos lentos y pesados.
¡Clanc!
El hierro golpeó una piedra enterrada y el hombre levantó la cabeza. Tenía los
hombros anchos, la barba descuidada y las manos negras de tierra. El cansancio
marcaba las arrugas de su rostro. No parecía sorprendido al ver visitantes a
aquellas horas. Solo parecía agotado.
—Buenas
noches —dijo Pelayo.
El
hombre apoyó ambas manos sobre el mango de la pala.
—Depende
para quién.
Sus
ojos recorrieron al grupo. Se detuvieron un instante en Axel, luego en
Benjamín, encapuchado y, por último, en Miriam.
La
guerrera sostuvo su mirada.El sepulturero apartó la vista primero.
—No
vengáis aquí de noche si buscáis descanso.
Escupió
a un lado.
—Los
muertos llevan días inquietos.
Axel
mostró una sonrisa torcida.
—Nosotros
también.
El
hombre ignoró la respuesta.
—Harut.
—Pelayo.
Intercambiaron
una breve inclinación de cabeza. Nailah observó las tumbas que se extendían
alrededor.
—Buscamos
información.
Harut
soltó una risa breve.
—Entonces
habéis venido al lugar adecuado.
Clavó
la pala en la tierra húmeda.
—Los
muertos hablan mucho. El problema está en entender lo que intentan decir.
Benjamín avanzó un paso.
—¿Has
visto algo extraño?
Harut
tardó en responder. Miró hacia la capilla. Después hacia los cipreses. Por
último, hacia la oscuridad que rodeaba el cementerio.
—¿Extraño?
Se
rascó la barbilla.
—He
oído cosas.
—¿Qué
cosas? —preguntó Axel.
Harut
señaló hacia el norte.
—Aullidos.
Axel
alzó una ceja.
—¿Lobos?
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
La
sonrisa del vikingo desapareció.
—Entonces,
¿qué eran?
Harut
negó despacio.
—No
lo sé.
Bajó
la mirada hacia la tierra.
—Pero
venían de abajo.
El
silencio cayó entre las tumbas.
Aesir
observó el terreno.
—¿Abajo?
—De
los túneles.
Harut
señaló hacia el muro norte del camposanto. Entre la maleza sobresalía una
construcción semiderruida. Parte del techo se había hundido y las raíces de
varios árboles atravesaban los muros agrietados. Una vieja cripta olvidada.
—Por
ahí bajan las galerías.
—¿Galerías
de qué época? —preguntó Benjamín.
—Algunos
dicen que romanas.
Harut
encogió los hombros.
—Otros
dicen que ya estaban ahí cuando llegaron los romanos.
Benjamín
intercambió una mirada con Aesir.
—Interesante.
—No
para quienes entran.
La
voz de Harut se volvió más grave.
—Los
niños del barrio solían colarse ahí abajo.
Buscaban
huesos, monedas o historias para asustarse. Guardó silencio unos segundos.
—Luego
dejaron de volver.
El
viento recorrió las tumbas. Incluso Axel dejó de sonreír.
—¿Solo
has oído aullidos? —preguntó Nailah.
—No.
Harut
negó.
—También
golpes.
Metal
contra piedra, cadenas, a veces ruedas, a veces algo pesado arrastrándose por
los túneles. Su mirada se perdió en la oscuridad.
—Una
noche escuché aquello durante horas.
No
bajé a comprobar qué era y sigo vivo gracias a eso.
Nadie
respondió.
—También
han aparecido cadáveres.
Los
dedos de Miriam se cerraron sobre la manta. Fue un gesto pequeño. Pero Nailah
lo vio.
—¿Qué
clase de cadáveres? —preguntó la setita.
—Animales
abiertos en canal.
Mendigos
desaparecidos. Peregrinos encontrados al amanecer.Harut tragó saliva.
—Vacíos.
Benjamín
frunció el ceño.
—¿Vacíos?
—Sin
sangre.
Sin
apenas heridas. Sin señales de lucha. El sepulturero bajó la voz.
—La
piel queda seca. Los labios se agrietan. Los ojos parecen tranquilos.
Escupió
otra vez.
—Como
si alguien hubiese tenido toda la noche para vaciarlos gota a gota.
Miriam
apartó la mirada. Aquella vez nadie pasó por alto el gesto. Nailah entrecerró
los ojos. Benjamín también lo advirtió, pero ninguno dijo nada. Todavía. El
nosferatu observó entonces algo junto a la entrada de la cripta.
—Esperad.
Se
acercó. Sobre una piedra cubierta de polvo aparecía un símbolo dibujado con
carbón. Tres líneas curvas. Negras. Entrelazadas. Formaban algo parecido a un
ojo. Un ojo imposible. Mal borrado. Reciente. Pelayo se aproximó para verlo
mejor.
—¿Qué
es esto...?
Rozó
la superficie con los dedos. El carbón se deshizo. Las líneas desaparecieron
casi por completo. Benjamín soltó un suspiro.
—Excelente
trabajo.
Pelayo
observó sus dedos manchados.
—No
era mi intención.
—Ya
lo sé.
Aesir
se inclinó sobre la piedra.
—Tres
líneas.
Un
ojo.
Miriam
bajó la cabeza, demasiado rápido. Nailah volvió a fijarse en ella. Aquella
reacción ya no parecía casual. Harut se persignó.
—Lo
he visto varias veces estas semanas.
Siempre
cerca de entradas antiguas, siempre aparece por la noche.
Axel
miró la piedra.
—¿Y
nadie lo ha seguido?
—Quien
lo intenta deja de hacer preguntas.
El
silencio volvió. Las campanas lejanas de Belén sonaron una vez. Harut observó
la vieja cripta Su expresión se endureció.
—Lo
que sea que anda ahí abajo...
Miró
a cada uno de ellos.
—No
está muerto.
Nadie
respondió, porque todos comprendieron que aquello podía ser peor, mucho peor.
Cuando se dispusieron a marcharse, Don Pelayo se acercó al sepulturero. Lo miró
fijamente a los ojos.
—Harut.
—¿Sí?
—Mañana
recordarás que has pasado la noche solo.
El
hombre parpadeó.
—Solo.
—No
has visto a nadie.
—No
he visto a nadie.
—Y
no hablarás de nosotros.
—No
hablaré.
Pelayo
asintió. La mirada del sepulturero perdió intensidad.
—Vuelve
a tu trabajo.
—Sí.
Harut
tomó la pala y regresó a la tumba. No hizo más preguntas. El grupo comenzó a
alejarse. Nailah redujo el paso hasta colocarse junto a Miriam. La guerrera
observaba la oscuridad que rodeaba la cripta.
—Sabes
algo.
Miriam
no respondió.
—Cada
vez que hablan de esos cadáveres cambias la cara.
Silencio.
—Cada
vez que mencionan los túneles miras hacia otro lado.
La
pelirroja siguió caminando.
—No
es nada.
—Mientes.
Miriam
apretó la mandíbula. Durante unos segundos pareció debatirse consigo misma. Su
mirada regresó a la cripta. Al símbolo borrado. A la oscuridad que se abría
bajo la colina.
—Hace
mucho tiempo conocí historias parecidas.
—¿Historias
de qué?
Miriam
tardó en responder.
—De
algo que no debía despertar.
Nailah
esperó. La guerrera negó con la cabeza.
—No
os preocupéis.
—Eso
no es una respuesta.
Miriam
alzó la vista hacia la luna. Sus ojos reflejaron algo cercano al miedo.
—Precisamente
por eso.
Nailah
guardó silencio y mientras abandonaban el cementerio tuvo la sensación de que
Miriam no estaba preocupada por ellos. Ni por Belén. Ni siquiera por la espada.
Estaba preocupada por algo que creía enterrado desde hacía siglos. Algo que
quizá ya había encontrado el camino de regreso.
El mercader musulmán
Mercader musulmán
Decidieron no regresar a las catacumbas. La
mayoría acababa de salir de ellas y ninguno tenía prisa por volver a internarse
bajo tierra. Si querían respuestas, quizá las encontrarían entre los vivos.
El grupo tomó el camino hacia el zoco
nocturno de Belén. A aquella hora, el mercado seguía despierto. Faroles de
aceite colgaban entre los puestos y teñían las calles de tonos dorados y
rojizos. El aire olía a especias, carbón, cuero curtido y carne asada.
Comerciantes, peregrinos y viajeros cruzaban bajo los toldos mientras las
monedas cambiaban de manos y las voces se mezclaban en árabe, griego, armenio y
latín.
No tardaron en localizar al hombre que
buscaban. Su puesto ocupaba una esquina privilegiada del bazar. Vendía
lámparas, tejidos y pequeños objetos llegados de Oriente. No levantaba la voz
ni reclamaba clientes, pero los demás comerciantes lo observaban antes de tomar
cualquier decisión importante.
Era evidente quién controlaba aquel rincón
del mercado.
El mercader permanecía sentado sobre una
alfombra desgastada. Varias lámparas de cobre colgaban sobre su cabeza como
frutos metálicos. El humo de unas brasas cercanas le irritaba los ojos, aunque
nunca apartaba la vista de cuanto ocurría a su alrededor.
Escuchaba más de lo que hablaba y recordaba
más de lo que parecía.
Don Pelayo se adelantó. Tomó una lámpara
entre las manos, examinó el trabajo del metal y comenzó a conversar con el
hombre sobre rutas comerciales, márgenes de beneficio y el precio cambiante de
las mercancías llegadas desde Damasco.
El mercader lo observó con interés.
—Hablas como un hombre de números —dijo.
—Lo fui durante muchos años —respondió
Pelayo.
Se sentó frente a él y señaló varios artículos
del puesto.
—Pierdes dinero aquí.
El comerciante arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Tus mejores lámparas están demasiado atrás.
Los clientes compran primero con los ojos. Si las colocas junto a la entrada,
venderás más antes de que empiecen a regatear.
El hombre soltó una breve carcajada.
—Y yo que pensaba que eras sacerdote.
—Las cuentas también tienen sus escrituras.
Aquello pareció divertirle.
Durante varios minutos hablaron de comercio.
Pelayo escuchó más de lo que preguntó y dejó que el hombre bajara la guardia
por sí solo. Cuando la conversación alcanzó el punto adecuado, cambió de rumbo.
—Buscamos a unos viajeros.
—Todo el mundo busca a alguien en Jerusalén
—respondió el mercader.
—Persas.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué os interesan?
—Porque tienen algo que nos interesa.
El comerciante tamborileó los dedos sobre la
madera. Después miró alrededor para asegurarse de que nadie prestaba atención.
—Hace unos días estuvieron aquí.
Benjamín y Nailah intercambiaron una mirada.
—¿Cuántos eran? —preguntó la setita.
—Cuatro. Quizá cinco.
—¿Mercaderes?
El hombre negó despacio.
—No.
Su voz descendió un tono.
—Los mercaderes observan los productos.
Aquellos hombres observaban las sombras. El ruido del mercado pareció alejarse
durante unos segundos.
—Llevaban velos persas —continuó—. Apenas
hablaban. Cuando lo hacían, utilizaban una lengua que no reconocí.
—¿Qué compraron? —preguntó Axel.
—Lámparas.
El vikingo frunció el ceño.
—¿Solo lámparas?
—Lámparas, aceite y cuerdas.
El mercader señaló una hilera de faroles de
cobre.
—Las querían para lugares sin luz.
Aesir cruzó los brazos.
—¿Preguntaron por algo más?
El hombre asintió.
—Mapas.
—¿Mapas de qué?
—Túneles. Galerías antiguas. Pozos olvidados.
Cisternas selladas.
Las palabras hicieron que Miriam levantara la
vista. Fue un gesto breve. Pero Nailah volvió a percibirlo.
—¿Sabes adónde fueron? —preguntó Pelayo.
—A Jerusalén.
—Es una ciudad muy grande.
—Buscaban las viejas cisternas bajo la
ciudad.
Aquella respuesta hizo que Aesir y Benjamín
intercambiaran una mirada preocupada. El mercader guardó silencio unos
instantes. Parecía debatirse entre hablar o callar. Al final habló.
—Uno de ellos mencionó algo extraño.
—¿Qué? —preguntó Pelayo.
El hombre se pasó la lengua por los labios.
—Una leyenda.
—¿Qué leyenda?
—No lo sé.
Sacudió la cabeza.
—No entendí gran parte de la conversación,
pero sí recuerdo un nombre.
La expresión de Miriam se endureció.
—¿Cuál? —preguntó Benjamín.
El mercader bajó aún más la voz.
—El Hambriento Bajo la Piedra.
Nadie dijo nada. Incluso el bullicio del
mercado pareció apagarse por un instante.
—¿Sabes qué significa? —preguntó Nailah.
—No.
El hombre negó con firmeza.
—Y tampoco quiero saberlo.
Apartó la vista hacia las luces del bazar.
—He escuchado historias toda mi vida.
Historias de djinns, tumbas malditas y espíritus del desierto. Sus dedos
rozaron una cuenta de madera colgada del cuello.
—Pero aquella frase... aquella frase me dejó
mal cuerpo.
Miriam bajó la cabeza. Sus nudillos se
tensaron alrededor de la vieja manta.
Nailah la observó de reojo. Aquella vez no
cabía duda. La guerrera conocía aquel nombre o al menos lo había oído antes y
cuanto más se acercaban a la verdad, más parecía desear ella que dejaran de
buscar.
Tras la visita al zoco nocturno, el grupo regreso al carruaje
Giovanni. El camino de vuelta se hizo más silencioso, como si cada uno ordenara
en su cabeza lo que acababan de escuchar.
Don Pelayo rompió el silencio. Se volvió hacia Miriam.
—¿Nos acompañas?
La guerrera dudó apenas un instante. Después apoyó un pie
en el estribo y entró en el carruaje sin protestar. La manta vieja seguía
cubriéndole los hombros, y su mirada no abandonó la calle hasta que el vehículo
comenzó a moverse.
La ciudad seguía viva alrededor, pero el grupo ya no la
veía igual.
Lo encontraron cerca de las cisternas antiguas, donde el
trazado romano se quebraba bajo ruinas mal mantenidas y accesos cerrados con
tablones. Un lugar que la ciudad fingía haber olvidado.
El niño no parecía mayor de doce años. Era delgado,
estaba sucio, con las manos siempre en movimiento. Ojos rápidos, de los que
aprenden antes de preguntar. No buscaba problemas por valentía, sino porque
había nacido demasiado cerca de ellos como para evitarlos. Se escondía entre
piedras cuando los vio llegar. Demasiado tarde. Ya lo habían visto.
—No soy nadie —murmuró.
Su voz no era un desafío. Era una costumbre. Pelayo sacó
una moneda y la dejó caer sobre su palma abierta. El sonido metálico lo hizo
dudar. El niño no la tomó de inmediato.
Miró primero a Axel, luego a Nailah, y por último a
Miriam. En ella se detuvo un segundo más de lo necesario.
—No tienes que ser nadie —dijo Pelayo—. Solo hablar.
El niño tragó saliva. Al final, tomó la moneda.
—Yo solo paso por aquí —añadió rápido—. No me quedo
nunca.
Axel cruzó los brazos.
—Pero has visto algo.
El niño no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron
hacia las ruinas, hacia una abertura entre piedras donde el suelo descendía
como si la ciudad respirara hacia dentro.
—Sí —dijo al fin.
La palabra le salió más baja.
Los llevó sin querer llevarlos.
No caminaba delante. Caminaba a ratos a un lado, a ratos
detrás, como si pudiera escapar en cualquier momento sin admitir que no quería
hacerlo.
Se detuvo cerca de unas cisternas medio derrumbadas. Allí
el aire cambiaba. Más frío. Más seco. Como si el mundo hubiera perdido una
capa.
—Ahí —susurró.
Señaló la entrada. Un hueco oscuro bajo piedra antigua.
Tablones desplazados. Marcas recientes en el polvo y movimiento de cajas
descendiendo. Hombres trabajando en silencio. Lámparas temblando dentro de la
oscuridad como luciérnagas atrapadas.
El niño dio un paso atrás.
—Yo no bajo ahí —dijo rápido—. Ni loco.
Nailah lo observó.
—Entonces ¿por qué sigues viniendo?
El niño apretó la mandíbula.
—Porque a veces dejan cosas.
Hubo silencio.
Benjamín dio un paso hacia la entrada, pero Pelayo lo
detuvo con un gesto.
—Espera.
El niño tragó saliva otra vez.
—Vi cajas —continuó—. Vi mapas también. No eran como los
de los comerciantes. Eran viejos. Dibujaban cosas debajo de la ciudad.
Axel inclinó la cabeza.
—¿Quiénes eran?
El niño negó.
—No lo sé. No hablan con gente como yo.
Su mirada volvió al agujero.
—Solo bajan... y suben menos.
Cuando intentó retroceder, Pelayo lo retuvo con la voz.
—¿Qué más has visto?
El niño dudó y su respiración se aceleró.
—Vi sangre en los bordes de la piedra —dijo al fin—. No
mucha. Pero suficiente.
Miró a Miriam otra vez. Esta vez no fue casual.
—Y vi gente que no volvía a salir igual.
Nailah frunció el ceño.
—¿Cómo “igual”?
El niño tardó en responder.
—Con la mirada vacía.
Se rascó el brazo.
—Como si hubieran dejado algo abajo.
El viento movió la arena entre las ruinas. El niño
retrocedió un paso más.
—Y escuché cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Benjamín.
El niño no contestó de inmediato.
Tragó saliva.
—Cosas que no deberían seguir despiertas.
El silencio se hizo más pesado. No era miedo infantil.
Era recuerdo. Pelayo observó la entrada a las cisternas. No era un acceso
natural. Alguien lo había preparado. Alguien lo había usado. Axel ya estaba
mirando el interior como si midiera el combate antes de empezar. Benjamín no
apartaba la vista de los mapas mencionados. Nailah observaba al niño y Miriam
no miraba el agujero. Miraba algo más lejos. Algo que solo ella parecía ver.
El niño intentó irse sin despedirse. Pelayo lo dejó dar
dos pasos. Luego habló.
—Volverás.
El niño se detuvo.
—No.
—Sí —respondió Pelayo con calma—. Porque esto te sigue
llamando.
El niño no respondió. Pero no negó. Solo apretó la moneda
en el puño y desapareció entre las ruinas con más prisa de la que había llegado.
Cuando se quedaron solos, el grupo volvió a mirar la
entrada. Ahora ya no era solo una abertura. Era una dirección. Un camino y
quizá una herida abierta bajo la ciudad. Benjamín habló en voz baja.
—Todo encaja.
Axel le miró pensativo.
—A mi no me encaja nada.
Nailah no apartó la vista del acceso.
—Y creo que aún no hemos visto lo peor.
Los barracones de
Alejandro
Los barracones de Alejandro
La
entrada descendía bajo la ciudad a través de una galería de piedra húmeda que
parecía no tener fin.
Aesir
caminaba en cabeza. Abrió la mano y una llama nació sobre su palma. La luz
anaranjada iluminó los muros y arrancó reflejos dorados de las gotas que
resbalaban por la roca. Incluso Axel lanzó una mirada de aprobación.
—Cómo
te gusta llamar la atención —dijo el Gangrel.
—La
magia debe apreciarse —respondió Aesir con una sonrisa.
Los
ojos de Axel cambiaron entonces. Las pupilas se estrecharon hasta convertirse
en las de una bestia nocturna y un brillo rojizo ocupó sus iris.
—Yo
prefiero ver en la oscuridad.
La
galería desembocó en una construcción gigantesca.
Todos
se detuvieron.
El
complejo se extendía bajo Jerusalén como una ciudad olvidada. Filas de columnas
helenísticas se perdían en las sombras. Algunas permanecían erguidas; otras
yacían rotas sobre el suelo inundado. Los capiteles estaban desgastados por los
siglos y las antiguas decoraciones apenas sobrevivían bajo capas de humedad y
musgo.
El
agua negra les cubría los tobillos. Cada paso enviaba ondas silenciosas hacia
la oscuridad. El aire frío resultaba extraño, era demasiado frío. No era el frescor habitual de una cueva.
Aquel frío parecía adherirse a la ropa y a la piel, penetrar poco a poco en los
huesos.
Don
Pelayo observó las galerías.
—Este
lugar no debería conservarse así después de tantos siglos.
—Tal
vez alguien se ha ocupado de ello —dijo Benjamín.
Y
las pruebas aparecieron enseguida. En los muros aún sobrevivían inscripciones
macedonias grabadas en piedra. Entre ellas destacaban marcas mucho más
recientes.
Sellos
rotos, puertas forzadas, antorchas consumidas y manchas de sangre seca.
Axel
pasó la mano por uno de los símbolos pintados con pigmento oscuro.
—Esto
no estaba aquí cuando construyeron el lugar.
Aesir
acercó la llama. Los trazos representaban círculos, estrellas y signos extraños
escritos en persa antiguo. El Tremere estudió los símbolos durante unos
segundos.
—No
son advertencias.
—¿Entonces
qué son? —preguntó Nailah.
—Protección.
Aesir
recorrió las marcas con la mirada.
—Invocaciones
dirigidas a antiguos espíritus persas. Quien bajó aquí tenía miedo de algo.
El
silencio regresó. Aquello ya no parecía un refugio abandonado. Parecía una
fortaleza improvisada. Un lugar ocupado hasta hacía muy poco.
Miriam
observaba los muros sin decir una palabra. De pronto se detuvo. Frente a ella
aparecía un relieve erosionado por el tiempo. Un guerrero macedonio sostenía
una espada sobre una figura arrodillada. La pelirroja se quedó inmóvil. Su mano
rozó la piedra. Durante un instante pareció reconocer cada detalle. Demasiados
detalles.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Nailah.
Miriam
retiró la mano.
—Nada.
Pero
su voz sonó más baja que antes.
Continuaron
avanzando.
Poco
después encontraron restos de un campamento reciente. Había mantas, recipientes
de agua, huesos de animales y cenizas aún visibles en antiguos braseros.
—Alguien
ha vivido aquí durante semanas —dijo Pelayo.
—O
durante años —añadió Benjamín.
El
Nosferatu se agachó y emitió un leve silbido. El sonido se perdió entre las
columnas.
Pasaron
unos segundos. Entonces una rata salió de una grieta, luego otra y una tercera.
Los pequeños animales rodearon a Benjamín sin mostrar temor. El historiador les
susurró unas palabras en voz baja. Las ratas movieron los bigotes y olfatearon
el aire.
—Buscad
a los hombres que estuvieron aquí —les pidió—. O si están lejos, llevadnos
donde ocultaron aquello que protegían.
Los
animales desaparecieron entre las sombras. El grupo aguardó. Al cabo de unos
instantes, una de las ratas regresó. Se detuvo sobre una piedra caída y emitió
un chillido agudo. Luego echó a correr.
—Nos
ha encontrado un camino —dijo Benjamín.
La
pequeña guía peluda avanzó entre columnas derruidas y pasadizos inundados. Todos
la siguieron.
Mientras
caminaban, Miriam observó la oscuridad que se extendía por delante y apretó la
mano sobre el pomo de su espada. No dijo nada. Pero cada paso parecía acercarla
a un recuerdo que llevaba un siglo intentando dejar atrás.
El hallazgo
Miriam, Anciana nórdica
La sala se extendía ante ellos como el
corazón olvidado de una ciudad enterrada. Las llamas que Aesir sostenía en la
palma de la mano proyectaban sombras inquietas sobre las columnas helenísticas.
El agua negra cubría los tobillos y reflejaba destellos anaranjados que
parecían moverse por voluntad propia. El eco de sus pasos viajaba por galerías
que se perdían en la oscuridad.
La rata de Benjamín avanzó por una cornisa
derruida, se detuvo junto a una puerta de piedra abierta a la fuerza y
desapareció por una grieta.
—Por aquí —dijo el Nosferatu.
El grupo cruzó la entrada. El olor los golpeó
al instante. Sangre. Sangre vieja y sangre reciente.
Axel apoyó una mano sobre el mango de su
hacha. El filo encantado derramó un resplandor verde sobre los muros húmedos.
La cámara que encontraron al otro lado
parecía un santuario profanado. Había antorchas apagadas, cuencos de bronce
volcados, pergaminos rotos y restos de un campamento abandonado con prisas.
En el centro se alzaba un pedestal de piedra.
Estaba vacío.
El silencio cayó sobre la sala.
Miriam fue la primera en comprenderlo. Su
rostro palideció aún más.
—No... —susurró.
Nailah siguió su mirada.
—¿Qué ocurre?
La guerrera dio un paso hacia el pedestal. Sus
dedos rozaron la piedra.
—Llegamos tarde.
Benjamín se acercó para examinar el lugar. Había
señales de lucha por todas partes. Marcas de espada sobre los bloques, manchas
oscuras sobre el suelo y fragmentos de tablillas dispersos entre el barro.
Se arrodilló junto a una de ellas.
Las escamas negras de sus manos reflejaron la
luz de las llamas mientras apartaba el polvo.
—Aquí hay algo escrito.
Pelayo y Aesir se acercaron. La inscripción
estaba rota. Faltaban varios fragmentos.
Benjamín leyó en voz alta.
—La
hoja bebió la sangre...
La piedra se había partido justo después de
estas palabras. Buscó otro trozo cercano.
—...del
hijo de Caín...
Otro fragmento.
—...de
los tres ojos.
Nadie habló durante unos segundos. Incluso
Miriam permaneció muda.
—Eso no habla de Alejandro —dijo Aesir.
—No —respondió Benjamín mientras observaba
los símbolos erosionados—. Habla de algo mucho más antiguo.
Un ruido interrumpió la conversación. Era el
sonido de un roce. Se escuchó un paso torpe, luego otro.
Axel giró sobre sí mismo y alzó su hacha. Nailah
desenvainó una de sus katanas.
Al otro extremo de la sala apareció una pequeña
figura encorvada. Vestía ropas desgastadas cubiertas de barro. Su piel parecía
pegada a los huesos y sus ojos hundidos brillaban bajo la luz de las llamas. Parecía
un niño que había sobrevivido demasiado tiempo. Su piel ceniza y ojos
completamente negros le daban un aire sobrenatural y corrupto. No era humano.
El niño los esperaba al final de la galería.
La luz de la llama de Aesir apenas alcanzó a iluminarlo. Parecía tener diez u
once años. Quizá menos. Vestía una túnica oscura demasiado grande para su
cuerpo. La tela colgaba húmeda y sucia sobre unos hombros estrechos. Tenía el
cabello negro pegado al rostro y la piel tan pálida que parecía no haber visto
la luz del sol en siglos.
No huyó cuando los vio. Tampoco sonrió. Se
limitó a observarlos desde la penumbra.
El niño los observó. Luego vio a Miriam. El
aire pareció abandonarlo. Sus piernas cedieron. Cayó de rodillas sobre el agua
estancada.
—No... —murmuró.
Miriam avanzó un paso.
—Tú.
El niño levantó la vista. Había miedo en sus
ojos y algo peor. Reconocimiento.
—Sigues viva...
Miriam apretó los dientes.
—Después de todos estos siglos... —siguió el
niño con voz de ultratumba.
La voz le tembló.
—Después de todo lo que ocurrió...
Miriam avanzó otro paso.
El inquietante niño la señaló con una mano
temblorosa.
—Él tenía razón.
Nailah intercambió una mirada con Axel.
—¿Quién?
El hombre apenas parecía consciente de ellos.
Solo miraba a Miriam.
—Mandalay...
La palabra resonó por la sala. Miriam cerró
los ojos un instante. Demasiado tarde. El nombre ya había sido pronunciado.
El niño soltó una risa incomoda.
—Llegáis tarde.
Su mirada se desplazó hacia el pedestal
vacío.
—El Maestro recuerda.
El agua goteó desde alguna galería oculta. Nadie
se movió.
—Alejandro debió morir aquí.
Axel aferró el mango de su hacha. Las llamas
verdes del filo proyectaron reflejos enfermizos sobre las paredes.
—No me gusta —gruñó.
—A mí tampoco —dijo Nailah sin apartar la
mano de una de sus katanas.
El niño inclinó la cabeza. Sus ojos eran
extraños. Demasiado viejos. Demasiado vacíos y sin embargo, había algo peor que
la edad en ellos. Algo roto. Algo que llevaba mucho tiempo escuchando voces que
nadie más podía oír.
—Habéis llegado tarde —susurró.
Su voz parecía surgir desde muy lejos.
Benjamín avanzó un paso.
—¿Quién eres?
El muchacho tardó unos segundos en responder.
—Nadie importante.
—Eso suele significar lo contrario —replicó
Don Pelayo.
Por primera vez el niño mostró algo parecido
a una sonrisa.
Duró apenas un instante.
—Mi maestro decía lo mismo.
Aquellas palabras hicieron que Miriam se
detuviera en seco.
Nailah la observó de reojo.
La guerrera pelirroja había palidecido aún
más. Sus dedos buscaron el pomo de la espada.
—¿Tu maestro? —preguntó Aesir.
El niño giró la cabeza hacia él.
—Duerme.
Luego señaló la oscuridad que se extendía al
fondo de la alería.
—Pero sigue soñando.
Un goteo resonó entre las columnas.
Nadie habló.
—Sus sueños llegan lejos —continuó el
muchacho—. Alcanzan las ciudades. Alcanzan las tumbas. Alcanzan a quienes saben
escuchar.
Su mirada recorrió uno por uno a los
presentes.
—Algunos hombres oyen la llamada.
Sus ojos se posaron sobre Benjamín.
—Algunos vampiros también.
Después miró a Axel.
—Y algunos lobos.
El Gangrel mostró los colmillos.
—Empiezas a cansarme.
El niño no reaccionó.
—No importa.
Se volvió y comenzó a caminar.
—Venid conmigo.
—¿Por qué deberíamos hacerlo? —preguntó Don
Pelayo.
El muchacho se detuvo.
—Porque buscáis respuestas.
Miró por encima del hombro.
—Y porque la espada ya no está donde debería.
Aquello bastó. El grupo intercambió miradas.
Después siguieron al niño.
Solo Miriam permaneció inmóvil.
—No.
Su voz sonó seca. Todos se volvieron hacia
ella. La antigua guerrera observaba el túnel con los ojos abiertos de par en
par.
—No debemos seguir.
—¿Por qué? —preguntó Nailah.
—Porque sé adónde conduce ese camino.
El silencio se hizo más profundo. El niño
aguardó varios pasos por delante. Inmóvil. Paciente.
—Entonces explícalo —dijo Axel.
Miriam negó con la cabeza.
—No.
—Llevas toda la noche ocultando cosas
—replicó Nailah—. Ya basta.
La pelirroja apretó los dientes.
Durante unos segundos pareció debatirse
consigo misma.
—Hay lugares que deberían permanecer
sellados.
—Eso no responde nada.
—Es suficiente.
—Para mí no —dijo Nailah.
Miriam levantó la vista, había miedo en sus
ojos. Miedo de verdad. No por ella. Por lo que aguardaba delante.
—Escuchadme.
Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—Si aún podemos regresar, debemos hacerlo
ahora.
Nadie se movió. Aesir observó a la guerrera
con atención.
El silencio que siguió resultó peor que
cualquier amenaza. Nailah alzó la segunda katana.
—No vas a irte a ninguna parte —le dijo al niño
viendo que estaba retrocediendo.
El niño sonrió. Una sonrisa cansada. Resignada
y echó a correr.
Se lanzó hacia uno de los túneles laterales y
desapareció entre las sombras de las galerías funerarias.
—¡Detrás de él! —rugió Axel.
El vikingo avanzó el primero. Tras él
corrieron Nailah, Benjamín y Pelayo.
Aesir fue el último en moverse. Porque, antes
de abandonar la cámara, miró una vez más el pedestal vacío y tuvo la
desagradable sensación de que la espada no había sido robada.
Había sido reclamada.
La galería desembocó en una cámara inmensa. Las
llamas de Aesir apenas alcanzaron a iluminar sus límites. No parecía una
prisión, ni una tumba. Parecía un santuario olvidado. Columnas macedonias
rodeaban una plataforma circular excavada en la roca. Antiguos símbolos cubrían
el suelo. Algunos estaban grabados por manos griegas. Otros habían sido
añadidos siglos después. Había sangre seca sobre varias inscripciones y restos
de velas consumidas alrededor del círculo central.
El aire resultaba más frío allí. Más pesado. Algo
antiguo habitaba aquel lugar. Algo que había atraído a demasiada gente durante
demasiado tiempo.
El niño oscuro se detuvo al borde de la
cámara. Por primera vez pareció inquieto. Retrocedió un paso. Entonces un
rugido sacudió las profundidades. No fue un sonido animal, fue algo peor. El
eco golpeó las columnas y recorrió la sala entera.
Pedazos de polvo cayeron desde el techo. Axel
apretó el mango de su hacha. La hoja encantada respondió con una llamarada
verde fantasmal que bañó la cámara con reflejos espectrales.
—Ya está aquí —gruñó.
Una sombra enorme emergió entre las ruinas. Después
otra y finalmente apareció él.
El hombre lobo.
Medía casi tres metros. Su pelaje oscuro
estaba cubierto de cicatrices antiguas. Sobre el pecho alguien había pintado un
tercer ojo con sangre reseca. Símbolos persas recorrían sus brazos y su cuello.
Algunos parecían tatuajes luminosos. Otros parecían marcas grabadas
directamente en la carne. Sus ojos brillaban con un odio feroz.
No miró al niño ni a Miriam. Miró a los
vampiros. A todos ellos y enseñó los colmillos.
—Atrás —dijo Miriam.
Por primera vez sonó aterrada.
—No entiende razones.
El lupino rugió otra vez. Luego cargó. La
distancia desapareció en un instante. Axel apenas tuvo tiempo de levantar el hacha.
—¡Por fin! —bramó el vikingo.
Las llamas verdes iluminaron su sonrisa
salvaje. El impacto llegó como una avalancha. La garra del hombre lobo atravesó
la oscuridad y golpeó el pecho de Axel. La piel se rasgó, la carne se abrió y cuatro
surcos profundos cruzaron su torso. La sangre salió disparada contra las
piedras.
El Gangrel retrocedió dos pasos.
Un hombre normal habría caído muerto. Axel
escupió sangre a un lado y siguió en pie.
—Eso ha dolido —gruñó.
El segundo zarpazo llegó antes de que
terminara la frase. Axel logró girar el cuerpo. Las garras rasgaron su hombro. El
dolor le recorrió todo el brazo. La herida no era profunda. Pero la corrupción
sobrenatural de aquellas garras resultaba evidente.
Aesir lo comprendió desde el aire.
Flotaba seis metros por encima del suelo,
envuelto por el resplandor anaranjado de la llama que sostenía en la mano. Preparó
un conjuro. El fuego creció pero después dudó. Axel y el lupino estaban
demasiado cerca.
Una llamarada podía alcanzar a ambos.
Abajo, Nailah ya se había transformado. Sus
huesos crujieron. Su figura se alzó casi un metro más. La piel adquirió matices
oscuros y dorados. Su rostro conservó rasgos humanos, pero algo antiguo y
depredador emergió bajo ellos. La silueta recordaba a las imágenes olvidadas de
Anubis esculpidas en templos sepultados por la arena. Las dos katanas de plata
reflejaron la luz espectral del hacha.
—Esta presa es mía —dijo.
El hombre lobo giró la cabeza hacia ella y
sonrió percibiendo la plata de sus armas. Aquello resultó peor que cualquier
rugido.
Benjamín desapareció. La ofuscación cayó
sobre él igual que un velo. Un instante después ya no estaba. Solo quedó el
sonido de una espada abandonando la vaina. El Nosferatu avanzó entre columnas
derruidas, buscando un ángulo de ataque imposible.
Miriam permaneció inmóvil. Sujetaba la espada
con ambas manos. No apartaba la vista del círculo de piedra. Del centro de la
cámara. De algo que solo ella parecía comprender.
—No... —susurró.
El combate rugía a su alrededor. Pero ella
observaba otra cosa. Otro tiempo. Otro recuerdo.
De pronto algo cambió en su expresión. La
vacilación desapareció. Apretó los dientes. Desenvainó la espada y cargó. Su
capa voló tras ella mientras corría hacia el lupino.
Al otro extremo de la cámara, el niño oscuro
aprovechó el caos. Echó a correr. Sus pies golpearon la piedra húmeda. Don
Pelayo lo vio alejarse.
—¡Alto!
El ghoul ni siquiera miró atrás. Se lanzó por
una galería lateral. Pelayo corrió tras él. La oscuridad se tragó a ambos. Durante
un instante solo quedó el eco de sus pasos y entonces desaparecieron.
En la cámara principal, Axel levantó el hacha
encantada para devolver el golpe. Nailah saltó sobre los escombros con las
katanas preparadas.
Benjamín surgió de la nada tras la espalda
del monstruo y Miriam llegó al alcance de su espada.
El hombre lobo, rodeado de enemigos giró
sobre sí mismo, demasiado rápido. Mucho más rápido de lo que debería ser
posible para una criatura de aquel tamaño y sus ojos se clavaron en ellos. En
todos ellos. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
La caída del guardián
Nailah forma Anubis incompleta
El hombre lobo giró sobre sí mismo. Sus ojos
ardían con furia.
Benjamín apareció a su espalda. Miriam llegó
por el frente. Axel levantó el hacha encantada y entonces Aesir actuó.
El Tremere extendió la mano desde las
alturas. La sangre de antiguos rituales respondió a su llamada. Palabras
olvidadas resonaron en la cámara. No fueron pronunciadas en voz alta. Las
paredes las escucharon igualmente.
El aire se contrajo alrededor del lupino. De
pronto, algo invisible tiró de sus brazos. Después de sus piernas. Después de
su cuello. El monstruo rugió. Intentó avanzar pero no pudo. Las cadenas no
existían y, aun así, estaban allí. Se tensaron alrededor de su cuerpo
gigantesco. La piedra crujó bajo sus patas.
—¡Ahora! —gritó Aesir.
Nailah ya estaba en movimiento. La sangre
ardió en su interior.
Sus músculos se hincharon. La forma tifónica
respondió a su llamada. Su figura se había vuelto más alta, más rápida y más
poderosa. La antigua bendición de Set recorrió cada fibra de su cuerpo.
Corrió.
El hombre lobo intentó liberarse. Las cadenas
invisibles se cerraron aún más. La primera katana describió un arco de plata.
La hoja atravesó el aire con un silbido seco.
El corte alcanzó la pierna derecha del lupino bajo la rodilla. Carne, músculo,
hueso, todo se separó de una sola pasada. La extremidad cayó sobre las piedras.
El rugido del monstruo sacudió la cámara.
Pero Nailah ya estaba dentro de su guardia.
La segunda espada ascendió. Sobre el pecho
del hombre lobo apareció una armadura de luz. Eran runas antiguas, simbolos de
protecciones olvidadas. Un resplandor dorado que intentó cerrarse alrededor de
su cuello.
Demasiado tarde.
La plata golpeó primero. La katana atravesó
la defensa sobrenatural. La luz se quebró. Después llegó el filo de plata.
La cabeza del lupino abandonó los hombros.
Durante un instante todo quedó inmóvil. Luego
el cuerpo cayó. La cabeza rodó varios metros entre las piedras. El silencio
regresó a la cámara.
La monstruosa forma de guerra comenzó a
deshacerse. El pelaje desapareció. Los huesos se encogieron. Las garras
retrocedieron.
Cuando la transformación terminó, tres
pedazos humanos yacían sobre el suelo ensangrentado.
Nadie habló durante varios segundos.
El peligro había cesado, al menos por ahora.
Axel apoyó el extremo del hacha contra el
suelo. La herida de su pecho era espantosa, otra cómo esa y ahora estaría criando malvas.
Las garras habían abierto un surco que
cruzaba todo el torso. Entre los jirones de carne podían verse músculos
desgarrados y fragmentos de hueso cubiertos de sangre oscura.
Aun así seguía de pie.
—He tenido noches peores —gruñó.
—Eres un mentiroso horrible —dijo Benjamín.
El Gangrel soltó una carcajada ronca. A
varios pasillos de distancia, Don Pelayo redujo el paso.
El niño oscuro había reaparecido.
Permanecía inmóvil en mitad de la galería.
Había escuchado el combate. Había escuchado el silencio posterior y comprendió
lo ocurrido.
Sus ojos antiguos se clavaron en el Lasombra.
—El guardián ha caído.
No parecía aliviado. Tampoco satisfecho.
Parecía preocupado. Muy preocupado.
De vuelta en la cámara, Aesir descendió poco
a poco hasta tocar el suelo. Observó los restos del lupino. Después señaló la
sangre que corría entre las grietas de la piedra.
—No dejéis que se pierda.
Axel levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque vale una fortuna.
El Tremere se arrodilló junto al cadáver.
—Sangre de Garou. Pocos pueden conseguirla.
Axel sonrió. Entonces recordó algo. Abrió una
bolsa de viaje colgada al cinturón. Sacó una vieja cantimplora ornamentada.
—Para algo servirá esto.
Destapó el recipiente encantado y comenzó a
llenarlo con la sangre del hombre lobo.
El líquido oscuro desapareció en su interior.
—No tardará en corromperse fuera del cuerpo
—advirtió Aesir—. Diez minutos, quizá quince.
Axel agitó la cantimplora.
—Entonces ha tenido suerte de encontrar un
hogar nuevo. Es una cantimplora especial, aquí la sangre no se pudre.
Aesir sonrió sorprendido.
La sangre siguió cayendo dentro del
recipiente mientras la cámara recuperaba la calma, pero ninguno de los
presentes olvidó la última mirada del niño. Porque no parecía la mirada de
alguien que acababa de perder a un aliado. Parecía la mirada de alguien que
acababa de perder la última puerta que mantenía encerrado algo mucho peor.
Revelación final
Axel Ulmer, El Aullador,
Neonato Gangrel
El silencio se extendió por la cámara tras la
muerte del lupino.
Solo se oía el goteo del agua entre las
piedras antiguas y la respiración pesada de Axel mientras la herida de su pecho
comenzaba a cerrarse a duras penas.
Los restos del hombre lobo permanecían
esparcidos sobre el suelo. La sangre corría entre las grietas y desaparecía en
la oscuridad de los canales subterráneos.
Nadie habló durante unos instantes.
Entonces el niño ghoul se acercó a Don
Pelayo. No parecía satisfecho por la muerte del guardián. Parecía asustado. De
verdad.
Pelayo lo observó con atención.
—¿Qué ocurre?
El niño tardó unos segundos en responder. Sus
ojos se desviaron hacia Miriam, que permanecía cómo siempre en un segundo
plano.
—No lo entendéis.
—Explícalo.
El ghoul tragó saliva. Por primera vez desde
que lo habían encontrado parecía un niño perdido y no una criatura nacida de
las pesadillas.
—El Maestro no quería mataros.
Aquellas palabras provocaron varias miradas
de desconfianza.
Axel apoyó el hacha sobre el hombro.
—Pues tiene una forma extraña de recibir
visitas.
—No era una trampa para vosotros —insistió el
ghoul.
Nailah entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿para quién era?
La respuesta llegó acompañada de un largo
silencio. El niño volvió a mirar a Miriam.
—Para ella.
La guerrera se quedó inmóvil. Nadie pasó por
alto aquel gesto.
—Habla —ordenó Benjamín.
El ghoul señaló a la antigua guerrera con una
mano temblorosa.
—Lleva siglos buscándola.
El aire pareció volverse más frío.
—¿Quién? —preguntó Aesir.
—Mandalay.
El nombre cayó sobre la cámara igual que una
piedra sobre agua inmóvil.
Miriam cerró los ojos. Durante un instante
pareció mucho más vieja que su apariencia juvenil.
—No... —susurró.
El niño continuó.
—El Maestro no necesita sangre.
—Ya hemos oído suficientes profecías esta
noche —gruñó Axel.
—No necesita sacrificios.
La voz del ghoul ganó firmeza.
—No necesita rituales.
Necesita a la última guardiana.
Las palabras resonaron bajo las bóvedas de
piedra.
Nadie habló.
—Necesita encontrarla. Necesita alcanzarla.
Necesita despertar a través de ella.
Nailah giró la cabeza hacia Miriam.
La guerrera no levantó la vista. Sus dedos se
habían cerrado con fuerza sobre la empuñadura de la espada.
—¿Qué significa eso? —preguntó Don Pelayo.
El ghoul dio un paso atrás.
—Significa que la estaba buscando.
Desde hace siglos. Desde antes de que muchos
reinos nacieran.
Desde antes de que estas galerías fueran
olvidadas.
Miriam soltó una amarga exhalación y entonces
comprendieron la verdad.
La tumba, el despertar, los cadáveres, los
túneles, los sueños. Todo formaba parte de la misma búsqueda. No habían
encontrado a Miriam por casualidad. Habían abierto una puerta y aquello que
dormía al otro lado acababa de descubrir que ella seguía existiendo.
El niño bajó la cabeza.
—Ahora ya lo sabe.
El silencio volvió a caer sobre la cámara.
Miriam levantó la vista hacia la oscuridad
que se extendía más allá de las columnas derruidas. Permaneció inmóvil durante
varios segundos.
Después habló. Su voz apenas fue un susurro.
—Ahora sí me ha encontrado.
Nadie respondió. Porque todos comprendieron
lo que aquellas palabras significaban. Despertar a la guerrera no había sido el
final del misterio, más bien había sido el principio.
Entonces ocurrió.
Al fondo de la cámara. Más allá de las ruinas,
más allá de la luz de la llama de Aesir. Dos ojos aparecieron en la oscuridad.
Verdes, antinaturales e inmóviles.
Observándolos. No pertenecían a ningún animal u hombre.
Sólo se veían aquellos ojos, esperando,
mirándolos desde las profundidades.
El miedo recorrió la cámara.
Incluso Axel sintió un nudo en el estómago. Incluso
Nailah dejó de moverse.
Incluso Aesir olvidó las palabras de sus
hechizos.
Los ojos no parpadearon, ni se movieron,
simplemente observaron.
Algo había despertado.




