La Hoja del Eterno
I
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| Don Vinzenzo Giovanni, Capadocio |
La
noche se alza sobre Jerusalén, y en
sus barrios cada poder reclama su territorio.
En
el barrio judío, las puertas se cierran temprano y las velas arden tras las
ventanas. Allí gobierna Vinzenzo Giovanni, mercader en vida, señor en la
muerte. Desde su mansión de piedra controla caravanas, favores y rumores que
recorren la ciudad como monedas cambiando de manos.
Una
noche típica para él rara vez comienza con prisa.
Vinzenzo
abandona su estudio mientras Bianca revisa informes y cuentas de comerciantes,
peregrinos y eruditos que han pasado por sus dominios. En el aire, invisible
para la mayoría, Horus —su silencioso draco espiritual— se mueve entre planos,
observando las auras de quienes se acercan demasiado a los intereses de su amo.
Para
Vinzenzo, todo tiene un valor: la información, la lealtad… también la muerte.
Porque
mientras otros príncipes gobiernan con fe o terror, él contempla la ciudad como
un vasto libro de huesos que algún día terminará por leer entero. Y esta noche,
quizá, alguna de sus páginas vuelva a abrirse.
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| Aesir Pentagast, Tremere |
La
noche cae sobre Jerusalén, y con
ella despiertan las muchas verdades que la ciudad esconde bajo sus piedras.
En
el barrio judío, las antorchas iluminan puertas cerradas y callejones
estrechos. Allí, donde las disputas mortales apenas alcanzan a comprender las
sombras que los rodean, gobierna Aesir. Pocos recuerdan cuándo llegó. Menos aún
podrían describir su rostro con claridad al día siguiente.
Esta
noche comienza como muchas otras.
Aesir
emerge del santuario oculto bajo el templo abandonado. Tras él quedan los
círculos de protección, los textos arcanos y el silencioso resplandor de Ignes,
el gólem que custodia su refugio. En su mente aún resuenan fragmentos del Grimorio Sin’dorei, páginas que parecen
susurrar secretos ligados a su propia sangre.
Pero
el deber llama más allá de los rituales.
En
las calles del barrio judío hay disputas que resolver, rumores sobre
movimientos de otros vástagos… y quizá nuevas intrigas tejidas por la temida Magdalena.
Aesir
avanza entre las sombras con paso sereno.
Se
dice que Jerusalén pertenece a quienes controlan sus secretos.
Y
esta noche, como tantas otras, él piensa reclamar algunos más.
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| Nailah Salem, Seguidora de Set |
La
noche cae sobre Jerusalén,
y las calles de la ciudad sagrada se llenan de susurros, rezos y
conspiraciones.
Nailah
Salem se desliza entre los callejones como una sombra antigua. La capucha cubre
su rostro mientras observa el ir y venir de mercaderes tardíos, peregrinos perdidos
y soldados cansados. Nadie repara en ella… pero ella repara en todos. Cada
conversación murmurada, cada mirada esquiva, cada secreto mal guardado puede
ser una ofrenda para la Senda del Tifón.
Esta
noche no vuelve a la torre que una vez fue su refugio. Las cenizas de aquel
lugar aún flotan en su memoria. Ahora camina sin guarida fija, con Shukura
moviéndose entre sus contactos y espías, mientras ella caza algo más valioso
que sangre: información.
Porque
Jerusalén es un nido de intrigas… y en cada intriga puede esconderse un paso
más hacia el despertar de Set.
Nailah
se detiene en la esquina de un callejón oscuro.
Alguien la observa.
La
noche, una vez más, comienza.
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| Axel Ulmer, El Aullador, Neonato Gangrel |
La
noche se extiende sobre Jerusalén, y
el aire huele a polvo, hierro y plegarias.
En
los callejones cercanos a las murallas, donde mercenarios, peregrinos y
soldados beben antes de que la luna alcance lo alto del cielo, una figura
enorme camina entre las sombras. Los hombres lo miran con cautela. Algunos
apartan la vista. Otros murmuran un nombre.
El
Aullador.
Axel
Ulmer rara vez busca problemas… pero los problemas siempre parecen encontrarlo.
Esta noche empieza como muchas otras: observando desde la penumbra de una
taberna o apoyado contra la piedra fría de una muralla, escuchando el pulso de
la ciudad como si fuera el latido de una presa.
La
sangre de los hombres suena fuerte en sus oídos.
El
metal de las espadas le recuerda viejas batallas.
Y,
cuando la luna asoma entre las torres de Jerusalén, algo dentro de su pecho
responde.
Un
eco antiguo.
Un
lobo que aún quiere correr.
Axel
levanta la cabeza y olfatea el aire de la noche.
Algo
está a punto de empezar.
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| Benjamín Janosz, Neonato Nosferatu |
La
noche cae sobre Jerusalén, y las
calles de la ciudad sagrada murmuran en docenas de lenguas. Plegarias,
discusiones, rumores… para la mayoría es solo ruido. Para Benjamín Janosz, cada
palabra es una pieza más de la historia que nunca deja de escribirse.
Desde
un tejado bajo, el vampiro observa el flujo de la noche. Mercaderes tardíos,
peregrinos que buscan refugio, soldados cruzados que beben para olvidar la
guerra. Sus ojos amarillos recorren la escena mientras su mente archiva
nombres, acentos y secretos. Incluso ahora, después de la muerte, sigue siendo lo
que siempre fue: un cronista.
Cuando
el hambre aprieta, desciende a las calles con cautela. No caza al azar.
Escucha, pregunta, aprende. Cada víctima es también una historia, y cada
historia puede cambiar el equilibrio oculto de la ciudad.
Dicen
que Jerusalén guarda secretos más antiguos que sus murallas.
Benjamín
camina hacia la oscuridad con una leve sonrisa.
Alguien
tiene que registrarlos.
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| Jerusalen, 1197 d. C. |
Convocados
La
noche avanzó sobre Jerusalén mientras las calles del barrio judío se vaciaron
poco a poco. Las puertas se cerraron con golpes secos, las velas ardieron tras
las ventanas y las voces quedaron reducidas a susurros que no cruzaban los
muros.
En
el corazón del barrio se alzaba la mansión Giovanni.
Desde
fuera no llamaba la atención. Piedra oscura, líneas sobrias, ningún adorno
innecesario. Pero quien cruzaba su umbral entendía otra verdad.
Pero
dentro, el poder no se ocultaba.
Se
exhibía.
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| Bianca Giovanni, Ghoul de Vinzenzo |
En
la sala principal ardía un fuego bajo. La luz rojiza recorría los bordes de
cofres abiertos, monedas antiguas, copas talladas y mapas extendidos sobre una
mesa de madera oscura.
Vinzenzo
Giovanni, el Capadocio, revisaba documentos con calma, sin levantar la voz ni
el gesto. Cada pergamino quedaba alineado con precisión antes de pasar al
siguiente.
A
su lado, Bianca murmuraba.
—Dos
caravanas no llegaron al mercado esta semana... rumores en el barrio
musulmán... movimiento extraño cerca de las murallas...
No
alzó la vista mientras hablaba.
Cerca
de allí, Aesir, el Tremere, permanecía inmóvil.
No
miraba los mapas. No miraba el oro. Su atención estaba en otra parte.
Escuchaba.
Fragmentos
del Grimorio Sin’dorei aún resonaban en su mente, ecos que no pertenecían a la
sala.
Vinzenzo
manejaba riqueza, favores y muerte.
Aesir
vigilaba equilibrio, conocimiento y secretos.
Y
aquella noche ambos coincidían en lo mismo.
Algo
se movía bajo Jerusalén.
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| Sello Giovanni |
No
llegaron mensajeros. No hubo pasos en la calle ni manos que llamaran a la
puerta. Cada uno de ellos recibió lo mismo. Una carta negra con un sello rojo con
una “G”.
Apareció
en sus manos desde el aire vacío.
Nailah
la encontró entre sus dedos al salir de un callejón.
Benjamín
la vio formarse sobre su cuaderno abierto.
Axel
la recibió cuando una pequeña criatura, apenas visible, cruzó el aire frente a
él y la dejó caer.
Un
dragón diminuto.
Hecho
de sombra.
Moviéndose
en un plano que no pertenecía a los vivos.
Cuando
abrieron la carta, leyeron lo mismo:
“Vinzenzo Giovanni,
Señor del barrio judío, requiere vuestra presencia.”
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| Grimorio Sin'dorei |
La
taberna cercana a las murallas olía a vino agrio y sudor.
Axel
Ulmer sostenía la carta con gesto torcido.
—No
entiendo nada —gruñó.
Frente
a él, una figura encorvada levantó la vista desde la sombra.
—Déjame
verla.
—Benjamín
Janosz —dijo con tono jocoso—. Sé leer.
Axel
le tendió el pergamino.
Benjamín
lo recorrió en silencio, luego alzó la mirada.
—Te
han invitado.
—¿Invitado
a qué?
—A
presentarte, igual que a mi —respondió—. Y a no meterte en problemas.
Axel
frunció el ceño.
—No
he hecho nada.
Benjamín
mostró una sonrisa torcida.
—Eso
no importa.
Hubo
un silencio.
Axel
entrecerró los ojos.
—Te
conozco.
Benjamín
no respondió.
—Tú...
—Axel dio un paso atrás—. No eras así.
El
Nosferatu inclinó la cabeza.
—Nadie
lo es después del abrazo.
Axel
tardó un instante más, pero al final asintió despacio.
—Trabajábamos
juntos cuando éramos humanos.
—Hace
mucho —dijo Benjamín.
—¿Qué
te pasó?
—Me
abrazaron.
Axel
señaló su propio pecho.
—A
mí también. Un lobo. O eso creo.
Benjamín
negó una vez.
—No
funciona así.
—Pues
así fue.
Benjamín
guardó silencio, luego habló:
—Mi
Sire se llamaba Happu. Es del clan Nosferatu. Antes estuve cautivo de una
Tzimisce.
—¿Cómo
se llamaba?
—Katja
Janiosz.
Axel
escupió a un lado.
—No
me gusta cómo suena eso.
—A
mí tampoco —respondió Benjamín—. Pero ahora, que está muerta, llevo su
apellido.
Axel
gruñó.
—¿Y
qué hacemos con esto?
Benjamín
alzó la carta.
—Debemos
ir.
—¿Por
qué?
—Porque
uno de los pocos errores que no puedes permitirte es ignorar a un antiguo en su
territorio.
Axel
pensó un instante.
—No
romper cosas —dijo al fin.
Benjamín
lo miró.
—Exacto.
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| Mansion Giovanni |
Bianca
los recibió en la entrada, fría y precisa.
—Llegáis
tarde —dijo.
No
esperó respuesta. Se giró y caminó.
Ambos
la siguieron.
El
interior era otra cosa.
Oro,
reliquias, tejidos caros, armas antiguas. Todo ordenado, todo visible.
Axel
miró alrededor.
—No
parece discreto.
—Lo
es desde fuera —respondió Benjamín.
Entraron
en la sala.
Un
biombo ocultaba a un grupo de músicos. No los veían, pero la música llenaba el
aire con una cadencia lenta, inquietante.
Aesir
los esperaba.
—Bienvenidos
—dijo.
No
se presentó.
Sus
ojos se detuvieron en Nailah cuando ella entró poco después.
—Nailah
Salem.
Ella
inclinó la cabeza.
—Aesir.
Se
midieron en silencio.
—Sigues
aquí —dijo él.
—Y
tú también —respondió ella—. Eso ya dice bastante.
Los
tres invitados quedaron ante él.
Benjamín.
Axel. Nailah.
—Hemos
sido convocados por el señor del barrio judío —dijo Benjamín.
Aesir
alzó una ceja.
—Yo
no os he convocado.
Un
instante de duda cruzó la sala.
—Entonces...
—empezó Axel.
Aesir
dejó que el silencio creciera.
—Habrá
sido mi compañero —dijo al fin—. Vinzenzo Giovanni.
Hubo
una pausa.
—El
otro señor del barrio judío.
Presentaciones
Aesir
los recorrió con la mirada.
—Decidme
—dijo—. ¿Vuestros Sires os han liberado?
Benjamín
dudó.
—Sí...
creo.
Axel
negó.
—No
sé quién es el mío.
Aesir
lo observó.
—Gangrel.
Axel
asintió.
—Eso
me dijeron.
Aesir
se acercó un paso.
—Entonces
escucha bien. Este lugar tiene reglas. Si las rompes... no vivirás para repetir
el error.
Axel
sostuvo su mirada.
—No
romper cosas.
Aesir
no sonrió.
—Empieza
por ahí.
La
puerta se abrió.
Vinzenzo
Giovanni entró en la sala y el ambiente cambió.
No
alzó la voz, pero todos lo miraron.
—Habéis
deambulado varias noches por mi barrio —dijo—. Eso exige presentación.
Uno
por uno hablaron.
Nailah
no ocultó nada.
Benjamín
eligió sus palabras.
Axel
fue directo.
—No
sé mucho. Me mordieron. Sigo aquí.
Vinzenzo
cerró los ojos un instante.
—Magnífico.
Los
volvió a abrir.
—Intentad
no convertiros en un problema.
Axel
asintió.
—No
romper cosas.
Esta
vez, Bianca sí mostró una sombra de sonrisa.
Sangre y política
Bianca
sirvió copas en cristal fino. Era sangre oscura y el olor llenó la sala.
Ninguno
bebió con naturalidad.
Nailah
habló primero.
—¿Quién
gobierna Jerusalén?
Vinzenzo
apoyó la copa en la mesa.
—Nadie.
Pausa.
—Y
todos.
Se
movió despacio mientras hablaba.
—Pacífico
en el barrio cristiano.
—Varsik
en el armenio.
—Al-Ain
en el musulmán.
Se
detuvo.
—Y
nosotros aquí.
Nailah
inclinó la cabeza.
—Equilibrio
frágil.
—Equilibrio
útil —corrigió Aesir.
Vinzenzo
añadió:
—Y
recordad un nombre. Magdalena.
Su
tono cambió.
—Si
la veis... tened cuidado.
El verdadero motivo
El
fuego lanzó una chispa y Vinzenzo alzó la copa, pero no bebió.
—El
primer motivo de esta reunión —dijo— era vuestra presentación.
Los
miró uno a uno.
—El
segundo...
Nailah
dio un paso al frente.
—La
torre de Katja ha caído —dijo—. Antes de arder, albergaba estudios.
Aesir
no apartó la vista.
—¿Sobre
qué?
—Una
reliquia.
Benjamín
apoyó su cofre sobre la mesa.
—Yo
también la he visto en textos.
Vinzenzo
entrecerró los ojos.
—Hablad.
Nailah
y Benjamín hablaron casi al mismo tiempo.
—Una
espada.
El
silencio cayó.
Benjamín
añadió:
—Atribuida
a Alejandro Magno.
Aesir
bajó la cabeza un instante.
—Entonces
no es un rumor.
Axel
apoyó los nudillos sobre la mesa.
—El
escriba dijo que lo perseguían por algo importante.
Vinzenzo
lo miró.
—¿Dónde
está?
—No
lo sé.
Aesir
habló, más bajo.
—Yo
sí sé dónde no está.
Todos
lo miraron.
—No
está a salvo.
El
fuego crujió.
Vinzenzo
dejó la copa.
—Entonces
escuchad bien.
Hubo
una pausa.
—Esa
espada está en Jerusalén.
Otra
pausa.
—Y
no somos los únicos que la buscamos.
El
silencio que siguió no fue vacío.
Fue
una advertencia.
Algo
se había puesto en marcha y ninguno de ellos sabía aún si eran cazadores... o
presa.
—Esta
ciudad ya tiene suficientes guerras —dijo Vinzenzo con calma—. No necesitamos
que alguien encuentre una reliquia capaz de provocar otra.
Aesir
añade con voz tranquila:
—Si
esa espada existe… no debe caer en manos equivocadas.
El
presagio en la puerta occidental
Entonces
alguien golpeó la puerta de la mansión.
Tres
golpes rápidos.
Un
sirviente entra, pálido.
—Mi
señor… hay un hombre fuera. Un escriba judío. Dice que debe hablar con
vosotros.
Cuando
Vinzenzo llegó a la entrada, ya no había nadie.
El silencio tras las palabras del Tremere no llegó a asentarse.
Lo
rompió un aullido lejano. Arrastrado por el viento entre las calles de
Jerusalén. No sonó limpio. No fue el grito de un animal ni el de un hombre.
Algo en medio. Algo que no encajaba.
Axel
giró la cabeza hacia la puerta.
—Eso
no era un lobo.
Benjamín
Janosz frunció el ceño. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.
—No
—dijo—. Y no estaba lejos.
Nailah
Salem no miró hacia la puerta. Bajó la vista, como si siguiera un rastro
invisible bajo la piedra.
—Está
cazando.
Aesir
alzó la cabeza despacio.
—Entonces
no es un aviso.
Vinzenzo
cerró el pergamino con un gesto seco.
—Parece
que la ciudad nos trae respuestas antes de que terminemos las preguntas.
El
fuego lanzó una chispa.
Aesir
dio un paso hacia la salida.
—Entonces
vayamos a recibirlas.
La marcha
No
hubo más palabras.
Salieron
de la mansión en grupo. Bianca se quedó atrás, en la puerta, observando hasta
que la oscuridad los tragó.
Las
calles del barrio judío se abrieron ante ellos. Puertas cerradas, pasos
rápidos, miradas que evitaban cruzarse con las suyas.
Axel
caminaba al frente, olfateando el aire.
—Sangre
—murmuró—. Y miedo.
Benjamín
se mantuvo cerca de las paredes, atento a las sombras.
—Nos
observan.
—Siempre
—respondió Aesir.
Nailah
avanzó sin hacer ruido. Sus ojos se movían entre los callejones.
—No
solo mortales.
Vinzenzo
no miró atrás.
—Seguid.
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| Puerta de Jaffa |
La
Puerta de Jaffa seguía viva pese a la hora.
Peregrinos
retrasados, mercaderes que recogían, soldados francos apoyados en lanzas,
mendigos que buscaban un rincón donde pasar la noche. El aire olía a sudor,
polvo y humo de incienso barato. La multitud se apartó cuando el grupo avanzó.
No
hizo falta empujar. Bastó con mirarlos. Un ruido rompió el murmullo.
Pasos
irregulares. Alguien corría.
Un
hombre atravesó la multitud, empujó, tropezó, siguió. Su túnica estaba empapada
en sangre. Una mano apretaba algo contra el pecho.
Axel
lo vio primero.
—Ahí.
El
hombre levantó la cabeza. Sus ojos encontraron a Axel y en ese instante, cayó.
El
impacto contra el suelo levantó polvo. Un hilo de sangre se extendió bajo su
cuerpo.
Benjamín
se agachó de inmediato.
—Sigue
vivo.
Nailah
se inclinó al otro lado. Sus dedos se mancharon de rojo al apartar la tela.
—Por
poco.
El
hombre intentó hablar. Solo salió aire.
Axel
se arrodilló frente a él.
—Eh.
Estoy aquí.
El
escriba clavó la mirada en su rostro.
—Tú...
Su
voz era un hilo roto.
—Te...
busqué...
Tosió
con sangre en los labios. Entre sus manos apretaba un pequeño estuche de
pergamino. La cera del sello estaba agrietada. Benjamín lo tomó con cuidado.
—¿Qué
es esto?
El
hombre negó, apenas.
—La...
espada...
Aesir
se acercó. Su sombra cubrió al moribundo.
—Habla.
El
escriba tembló.
—Del...
conquistador...
Sus
ojos se movieron, nerviosos, hacia la oscuridad más allá de la multitud.
Un
rasguido sonó sobre piedra. Cerca, demasiado cerca.
Nailah
alzó la cabeza.
—Está
aquí.
El
hombre agarró la túnica de Axel con una fuerza que no parecía suya.
—No...
dejéis que caiga... en manos...
Su
voz se quebró.
—Del
que tiene... tres ojos...
Axel
frunció el ceño.
—¿Quién?
El
escriba ya no lo miraba a él.
Miraba
algo detrás.
—Buscad...
a Alexus... el bizantino...
Su
aliento falló.
—En...
los silos...
Su
mano se aflojó. El peso de su cuerpo cayó.
Silencio.
Benjamín
sostuvo el estuche.
—Ha
muerto.
Un
monje cruzó la multitud a paso rápido. Rostro ojeroso, hábito gastado, mirada
firme.
Se
detuvo al ver el cuerpo.
—Por
la Gruta de Belén... —dijo—. Llegáis a tiempo para ver cómo la ciudad os da la
bienvenida.
Alzó
la vista hacia ellos.
—Hermano
Martín.
Vinzenzo
no respondió.
Aesir
lo observó.
—Habla.
El
monje señaló el cadáver con un gesto leve.
—Mi
señora ya habló de esto. Reliquias que despiertan cosas que deberían seguir
dormidas.
Nailah
se limpió la sangre de los dedos.
—¿Tu
señora?
—La
santa de Belén —respondió él—. Y no se equivoca.
Un
nuevo sonido atravesó la noche. Más cerca. Un golpe. Luego otro. Garras sobre
piedra. Axel se levantó despacio.
—Ahora
sí suena a algo que puedo matar.
Aesir
no apartó la vista de la oscuridad.
—Si
puedes.
Benjamín
abrió el estuche apenas lo suficiente para ver el interior. Pergaminos
enrollados, escritura apretada, y un nombre en griego.
Lo
leyó en voz baja.
—Alexus
Simocatta.
Vinzenzo
miró hacia la sombra de donde venía el sonido.
—Silos.
Nailah
asintió.
—Y
algo más nos ha encontrado antes.
El
monje dio un paso atrás.
—Venid
conmigo si queréis respuestas.
El
ruido cesó de golpe. Eso fue peor.
Axel
sonrió, enseñó los dientes.
—Demasiado
silencio.
Aesir
habló sin girarse.
—No.
Está eligiendo.
El
aire se volvió pesado.
La
multitud retrocedió sin entender por qué.
Vinzenzo
dio un paso al frente.
—Entonces
que elija mal.
En
la oscuridad, algo se movió. No se dejó ver, pero todos lo sintieron y por
primera vez desde que comenzó la noche, la espada dejó de ser el único peligro.
lgo
más había empezado la caza y esta vez... ellos estaban en medio.
Pergamino de Yosef
Yosef Ben Natan, escriba judío
«No hay reliquia más peligrosa que la que guarda
memoria de la derrota de un monstruo.
En los textos del patriarca Filón se menciona una
espada traída por soldados macedonios, consagrada con la sangre de un enemigo
“no del todo humano”.
Escribe así:
“En Jerusalén, ciudad de huesos y promesas,
reposa la hoja que bebió la sangre del que tenía tres ojos, nacido de la
estirpe maldita de Caín.”
Los indicios apuntan a antiguos barracones y
cisternas de época helénica, ocultos bajo la piel de la ciudad.
El nombre del sabio que puede descifrar las rutas
de los soldados del macedonio es:
Si caigo antes de llegar a él, que estas palabras
sigan el camino que yo no pude.»
Ecos bajo la piel de la ciudad
La posada no destacaba entre las demás.
Madera oscura, humo pegado a las vigas y un murmullo bajo de voces cansadas que
se apagaban con la noche. En una esquina, lejos del fuego, Don Giovanni ocupaba
una mesa apartada. Nadie se sentó cerca.
El posadero evitó mirarlo cuando dejó la
jarra.
—No nos molestarán —dijo Giovanni sin alzar
la vista.
El hombre asintió y se retiró rápido.
La puerta trasera crujió poco después. Dos
figuras entraron cargando un bulto envuelto en tela. No hablaron. Lo dejaron
junto a la mesa y salieron igual que llegaron.
Giovanni esperó a que el ruido de la sala
cubriera el momento. Entonces, apartó la tela.
El rostro del escriba judío apareció pálido,
rígido, con la sangre ya oscura en el cuello y la túnica. Los ojos seguían
abiertos, fijos en nada.
Giovanni lo observó en silencio. Apoyó dos
dedos sobre los párpados y los cerró con un gesto lento.
—Has corrido mucho para terminar aquí
—murmuró.
Se levantó. Tomó el cuerpo por los hombros y
lo arrastró hacia la puerta trasera. Nadie dijo nada.
Fuera, el aire estaba frío. La calle quedaba
en sombra, lejos del bullicio de la puerta de la ciudad. Giovanni avanzó hasta
un cobertizo medio hundido, con la madera hinchada por la humedad.
Empujó la puerta.
Dentro, el olor a paja vieja y tierra mojada
llenaba el espacio. Dejó el cadáver sobre el suelo y cerró.
El silencio se hizo más denso.
Giovanni se quitó los guantes con calma. Los
dejó a un lado. Luego se arrodilló junto al cuerpo.
—No me gustan las segundas conversaciones
—dijo—. Pero tú, has dejado cabos sueltos.
Sacó una pequeña hoja de su abrigo. No
brilló. No hizo falta.
Con la otra mano, tomó la muñeca del muerto y
la giró. La piel cedió sin resistencia.
El corte fue preciso.
La sangre no fluyó como en vida, pero algo
oscuro se abrió paso, espeso, lento. Giovanni dejó que cayera sobre la tierra.
Dibujó con ella un círculo incompleto, dejando un hueco frente al rostro del
escriba.
El aire cambió.
No sopló viento, pero la paja se movió. Un
susurro recorrió las tablas del techo.
Giovanni inclinó la cabeza.
—Vuelve.
El silencio respondió.
Luego, un temblor leve atravesó el cuerpo.
Los dedos del escriba se tensaron. La
mandíbula se cerró con un chasquido seco.
Los ojos se abrieron.
No miraban. Tardaron un instante en enfocar.
Cuando lo hicieron, no había vida en ellos, pero sí algo que recordaba.
Giovanni no se apartó.
—Yosef.
Los labios del muerto se movieron. El sonido
llegó roto.
—No… debía…
—Ya lo has hecho —cortó Giovanni—. Ahora
escucha.
El cuerpo intentó respirar. No pudo.
—La espada —dijo Giovanni—. Lo que dijiste en
la puerta. ¿Era cierto?
Un silencio. Luego, un leve asentir, apenas
un gesto torpe.
—Sí…
—El que tiene tres ojos.
Los ojos del escriba temblaron.
—Busca… la hoja…
Giovanni acercó el rostro al suyo.
—Eso ya lo sé. Quiero nombres.
La boca del muerto se abrió más de lo
necesario. Un hilo oscuro se deslizó por la comisura.
—Mandalay…
El nombre quedó en el aire, pesado.
Giovanni no reaccionó, pero sus dedos se
tensaron sobre la rodilla.
—¿Quién te envió? —preguntó—. ¿Quién te hizo
escribir ese pergamino?
El cuerpo dudó.
Los ojos del escriba se movieron, lentos,
como si buscaran algo más allá del techo.
—No… fue orden… de hombre…
Giovanni entrecerró los ojos.
—Habla claro.
La mandíbula del muerto se desencajó un poco
más. La voz salió más firme, aunque sin aliento.
—Fue… palabra… oída…
—¿De quién?
Un segundo de silencio.
Luego:
—Yahvé.
Nada se movió en el cobertizo. Ni la paja, ni
la madera.
Giovanni se quedó inmóvil.
—¿Lo viste?
—No…
La cabeza del escriba giró un poco, hasta
quedar torcida.
—Pero… habló…
Giovanni sostuvo la mirada vacía.
—¿Y qué dijo?
Los labios del muerto temblaron.
—Que… la sangre… recuerda…
Un crujido recorrió la madera del techo.
—Que… la hoja… no debe… volver…
El cuerpo se tensó de pronto. Los dedos
arañaron la tierra dentro del círculo.
—Que… él… ya… camina…
Giovanni inclinó la cabeza.
—¿Quién?
Los ojos del escriba se fijaron en un punto a
la derecha de Giovanni. Algo que no estaba allí.
—El… tercero…
Un golpe seco sacudió la puerta del
cobertizo.
Giovanni no se giró.
—Sigue —ordenó.
Pero el cuerpo empezó a temblar con más
fuerza.
—No… no debo…
—Ya estás aquí.
El temblor se convirtió en espasmo. La boca
se abrió, pero no salió voz.
Luego, despacio, los músculos se relajaron.
Los ojos perdieron el foco.
El cuerpo cayó, inerte.
El silencio regresó, más pesado que antes.
Giovanni permaneció unos segundos sin
moverse. Luego, soltó la muñeca del cadáver y se incorporó.
Miró el círculo en el suelo. La sangre se
había detenido.
Se puso los guantes.
—Palabras de dioses —murmuró—. Siempre llegan
tarde.
El golpe en la puerta no se repitió.
Abrió él mismo.
La calle seguía vacía. Ninguna figura. Ningún
paso alejándose.
Solo un rastro.
En la tierra, frente al cobertizo, varias
marcas pequeñas se acumulaban. Demasiadas. Demasiado juntas.
Ratas.
Giovanni alzó la vista hacia la oscuridad de
la calle. No sonrió.
—Entonces ya estás cerca.
Cerró la puerta con suavidad.
Dentro, el cuerpo del escriba yacía en el
suelo, quieto al fin.
Y en el aire, apenas un susurro que no
pertenecía al viento, algo que rozó las vigas y se perdió entre las sombras.
La ciudad no dormía.
Y bajo ella, algo antiguo ya había empezado a
moverse y sus criados se llevaban su cuerpo a su refugio, seguro que le sería
útil de algún modo.
La gruta de la mujer santa
Hermano Martín, Ghoul de Ethera
El ruido no volvió. Eso fue lo que los empujó
a moverse.
Hermano Martín dio un paso atrás, sin perder
de vista la oscuridad que se extendía más allá de la Puerta de Jaffa.
—No es lugar para quedarse —dijo—. Si queréis
respuestas, venid.
Axel no apartó la mirada de la sombra.
—Quiero ver qué era eso.
—Y morir sin entenderlo —dijo Aesir.
El vikingo apretó la mandíbula, luego cedió.
—Bien. Primero respuestas.
Vinzenzo asintió una vez.
—Guía el camino.
Las rutas secundarias
Callejón barrio musulmán
No tomaron la calle principal. Martín los
llevó por callejones estrechos, entre muros húmedos y puertas cerradas. La
ciudad quedó atrás paso a paso. El olor a polvo dejó sitio a tierra fría.
Benjamín caminaba en silencio, con el estuche
oculto bajo la capa.
—Nos siguen —murmuró.
Nailah no miró atrás.
—Sí. Pero no se acerca.
Axel resopló.
—Cobarde.
Aesir negó.
—Paciente.
Cruzaron un arco bajo. La luz de las
antorchas se apagó a sus espaldas. Solo quedó la luna.
—Estamos saliendo —dijo Axel.
—No del todo —respondió Martín.
El terreno subió. La piedra se volvió
irregular.
—La Gruta de Jeremías —murmuró Benjamín.
Martín asintió.
—Cerca.
El refugio
La cueva cerca de
la Gruta de Jeremías
La entrada apenas se veía. Una grieta en la
roca. Dentro, la luz cambió. Lámparas de aceite colgaban de hierro. El aire
olía a cera y a piedra húmeda. Las paredes estaban cubiertas de iconos y
cruces. Rostros pintados, ojos que parecían seguir cada paso. Un altar bajo
ocupaba el centro. Una figura aguardaba junto a él.
—Habéis tardado —dijo.
Se giró.
—Ethera.
Sus ojos recorrieron al grupo. Se detuvieron
en Aesir, luego en Nailah.
—Jerusalén devora a los suyos —dijo—. Y a
todos los que vienen a salvarla.
Vinzenzo no respondió.
Benjamín avanzó y colocó el estuche sobre la
piedra.
—Un hombre murió por esto.
Ethera lo miró.
—Ábrelo.
El sello cedió bajo los dedos de Benjamín. La
cera se quebró.
Los pergaminos se extendieron.
Ethera se inclinó.
—El macedonio... —murmuró.
Pasó un dedo por la tinta.
—Se habla del Grial, de la Cruz Verdadera, de
la Lanza de Longinus...
Alzó la vista.
—Pero esto es otra cosa.
Axel apoyó las manos en la piedra.
—Una espada.
Nailah no apartó los ojos de los símbolos.
—Y algo más.
Ethera asintió.
—Una hoja que mató lo que no debía existir.
El silencio cayó.
Vinzenzo lo rompió.
—Entonces dejadlo estar.
Todos lo miraron.
Vinzenzo mantuvo el gesto frío.
Aesir no habló.
Nailah giró la cabeza despacio hacia él.
—Tu barrio ya sangra por esto.
Vinzenzo no respondió.
Ethera se enderezó.
—Hay que hacer lo correcto.
La voz no subió. No hizo falta.
Vinzenzo la miró.
—¿Lo correcto?
Dio un paso hacia ella.
—¿Enviar a estos neonatos a una caza que no
entienden?
Señaló a Axel, a Benjamín.
—Caerán como moscas.
Axel frunció el ceño.
—Eh.
Vinzenzo no le prestó atención.
—Tú llevas siglos en esto —continuó—. Si
alguien puede enfrentarse a lo que sea que esté detrás de esa espada, eres tú.
Se hizo el silencio.
—Hazlo tú.
Ethera sostuvo su mirada.
—No soy una guerrera.
El silencio se tensó.
—Nunca lo fui —añadió.
Aesir entrecerró los ojos.
—Pero sabes lo que viene.
—Sí.
—Y aun así no actúas.
—Actúo —respondió ella—. De otra forma.
Nailah observó el intercambio sin intervenir.
Benjamín cerró el estuche despacio.
Axel cruzó los brazos.
Vinzenzo dio otro paso.
—Entonces explícame por qué debemos hacerlo
nosotros.
Ethera miró a los tres más jóvenes.
—Porque ya estáis dentro.
Nadie respondió.
—El escriba os buscó —continuó—. Murió en
vuestras manos. La criatura que lo perseguía os ha visto.
Aesir no apartó la vista.
—Tiene razón.
Vinzenzo no cedió.
—Eso no es motivo suficiente.
Ethera inclinó la cabeza.
—No.
Hubo una pausa.
—Pero lo será cuando empiece a cazarlos uno
por uno.
El silencio volvió.
Axel sonrió apenas.
—Eso suena mejor.
Benjamín lo miró de reojo.
—No, no lo hace.
Vinzenzo exhaló despacio.
—Si vamos a hacer esto... —dijo— no será
gratis.
Ethera no se movió.
—Habla.
Vinzenzo la señaló con un gesto leve.
—Magdalena.
El nombre cayó en la sala.
—Está en la ciudad —continuó—. Alada de los
Assamita, los musulmanes.
Nailah alzó una ceja.
—Eso rompe el equilibrio.
—Exacto —dijo Vinzenzo.
Miró a Ethera.
—Si ayudamos... te posicionas contra ella.
El silencio se alargó y las lámparas
vacilaron.
Ethera no respondió de inmediato.
Caminó hasta el altar, apoyó una mano sobre
la piedra.
—Pedís mucho.
—Ofrecemos más —replicó Vinzenzo.
Aesir observó en silencio.
Benjamín apretó el estuche.
Axel miró entre ambos, sin paciencia.
—¿Entonces?
Ethera cerró los ojos un instante.
Luego habló.
—No lucharé vuestras guerras.
Vinzenzo no se movió.
—Pero no la protegeré —añadió—. Ni a ella ni
a quienes se oculten tras su sombra.
Nailah sonrió levemente.
—Es suficiente.
Vinzenzo sostuvo la mirada de Ethera unos
segundos más… y asintió.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Aesir dio un paso adelante.
—Alexus.
Benjamín asintió.
—Y el scriptorium.
Martín levantó la vista.
—Puedo llevaros.
Axel se giró hacia la salida.
—Por fin.
Nailah lo siguió.
—No corras tanto.
Vinzenzo se detuvo un instante antes de
marchar.
—Si esto sale mal —dijo—, Jerusalén no lo olvidará.
Ethera lo miró.
—Ni vosotros.
Aesir fue el último en salir.
Se detuvo en la entrada.
—¿Qué espera la ciudad a cambio?
Ethera no dudó esta vez.
—Sangre.
Pausa.
—Y nombres.
Aesir asintió y salió. Fuera, la noche seguía
en silencio, pero algo había cambiado.
Ya no era solo una búsqueda, era un pacto, y
en Jerusalén, los pactos siempre tenían un precio que nadie entendía… hasta que
era tarde.
Bajo la tinta y la cera
Scriptorium
El barrio cristiano no dormía del todo. La
noche se había asentado sobre los tejados bajos y las cruces de madera, pero en
algunas ventanas aún quedaban luces temblorosas, velas que luchaban contra la
oscuridad.
El grupo avanzó por una calle estrecha, con
el empedrado húmedo y el aire cargado vino agrio. La iglesia apareció al final,
discreta, con una puerta de madera reforzada y un campanario bajo que apenas
destacaba contra el cielo.
Hermano Martín se detuvo ante la entrada.
—Aquí —dijo, sin elevar la voz—. El
scriptorium está detrás. Anselm no abre a cualquiera.
Vinzenzo no respondió. Apoyó la mano en la
puerta y golpeó dos veces, con los nudillos haciendo un ruido seco.
Pasaron unos segundos. Un cerrojo se deslizó
al otro lado. La puerta se abrió lo justo para dejar ver un ojo cansado y
desconfiado.
—¿Quién…?
El ojo se abrió más al reconocer a Martín, y
luego a los otros. Dudó al verlos.
—No es hora de visitas.
—Nunca lo es —replicó Vinzenzo—. Y aun así
estamos aquí.
El sacerdote tragó saliva. Abrió la puerta
con un gesto tenso.
—Entrad. Rápido.
Dentro, el calor se concentraba en el aire. El
ambiente estaba cargado con aroma a cera derretida. El scriptorium ocupaba una
sala rectangular, con mesas cubiertas de pergaminos, plumas descansando en
pequeños cuencos de tinta oscura y estanterías que se inclinaban hacia delante,
cargadas de textos mal encuadernados.
Un ventanal estrecho dejaba entrar una franja de luz grisácea. Desde allí se intuía parte de la ciudad, tejados irregulares y sombras que se extendían entre callejones.
Padre Anselm cerró la puerta con cuidado,
echó el cerrojo y se volvió hacia ellos.
Sus manos no paraban quietas. Tocaban la
cuerda de su hábito, luego una pluma, luego el borde de la mesa más cercana…
—No deberíais estar aquí —dijo—. No después
de lo que ha pasado.
Nailah avanzó un paso. Sus ojos recorrieron
la sala, deteniéndose en cada detalle, cada sombra.
—Yosef ha muerto esta noche —dijo—. En la
Puerta de Jaffa.
El sacerdote cerró los ojos un instante y bajó
la cabeza.
—Yosef no merecía ese final… —murmuró—.
Hablaba demasiado de espadas antiguas y demonios del desierto. Jerusalén
castiga la curiosidad.
Axel resopló, apoyado contra una columna de
piedra.
—Jerusalén no mata. Alguien lo hace.
Anselm alzó la mirada, ofendido.
—No entiendes esta ciudad.
—Explícamela —replicó Axel, sin apartarse—.
Empieza por quién le arrancó la vida a ese judío.
El silencio se tensó un instante. Benjamín,
tapado completamente con su manto, observó al sacerdote, midiendo cada gesto.
Vinzenzo intervino antes de que la
conversación se torciera.
—Nos interesan sus notas —dijo—. Todo lo que dejó.
Sin omitir nada.
Anselm dudó. Miró hacia un pasillo estrecho
que se abría al fondo de la sala.
—Dejó… cosas en su celda. No las entiendo
—admitió—. Hablan de “sangre que no debe
despertar” y de “un persa que acecha
entre las tumbas.”
Nailah ladeó la cabeza.
—¿Un persa?
El sacerdote asintió, incómodo.
—No sé más. Yosef se había vuelto… inquieto.
Apenas dormía.
—Llévanos —ordenó Vinzenzo.
Anselm no discutió. Tomó una vela de una mesa
cercana y avanzó por el pasillo. Todos los vástagos apartaron la mirada de la
vela.
Las paredes se estrechaban, cubiertas de
grietas y manchas oscuras. El olor cambiaba allí, más denso, con un rastro de
humedad antigua.
Al fondo, había una puerta entreabierta.
—Es aquí —dijo el sacerdote.
La empujó con dos dedos.
La celda de Yosef era pequeña. Una cama de
madera, un jergón hundido, una mesa estrecha con restos de tinta seca y trozos
de pergamino apilados sin orden.
Nailah entró la primera. Rozó la superficie
de la mesa con la yema de los dedos, dejó una marca en el polvo.
Benjamín se inclinó sobre los papeles. Sus
ojos se movieron rápido, saltando de una línea a otra.
—Griego… latín… y algo más —murmuró—. Todo mezclado.
No quería que nadie lo leyera con facilidad.
Axel se quedó en la puerta, vigilando el
pasillo.
—No estamos solos —dijo en voz baja.
—Nunca lo estamos —respondió Aesir, sin
mirarlo—. Sigue atento.
Un leve roce de tela llamó la atención de
Nailah.
Giró la cabeza.
Una figura se mantenía en la sombra del
pasillo, apenas visible. Era una joven de cabello oscuro recogido con prisa y
manos manchadas de tinta. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—No deberíais tocar eso —dijo con voz firme,
pero baja.
Anselm se tensó.
—Miriam… vuelve a tu mesa.
La joven no se movió.
—No —respondió—. Si han venido por Yosef,
tienen derecho a saber lo que hacía.
Vinzenzo la observó con interés.
—Acércate.
Miriam dudó un segundo, luego avanzó hasta el
umbral. No entró en la celda.
—Trabajaba con sellos —dijo—. Antiguos.
Algunos no deberían abrirse.
Nailah la miró de frente.
—¿Viste alguno?
La joven asintió.
—Vi a Yosef romper un sello con un símbolo
extraño… eran tres líneas que se cruzaban en un círculo —alzó la mano y dibujó
la forma en el aire—, como un tercer ojo.
Benjamín dejó de leer.
—¿Estás segura?
—Lo vi —respondió ella—. Y después… empezó a
murmurar nombres.
—¿Qué nombres? —preguntó Vinzenzo.
Miriam bajó la voz.
—Alexus. Decía que el bizantino sabía dónde
descansan las cosas que Alejandro se llevó… y las que dejó atrás.
El silencio cayó sobre la celda.
Nailah intercambió una mirada con Benjamín.
—Simocatta —murmuró el Nosferatu.
Aesir asintió despacio.
—Encaja.
Axel se giró hacia ellos.
—Entonces vamos a buscarlo.
—No sin saber dónde —replicó Nailah.
Benjamín levantó un pequeño papel doblado,
casi oculto bajo otros pergaminos.
—Aquí hay algo.
Lo abrió con cuidado. El papel crujió,
frágil.
La tinta estaba corrida en algunos puntos,
pero las palabras aún se sostenían. Benjamín entendía casi todas las lenguas
conocidas.
Leyó en voz baja:
—“El
persa no ha olvidado…” —hizo una pausa, ajustó la vista—. “Dicen que se mueve como remolino de polvo
sobre las murallas al caer el sol… y que su tercer ojo ve los refugios de todos
los hijos de Caín…”
Axel apretó la mandíbula.
—El mismo del que habló el moribundo.
Benjamín continuó.
—“Mandalay…
Si la espada que lo hirió vuelve a su mano… ¿qué podrá hacer con un recuerdo
tan afilado?”
—alzó la vista un instante—. “Si no llega
a mis labios el nombre del bizantino, que lo lean otros: Alexus.”
Aesir se acercó un poco más.
—Sigue.
—“Los
silos. Bajo los sacos de grano duerme más que trigo.”
El silencio que siguió fue más pesado.
Vinzenzo extendió la mano.
—El mapa.
Nailah rebuscó entre los papeles hasta
encontrarlo. Era un esquema tosco de la ciudad, líneas irregulares, marcas
rápidas.
En un lateral, una palabra en griego: “SILOS”.
Una señal cerca de la zona oriental, donde se
acumulaban graneros y almacenes.
Vinzenzo lo sostuvo a la luz de la vela.
—Ahí se esconde —dijo—. O guarda algo que no
quiere perder.
Miriam dio un paso atrás.
—No vayáis —susurró—. Yosef estaba asustado.
Decía que alguien o algo lo vigilaba… y no era capaz de verlo.
Axel soltó una risa seca.
—Demasiado tarde para eso.
Nailah plegó el mapa con cuidado.
—No —dijo, sin apartar la vista del papel—.
Aún estamos a tiempo de llegar antes que ese “persa”.
Benjamín negó despacio.
—O igual ya nos está esperando.
Vinzenzo guardó el mapa bajo su capa.
—Entonces iremos preparados.
Se volvió hacia Anselm.
—No has visto nada. No has oído nada.
El sacerdote asintió con rapidez, con el
rostro pálido.
—Nada.
Vinzenzo pasó junto a Miriam. Se detuvo un
instante a su lado.
—Has hecho bien en hablar.
Ella no respondió. Sus dedos se cerraron
sobre sí mismos, manchados de tinta.
El grupo salió del scriptorium en silencio. La
noche los recibió de nuevo, más fría. Desde algún punto de la muralla, el
viento levantó polvo y lo arrastró por las calles altas de la ciudad.
Axel alzó la vista.
—¿Lo oís?
Nadie respondió, pero todos lo sintieron.
Algo se movía en Jerusalén y no lo hacía caminando.
Nota privada en la celda de Yosef
Padre Anselm, sacerdote franco
«El persa no ha olvidado.
Dicen que se mueve como remolino de polvo sobre las murallas al caer
el sol, y que su tercer ojo ve los refugios de todos los hijos de Caín.
Mandalay.
Si la espada que lo hirió vuelve a su mano, ¿qué podrá hacer con un
recuerdo tan afilado?
Si no llega a mis labios el nombre del bizantino, que lo lean otros:
Alexus.
Los silos. Bajo los sacos de grano duerme más que trigo.»
![]() |
| Miriam, ghoul de Don Rodrigo |
Benjamín se quedó atrás cuando los demás
cruzaron el umbral. La puerta del scriptorium se cerró con un golpe suave y el
murmullo de la noche volvió a llenar la calle, pero él no se movió. Dentro, la
luz de las velas seguía temblando, dibujando sombras largas sobre los muros.
Empujó la puerta sin prisa y regresó.
Miriam seguía donde la habían dejado, junto a
la mesa de Yosef. No había vuelto a sentarse. Tenía un pergamino entre las
manos, pero no estaba leyéndolo. Alzó la vista al oírlo entrar.
—Pensé que no volveríais —dijo.
Benjamín avanzó unos pasos, sin invadir el
espacio de la celda. Sus ojos amarillos recorrieron la estancia otra vez, parecía
buscar algo que se le hubiera escapado antes.
—Ellos no —respondió—. Yo aún tenía una
conversación pendiente.
Miriam ladeó la cabeza, evaluándolo. La
desconfianza no había desaparecido, pero ya no era la misma.
—¿Sobre qué?
Benjamín dejó que una leve sonrisa cruzara su
rostro de reptil.
—Sobre escitos en tinta —dijo quitándose la
capucha y dejando ver su cara de piel negra escamada—. Y sobre a quién decides
servir cuando esos escritos empiezan a ser peligrosos.
Ella soltó un suspiro corto, casi una risa
contenida. No lo afectaba su monstruoso aspecto, parecía habituada a tratar con
criaturas de la noche.
—Entonces has elegido bien el lugar.
El Nosferatu apoyó una mano en el borde de la
mesa, sin tocar los papeles.
—Has hablado antes de sellos. No es algo que
enseñen aquí.
Miriam dudó un instante. Luego dejó el
pergamino a un lado.
—No lo enseñan —admitió—. Lo aprendí… fuera.
—¿Fuera de Jerusalén?
—Hace tiempo —respondió—. Antes de que me
trajeran aquí.
Benjamín asintió despacio.
—En España —dijo el Nosferatu, más que
preguntar.
Los ojos de Miriam se estrecharon apenas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también soy de España y he visto
ese tipo de manos manchadas —respondió él, señalando con la mirada sus dedos—.
No es solo tinta. Es costumbre, es método. Además tu acento te delata.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Miriam lo observó con más atención ahora.
—¿Quién eres? —preguntó al fin.
Benjamín inclinó ligeramente la cabeza.
—Alguien que conoció al chiquillo de tu
señor.
Ella no parpadeó, pero algo en su postura
cambió, casi imperceptible.
—No tengo señor.
—No hace falta que disimules —corrigió él con
calma—. Sé que tienes uno.
Miriam no respondió de inmediato. Sus dedos
se tensaron sobre el borde de la mesa.
—Habla claro.
Benjamín dio un paso más cerca, lo justo para
que la luz de la vela le alcanzara el rostro.
—Soy amigo de Don Pelayo, chiquillo de tu
señor.
El nombre quedó suspendido entre ambos.
Miriam bajó la mirada un segundo. Cuando la
alzó de nuevo, ya no había duda en sus ojos.
—¿Conoces a mi señor?
—No en persona —respondió Benjamín—. Pero lo
conozco lo suficiente para saber que no deja cosas a medias… ni personas.
Ella apoyó la cadera en la mesa.
—Sigue en Zaragoza —dijo—. O eso creo.
Benjamín asintió.
—Su chiquillo Don Pelayo está aquí en
Jerusalén. En Zaragoza, la catedral no ha cambiado tanto como creen los
mortales.
Una sombra de sonrisa apareció en los labios
de Miriam.
—No muchos saben eso.
—No muchos han estado allí de noche —replicó
él.
El ambiente se suavizó, casi sin que ninguno
lo notara. La tensión que había llenado la celda se disolvió en algo más
cercano a la complicidad.
—Es exigente —dijo Miriam, mirando sus
manos—. No acepta errores.
—No —concedió Benjamín—. Pero seguro que sabe
elegir bien a quien enseñar.
Ella alzó una ceja.
—¿Eso es un halago?
—Es una constatación. A eso me dedico. Soy
historiador.
Miriam soltó una risa breve, esta vez sin
contenerla.
—No esperaba encontrar a alguien así aquí.
Benjamín apoyó el hombro contra la pared, más
relajado.
—Jerusalén atrae a los que buscan respuestas…
y a los que huyen de ellas.
—¿Y tú de qué tipo eres?
Él la miró su cara de reptil un instante más
de lo necesario.
—Hoy —dijo en Nosferatu—, el que llega antes
a los lugares.
Miriam asintió, aceptando la respuesta sin
insistir.
—Entonces escucha bien —añadió, inclinándose
un poco hacia él y bajando la voz—. Yosef no solo rompió ese sello. Lo estudió
días antes. Dibujaba el símbolo una y otra vez… pero cada vez que lo hacía cambiaba
algo.
Benjamín frunció el ceño.
—¿Cambiaba?
—Como si no recordara bien la forma —explicó
ella—. O como si la forma no quisiera ser recordada.
El Nosferatu guardó silencio unos segundos.
—Eso no es un sello normal.
—Ya lo sé.
Sus miradas se encontraron de nuevo, esta vez
con un entendimiento claro.
—Ten cuidado con los silos —dijo Miriam—. Si
algo podía asustar a Yosef… no era por ignorancia.
Benjamín se incorporó, apartándose de la
pared.
—Tú también deberías tenerlo.
Ella negó despacio.
—Yo ya elegí quedarme en este camino de
sombras.
Él la observó un instante más, valorando esa
respuesta.
—Si las cosas se complican —dijo al fin—,
busca a alguien en el barrio judío y di el nombre de Don Vinzenzo Giovanni.
Miriam sostuvo su mirada.
—Gracias. Lo haré.
Benjamín se giró hacia la puerta, se puso al
capucha ocultando completamente su rostro y metió sus manos escamosas en el
hábito, pero antes de salir se detuvo.
—Y Miriam…
Ella alzó la vista.
—Tu señor tenía razón en algo —añadió—. La
tinta nunca miente… pero a veces espera el momento adecuado para decir la
verdad.
Una media sonrisa cruzó el rostro de la
joven.
—Entonces más vale saber leerla.
Benjamín asintió y salió al frío de la noche.
Dentro, la llama de la vela vaciló un instante.
Bajo el grano, bajo la piedra
Silos de grano y almacenes
El mercado había muerto con la noche.
Los puestos vacíos formaban filas torcidas,
telas recogidas, cuerdas sueltas que golpeaban la madera cuando el viento
cruzaba las calles. El olor a grano, a polvo y a fruta pasada seguía en el
aire, atrapado entre los muros.
Nailah avanzó la primera. Sus pasos no hacían
ruido sobre la tierra apisonada. Sus ojos buscaban la marca del mapa en cada
esquina, en cada construcción.
—Ahí —dijo.
Señaló un conjunto de silos de madera y
piedra, inclinados por los años. Algunos tenían grietas abiertas; otros,
tablones clavados sin orden. Todo parecía abandonado, pero el olor a trigo aún
salía de las juntas.
Axel olfateó el aire.
—No está vacío.
—Si es un refugio, nunca lo estuvo —respondió
Aesir, con la vista fija en las sombras entre los silos.
Vinzenzo no habló. Rodeó uno de los depósitos
y se detuvo ante una trampilla medio oculta bajo sacos viejos.
Se agachó, apartó uno con la punta del
zapato. La madera apareció debajo, marcada por uñas o herramientas.
—Aquí.
La abrió.
Un aliento frío subió desde la oscuridad.
—Bajad —ordenó.
Axel descendió el primero. Luego Nailah,
Benjamín detrás y Aesir. Vinzenzo cerró al final, dejando la trampilla
entornada.
La escalera crujió bajo su peso. El aire
cambiaba con cada peldaño, más seco, con un rastro de tinta y piel curtida.
Abajo, una luz era tenue.
Era una sala de techo bajo, excavada en
piedra. Tenía mesas cubiertas de pergaminos, mapas extendidos sujetos con pesos
de hierro, dibujos de estructuras y túneles. Las paredes estaban llenas de
marcas, anotaciones en griego, latín, símbolos que se cruzaban unos sobre
otros.
Dos palomas observaban desde una viga. No se
movieron al verlos, pero sus ojos siguieron cada paso.
—Llegáis tarde —dijo una voz.
Salió de la penumbra, apoyado en una mesa.
Era alto, delgado, con la piel demasiado
pálida incluso para la noche. Sus manos estaban manchadas de tinta, pero los
dedos tenían una forma extraña, rígida en algunos puntos.
Alexus Simocatta inclinó la cabeza, con una
cortesía fría.
—Vuestro difunto amigo sabía elegir mal sus
obsesiones… pero bien a quién molestar —dijo—. Habéis traído problemas a mis
puertas, y eso supone una deuda.
Axel avanzó un paso.
—No venimos a pagar.
Vinzenzo alzó una mano, deteniéndolo.
—Venimos a saldar algo que ya ha empezado
—respondió—. Yosef murió por lo que sabía y tú sabes el resto.
Alexus sonrió. Sus ojos recorrieron al grupo,
uno por uno.
—Y también sé quién sois —dijo—. O a quién
servís… o creéis servir.
Se acercó a la mesa, apoyó la mano sobre un mapa de Jerusalén lleno de líneas y marcas.

Alexus Simoncatta, Tzimisce bizantino
Benjamín habló primero.
—Ethera ha movido ficha —dijo—. Hemos sellado
un acuerdo con ella. Y Vinzenzo Giovanni, señor del barrio judío, aquí
presente, responde ante nosotros.
Los dedos de Alexus golpearon la mesa, una
vez.
—Interesante…
Nailah añadió:
—Y no es la única. Sabiendo cómo somos y
nuestros intereses, seguro que Tremere buscan lo mismo que nosotros.
La sonrisa de Alexus se ensanchó un poco.
—Claro… reliquias…
Se inclinó sobre el mapa, trazó una línea con
el dedo.
—Bien. A cambio, os diré lo que sé de vuestra
espada.
El silencio se cerró en torno a é, nadie
había mencionado la razón de su visita.
—Alejandro no luchó solo contra hombres
—dijo—. Hubo cosas en sus campañas que no fueron escritas en las crónicas
oficiales, ni las de Calístenes, ni las de Ptolomeo. Una de ellas tenía un
tercer ojo y sed de tumbas.
Aesir frunció el ceño.
—Mandalay.
Alexus asintió.
—Mandalay, el persa. Fue derrotado por esa
hoja. No fue una muerte limpia, al parecer no lo mató. —golpeó el mapa con el
nudillo—. Algunos textos dicen que la espada aprendió de esa sangre. Que
cambió.
Nailah no apartó la mirada.
—¿Aprendió a qué?
—A herir cosas que no deberían sangrar. Cosas
que no morían con armas convencionales.
El silencio volvió, pero esta vez más pesado.
Benjamín apretó el pergamino que llevaba.
—Entonces la quiere de vuelta.
—No —corrigió Alexus—. No la quiere, la
necesita.
Se apartó de la mesa y caminó despacio por la
sala.
—Se dice que busca reescribir su humillación.
Y quizá algo peor. Algo que no quedó pudo terminar aquella vez.
Vinzenzo dio un paso al frente.
—¿Dónde está?
Alexus lo miró, midiendo la pregunta.
—Si lo supiera con certeza, no estaríais
aquí.
Señaló uno de los mapas.
—Pero tengo pistas. Barracones antiguos,
cisternas bajo la ciudad, estructuras romanas y bizantinas que nadie ha abierto
en generaciones. Lugares donde se guardaron botines de guerra.
Aesir siguió la línea que marcaba.
—¿Y la espada?
—Se movió muchas veces —respondió—.
Demasiadas manos, demasiados miedos. Las últimas referencias apuntan a un
complejo subterráneo. Uno viejo y olvidado a propósito.
Axel apoyó la mano en la empuñadura de su
arma.
—Siempre bajo tierra, parecemos topos.
—Es donde se esconden las cosas que no deben
encontrarse —dijo Alexus.
Una de las palomas agitó las alas. El sonido
fue seco, breve.
Alexus alzó la mirada hacia ella, luego
volvió al grupo.
—Habéis traído algo más que preguntas —dijo—.
Algo os sigue.
Vinzenzo no respondió, pero su mirada se
endureció.
—Lo sabemos.
Alexus asintió despacio.
—Entonces salid con cuidado. Este lugar ya no
es seguro.
—Nunca lo fue —murmuró Aesir.
Subieron sin despedidas.
El aire nocturno los golpeó al salir, más
frío que antes. El silencio en los silos pesaba, cargado de pequeños ruidos. Demasiados.
Ratas.
Se movían entre los sacos, en grupos, en
sombras rápidas que cruzaban de un lado a otro. No huían. Miraban.
Nailah se detuvo.
—Esto no es normal.
Benjamín giró sobre sí mismo, lentamente.
—Nos han seguido.
Un saco cayó al suelo, rasgado desde dentro.
El grano se derramó en un susurro seco.
Algo se movió bajo la superficie amarilla.
—Sal —dijo Aesir.
Nadie respondió, pero el sonido llegó desde
más allá, desde las calles.
Un golpe, luego otro. Pasos pesados, lejanos…
que se acercaban.
Vinzenzo habló en voz baja:
—Nos vamos. ¡Ya!
Nadie discutió. Abandonaron los silos por el
lado opuesto, internándose en callejones estrechos donde la luz apenas tocaba
el suelo.
El viento arrastraba arena desde el este. Se
colaba entre los muros, levantaba pequeños remolinos que chocaban contra las
paredes.
Axel alzó la cabeza.
—Otra vez.
El sonido volvió. Más cerca. Era un aullido. No
era de perro, ni de hombre. Se deslizó entre los callejones y murió contra las
piedras.
Nailah apretó el paso.
—Nos está pisando los talones.
—No —corrigió Benjamín—. Nos guía hacia algún
lugar.
![]() |
| Abu Fadil, guardián del cementerio |
El callejón se abrió a un pequeño cementerio.
Piedras bajas, tumbas apiñadas unas contra
otras. Algunas inclinadas, otras rotas. La luna caía sobre ellas con una luz
fría.
Había un hombre junto a la entrada,
encorvado, con una lámpara temblorosa en la mano.
Al verlos, dio un paso atrás.
—No… no entréis —dijo Aesir—. Esta noche no.
Vinzenzo avanzó.
—¿Qué ha pasado?
El hombre tragó saliva.
—No fue un hombre… ni una bestia —susurró—.
Era ambas cosas… y ninguna...
Axel miró el suelo.
Un cuerpo yacía entre las tumbas.
Pero eso no era lo que más llamaba la
atención.
En la piel, sobre el pecho, tenía un símbolo.
Era un círculo con líneas que se cruzaban en su interior.
Benjamín habló sin alzar la voz:
—El tercer ojo.
El guardián señaló con la mano temblorosa.
—Lo dejó así… y luego… escribió eso.
Nailah levantó la vista.
En la pared de piedra, la sangre formaba palabras
torcidas:
Los antiguos deben dormir.
Vosotros despertáis cosas que solo entienden los que no respiran.
Daos la vuelta o seréis alimento
El silencio se cerró sobre ellos.
Axel escupió al suelo.
—Que venga. Lo estamos esperando.
Vinzenzo no apartó la vista del mensaje.
—Ya ha venido, mira lo que ha hecho.
Benjamín registró el cuerpo. Sus dedos
buscaron entre los restos de tela hasta encontrar un trozo de pergamino,
manchado de sangre.
—Aquí —dijo.
Lo desplegó.
Las letras, en hebreo y arameo, aún se leían.
—Habla de un hombre… Abraham —murmuró—.
Custodio de algo llamado la Tora Negra.
Aesir lo miró.
—En el barrio judío, mira que casualidad.
Benjamín asintió.
—Lugar propicio para reliquias y cosas que no
deberían ver la luz.
El aullido volvió.
Más cerca, pero esta vez no se perdió en la
distancia. Se quedó ahí, entre las tumbas.
Axel sonrió, tenso.
—Nos ha encontrado.
Vinzenzo dio un paso atrás, sin dejar de
mirar la oscuridad entre las lápidas.
—No —dijo—. Nos está dando tiempo.
Nailah frunció el ceño.
—¿Para qué?
Vinzenzo guardó el pergamino.
—Para decidir si huimos… o seguimos adelante.
El viento levantó arena entre las tumbas y el
grupo se dirigió al barrio judío
Donde descansan los nombres
Abraham, Matusalén Capadocio
Vinzenzo no se detuvo cuando el murmullo de
la ciudad empezó a apagarse.
Dejó atrás a los suyos sin mirar atrás. Solo
una frase, seca, dirigida a Aesir antes de perderse entre la oscuridad de las calles
más estrechas.
—Mantenlos con vida.
Aesir sostuvo su mirada un instante, luego
asintió.
Y Vinzenzo Giovanni se marchó.
La piedra cambió bajo sus pies. Era más vieja,
más hundida. Las casas dieron paso a muros bajos, a entradas olvidadas, y a
lugares donde la ciudad dejaba de fingir que estaba viva.
El aire se volvió más frío, más quieto. Un
arco medio derruido marcaba la entrada sin guardias, no hacían falta.
Vinzenzo cruzó.
El osario se abría bajo tierra, en una red de
cámaras excavadas en roca antigua. Todo estaba lleno de huesos apilados en
paredes y cráneos ordenados en nichos que parecían observar a todo el qué
pasaba. El polvo no se movía. No había insectos ni sonido. Solo un leve roce de
tela… y olor a tinta.
Avanzó sin dudar. Al fondo, solo había una
luz débil.
Era una cámara más amplia con mesas de piedra
cubiertas de tablillas, pergaminos, restos de escritura en múltiples lenguas.
En el centro, una figura inclinada sobre un texto.
Parecía una estatua olvidada. Tenía la piel
pegada al hueso. Sus dedos eran largos y finos, que pasaban las páginas con un
cuidado que rozaba lo obsesivo.
No alzó la vista.
—Llegas tarde —dijo.
Vinzenzo no respondió al tono.
—No sabía que me esperabas —replicó.
El anciano pasó otra página. El sonido del
pergamino llenó la sala.
—Sabes que nunca espero a nadie.
Entonces alzó la cabeza. Sus ojos eran lo
único vivo en él. Oscuros y antiguos, habían contemplado el pasar de los
siglos... milenios tal vez.
—Pero tú vienes igual.
Vinzenzo dio un paso más.
—No quiero molestar anciano, pero necesito
respuestas.
Abraham lo observó sin moverse.
—Entonces has venido al lugar equivocado.
El silencio se asentó entre ambos, pero Vinzenzo no retrocedió.
—Algo ha despertado en Jerusalén.
—Siempre hay algo que despierta —respondió el
anciano.
—Esto es diferente, créeme.
Abraham cerró el pergamino con cuidado.
—Habla chiquillo.
Vinzenzo sostuvo su mirada del anciano más
viejo de su clan, al menos de toda esta zona.
—Mandalay —susurró el Giovanni.
El nombre no le provocó una reacción
inmediata, tan solo un leve parpadeo.
—Los muertos siempre regresan en las
historias —dijo Abraham—. Es lo que las mantiene vivas.
—Esto no es una historia.
El anciano ladeó la cabeza.
—¿Y qué es?
Vinzenzo avanzó otro paso.
—Un rastro. Lupinos que obedecen. Susurros en
la sangre. Un símbolo de tres ojos que no debería existir.
Abraham apoyó las manos sobre la mesa.
—Muchos símbolos no deberían existir.
—Este existe —insistió Vinzenzo.
El anciano lo estudió en silencio.
—Dices su nombre con facilidad —murmuró—. Eso
ya es un error.
Vinzenzo apretó la mandíbula.
—No estoy aquí para rituales de prudencia. Si
es él…
—No lo es —cortó Abraham.
El silencio cayó con peso y Vinzenzo no
apartó la mirada.
—¿Y si lo es?
El anciano no respondió al instante. Sus
dedos rozaron el borde del pergamino cerrado.
—No lo es —repitió Abraham—. Mandalay
pertenece a otro tiempo. A otra guerra. A errores que ya no importan.
Vinzenzo dio un paso más y la distancia entre
ambos se redujo.
—Está dejando cadáveres.
—Nada nuevo.
—Está marcando cuerpos.
Abraham no se movió.
—Otros también lo hacen.
Vinzenzo inclinó la cabeza.
—Y nos habla.
Ese detalle sí cambió algo. Muy poco, pero
algo cambió. El milenario anciano guardó silencio unos segundos.
—¿Qué dice?
—Que dejemos en paz lo que duerme.
Abraham bajó la mirada. Sus dedos golpearon
una vez la mesa.
—Entonces no es un animal —murmuró—. Ni un loco.
Vinzenzo no añadió nada.
—Pero tampoco es Mandalay —concluyó el
anciano.
—¿Por qué?
Abraham alzó la vista.
—Porque si lo fuera… no estarías aquí.
El silencio volvió, pero esta vez más denso.
Vinzenzo sostuvo su mirada del viejo y no la apartó.
—Tengo miedo.
Las palabras quedaron en la cámara, desnudas.
Abraham no se burló.
—Eso es bueno —dijo muy serio.
Vinzenzo frunció el ceño.
—¿Bueno?
—El miedo afila —respondió el anciano—. Los
que no lo sienten, mueren sin entender por qué.
Se inclinó un poco hacia él.
—Si esto que persigues es real, el miedo será
lo único que te mantenga vivo el tiempo suficiente para equivocarte menos.
Vinzenzo respiró hondo, aunque no lo
necesitaba.
—Entonces dime qué es.
Abraham negó despacio.
—No lo sé.
El silencio se tensó.
—Pero sí sé esto —continuó—: estás tocando
algo que no te pertenece, y no eres el único.
Vinzenzo recordó el símbolo, los aullidos y
la voz.
—Lo sé.
El anciano se apartó de la mesa y caminó
hacia una pared cubierta de huesos. Pasó los dedos por un cráneo, cómo leyendo
algo en su superficie.
—No me interesan tus guerras —dijo—. Ni tus
alianzas. Ni los nombres que cambian cada siglo.
Se volvió hacia él.
—Pero esto… —hizo una pausa breve— esto sí.
Vinzenzo lo observó, atento.
—¿Entonces?
Abraham sostuvo su mirada.
—Vuelve cuando tengas algo más que miedo.
—Lo tendré.
—Lo sé.
El anciano inclinó un poco la cabeza.
—Y cuando lo tengas… me lo traerás.
Vinzenzo no dudó.
—Lo haré.
Abraham asintió una vez.
—Bien.
El silencio volvió a ocupar la cámara.
Vinzenzo se giró para marcharse.
—Giovanni.
Se detuvo.
—No persigas la espada —dijo Abraham—.
Persigue a quien la busca.
Vinzenzo no respondió de inmediato.
—Es lo mismo.
—No —corrigió el anciano—. La espada no
decide. Quien la busca, sí.
Vinzenzo asintió despacio.
—Entonces empezaré por ahí.
Salió sin añadir nada más.
El aire de fuera golpeó su rostro al cruzar
el arco, estaba más frío y la ciudad seguía en pie.
Pero algo en su interior se había movido. En
lo profundo del osario, Abraham volvió a su mesa. Abrió otro pergamino, más
antiguo, con símbolos apenas visibles. Sus dedos se detuvieron sobre uno de
ellos.
Un círculo con tres líneas. No lo tocó.
—No puede ser —murmuró.
Pero no cerró el libro y por primera vez en
mucho tiempo, no volvió a leer.
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| Casa en el barrio judío |
El barrio judío guardaba la noche de otra
forma. No había voces en las calles, ni pasos perdidos entre tabernas. Las
puertas estaban cerradas con firmeza, las ventanas cubiertas, y las calles olían
a aceite.
Nailah caminó pegada a la pared, con el mapa
aún doblado bajo su capa. Sus ojos contaban puertas, esquinas, marcas apenas
visibles.
—Aquí —dijo al fin.
La casa no destacaba. Era de piedra gastada
con una puerta de madera reforzada, sin símbolos visibles. Solo una pequeña
lámpara de aceite colgada a un lado, cuya luz apenas tocaba el suelo.
Todos los vástagos temieron el umbral de la
casa. Y fue Axel quien tomó la iniciativa y golpeó una vez.
Esperó pero nada. Golpeó otra vez, esta vez
más fuerte y se escuchó un sonido al otro lado. Era un ruido de metal contra
metal. Un cerrojo.
La puerta se entreabrió lo justo para dejar
ver un rostro viejo, surcado de líneas profundas y ojos oscuros severos.
—No atiendo visitas a estas horas —dijo el
anciano.
Benjamín dio un paso al frente temiendo al
hombre.
—Buscamos a Abraham.
—Ya lo habéis encontrado.
El silencio se alargó un instante y Axel, con
el miedo en el cuerpo, habló, sin rodeos.
—Venimos por una espada.
Los ojos del anciano cambiaron. No mucho,
pero lo suficiente y abrió la puerta un poco más.
—Entrad y cerrad.
Dentro, el aire era más denso. El olor a
hierbas secas lo impregnaba todo. Las estanterías cubrían las paredes, cargadas
de rollos y libros apilados sin orden aparente. Varias lámparas de aceite
dibujaban sombras largas entre los pasillos estrechos.
Una joven estaba sentada en una mesa baja,
con un pergamino extendido. Levantó la vista al verlos entrar, pero no dijo
nada.
Sus ojos se detuvieron en cada uno, uno a uno.
Ella bajó la cabeza y retomó la pluma.
El anciano avanzó despacio por la sala.
—Hablad.
Aesir no rodeó el asunto.
—Mandalay.
El nombre cayó en la habitación con peso.
Abraham se detuvo. Apoyó la mano en una
estantería, sin girarse aún.
—Algunos pergaminos babilónicos hablan de un
monstruo con tercer ojo que aprendió a amar las tumbas —dijo—. Lo llaman
Mandalay.
Se volvió hacia ellos.
—Estudiante maldito de un tal Saulot… o tal
vez de un miembro del clan Tzimisce sin nombre.
Aesir miró pensativo al hombre.
—Siempre hay versiones.
—Siempre hay miedo —corrigió Abraham.
Axel dio un paso al frente.
—Y que sabes de una espada.
El anciano asintió despacio.
—Alejandro conquistó Jerusalén sin pisarla
—dijo—. La ciudad se rindió antes de que su ejército la tocara. Hubo pactos e
intercambios.
Se acercó a una mesa, tomó un rollo y lo
abrió con cuidado.
—Se dice que uno de sus hombres de confianza,
su embajador, Calístenes, vino a rendir respeto a los sabios de esta ciudad y
que no se fue con las manos vacías.
Benjamín se inclinó muy atento.
—¿La espada?
Abraham alzó la mirada.
—Una hoja que no era solo metal. Era un
recipiente. —golpeó el pergamino con un dedo—. Capaz de retener sangre… la
sangre adecuada.
Nailah apretó los dedos contra la tela de su
capa.
—La sangre que hiere a los hijos de Caín.
El anciano sostuvo su mirada un instante más
largo.
Aesir se movió inquieto.
—Entonces es real.
—Todo lo que estáis buscando es real —dijo
Abraham—. Y casi todo lo que es real en esta ciudad sería mejor que se quedase enterrado.
Se alejó de la mesa y caminó hacia el fondo
de la casa.
Había una puerta reforzada, cubierta de
cerraduras, que descansaba en la pared. No la tocó, no la miró, pero su presencia
pesaba en la habitación ¿Qué habría allí dentro?
—Habláis de espadas —continuó— cuando aquí
laten reliquias que harían arder imperios. El Santo Grial. La Lanza de
Longinus. Pergaminos que podrían reescribir la creación por completo...
Se volvió hacia ellos.
—La curiosidad es una forma elegante de
suicidio.
Axel sonrió ampliamente.
—Nos gusta el riesgo.
—No —dijo Abraham—. Os gusta creer que lo
controláis.
El silencio cayó.
Nailah dio un paso más, firme.
—Algo nos está cazando —dijo—. Normalmente
soy yo la que caza, no me encuentro muy cómoda al ser acechada, y parece que
quiere esa dichosa espada. Por lo que sé, si la encuentra antes que nosotros,
esta ciudad arderá en algo peor que fuego del infierno. No necesita mucho para
que estalle el caos.
Abraham la observó a la mujer en silencio.
Luego asintió.
—Eso es verdad.
Sara levantó la vista un instante, pero permaneció
en silencio.
El anciano volvió a la mesa. Buscó entre
varios pergaminos hasta encontrar uno más pequeño, con marcas de haber sido muy
usado.
Lo extendió y apareció un dibujo tosco de
galerías subterráneas, arcos de piedra y cámaras amplias.
—Guarniciones macedonias —dijo—. El ejército
de Alejandro no pisó la ciudad, pero parece ser que alguien de su confianza,
almacenó aquí botines de campaña. Oro, armas… y otras cosas que no debían verse
a la luz.
Benjamín siguió las líneas con el dedo.
—Cisternas.
—El vientre de la ciudad —confirmó Abraham—.
Algunas entradas quedaron selladas, otras, olvidadas.
Nailah alzó la vista.
—¿Y la espada?
El anciano dudó un instante.
—Las últimas menciones apuntan hacia allí.
Axel resopló.
—Siempre hacia abajo.
—Es donde se guardan los errores —respondió
Abraham.
Se inclinó sobre el pergamino y señaló un
punto concreto.
—Entrad por aquí. No es la entrada más
evidente, pero sigue abierta… si nadie la ha encontrado antes.
![]() |
| Mapa de las cisternas y barracones |
—No somos los únicos que van tras ella
¿verdad?
Abraham negó despacio.
—Nunca lo sois.
Se giró hacia una estantería y sacó un
pequeño libro. Lo abrió por una página marcada, arrancó un fragmento con
cuidado.
Se lo tendió a Benjamín.
—Léelo luego.
El Nosferatu lo guardó sin mirarlo y el
anciano los observó una última vez.
—La arena se levanta cuando el persa
despierta —dijo—. Y esta noche ya ha empezado a levantarse.
Aesir se disculpó con los neonatos y se
marchó raudo cómo si tuviera algo urgente que hacer.
Nailah, Axel y Benjamín continuaron los tres
solos.
Nota
de Abraham 
Abraham, rabino,
Ghoul de Abraham
«Entre los comentarios babilónicos al
Libro de los Reyes se encuentra una referencia oscura:
“Un enemigo vino del este, con un ojo de
más y un corazón de menos.
Su sangre dejó huellas en la arena, y una espada de extranjero las recogió.”
Algunos identifican a ese enemigo con un
antiguo maldito de nombre Mandalay, discípulo, según unos, de Saulot, según
otros, de una bestia de la carne llamada Tzimisce.
La tradición sostiene que quien blande la
hoja que bebió su sangre puede herir con ella a otros de su estirpe incluso más
allá de la muerte.
Pero toda llave abre puertas en ambas
direcciones.»
El manto de ratas
Calle principal del zoco nocturno
El zoco no estaba vacío, pero la noche lo
había vuelto torpe. Algunos mercaderes recogían telas a medio cerrar, otros
contaban monedas bajo la luz de lámparas bajas. Olía fuertemente a especias.
Una brisa arrastraba polvo desde el este y lo dejaba en los rincones, en los
bordes de los puestos, en los labios.
El grupo avanzó sin hablar, dieron unos pasos
y entonces llegó.
Primero fue un sonido leve, como lluvia sobre
cuero. Luego otro y otro. Hasta que el suelo empezó a moverse.
Un chillido se alzó desde algún punto del
mercado, agudo, roto.
—¡Ratas!
El grito se extendió y con él el caos.
Salieron de las grietas, de debajo de los
puestos, de las alcantarillas abiertas. Una oleada de cuerpos pequeños,
oscuros, que corrían sin orden visible… salvo que sí lo había.
Todas iban hacia ellos.
Axel enseñó los dientes.
—Se acabó la charla.
Las ratas golpearon las patas de las mesas,
treparon por las telas, saltaron sobre los sacos. Sus cuerpos formaban una masa
viva que avanzaba con un propósito claro.
Un mercader cayó al suelo, arrastrado por la
marea.
—¡Ayudadme! —gritó—. ¡Esto no es normal!
Una peregrina retrocedía contra un muro, con
la túnica ya cubierta de manchas oscuras de sangre, mientras intentaba
apartarlas con los pies.
Un niño lloraba cerca de un puesto volcado,
rodeado de ratas.
Benjamín se detuvo sus ojos se clavaron en el
niño.
Axel le miró.
—No tenemos tiempo.
El no respondió.
![]() |
| Horda de ratas |
Mientras el cuerpo de Nailah comenzó a
cambiar. La espalda se le arqueó de forma imposible, los huesos le crujieron
bajo la piel, y sus piernas se plegaron hasta adoptar la forma de un animal. El
rostro se alargó, los dientes asomaron. Cuando volvió a moverse, ya no era del
todo humana.
Saltó.
Las patas de chacal golpearon el suelo y la
impulsaron hacia delante. Las ratas treparon por su cuerpo, mordieron carne y
tela, pero no pudieron frenarla. Atravesó la marea, alcanzó al niño y lo agarró
con fuerza.
—¡Corre! —ordenó con voz rota, empujándolo
hacia una puerta abierta.
El niño desapareció.
Nailah giró y corrió de vuelta, más rápida
que la marea que intentaba cerrarse sobre ella.
Axel agarró su hacha, sin tener claro dónde
golpear.
Benjamín se quedó inmóvil, había pensado
hacer algo, cerró los ojos y algo oscuro cruzó su rostro.
—Atrás —murmuró—. Atrás…
Abrió los ojos, pero su Bestia interior no
respondió y las ratas siguieron avanzando.
Le alcanzaron primero las pierna, luego las
manos. Subieron por su espalda, por su cuello y le mordieron salvajemente.
Benjamín apretó los dientes, clavó los dedos
en el suelo, intentó imponerse… pero no hubo respuesta. Solo dolor.
—¡Maldita sea! —escupió Axel.
Corrió hacia él, apartando ratas a patadas.
Varias se le engancharon a las botas, otras le mordieron el antebrazo. Las
arrancó con rabia y tiró de Benjamín.
—¡Arriba!
Benjamín se tambaleó. Tenía sangre en el
cuello, en las manos y en la cara.
—No… no puedo…dejar a todas estas personas
morir…
Una rata le mordió el pómulo y otra se colgó
de su clavícula.
Axel gruñó, lo agarró del cuello de la ropa y
tiró con más fuerza.
—Sí puedes. O te dejo aquí y será lo último
que hagas.
Nailah apareció a su lado en dos zancadas. Su
forma aún no era del todo humana.
Agarró a Benjamín por el otro brazo.
—Muévete.
Entre ambos lo arrastraron fuera del centro
de la marea.
Benjamín tropezó, cayó de rodillas. Varias
ratas se le echaron encima.
Axel las aplastó con el pie.
—Levántate.
El chillido cambió y se volvió más agudo, más
concentrado y entonces llegó la voz.
No vino del aire, vino de dentro.
Benjamín se quedó inmóvil, con sangre en los
labios.
—¿Lo sentís…?
Nailah asintió, rígida.
El susurro habló:
—Alejad vuestras manos de lo que me
pertenece…
Axel giró sobre sí mismo, furioso.
—Sal de tu agujero.
—Dejad que los muertos antiguos reposen… y
Jerusalén os olvidará.
El silencio cayó un instante y Nailah apretó
la mandíbula.
—Mandalay.
Benjamín tembló, aún cubierto de mordiscos.
—Nos está midiendo…
Axel enseñó los dientes.
—Pues que mida esto.
Golpeó el suelo con el pie, justo sobre una
tapa de piedra en el suelo.
—¡Sal!
El susurro se desvaneció, pero la horda no. Al
contrario. Las ratas se agitaron más, chocaron entre sí, contra los muros,
contra los cuerpos. Varias empezaron a caer, aplastadas unas por otras.
—Algo está pasando —dijo Benjamín, con la voz
rota.
—Los animales están enloqueciendo —respondió
Nailah.
Se agachó junto a la tapa y empezó a tirar de
ella.
—Ayudadme.
Axel la empujó con ella. Benjamín,
tembloroso, apoyó el peso que pudo.
La piedra cedió un poco.
Un aliento húmedo subió desde abajo. Oscuridad
y movimiento.
Las ratas comenzaron a caer, arrastradas
hacia el interior oscuro. Un remolino de cuerpos que desaparecía en la grieta.
Axel observó, atento.
—Se retiran.
Benjamín escupió sangre.
—No. Las llaman.
Entre los cuerpos, algo quedó atrapado en el
borde. Era un trozo de tela.
Lo sacó con cuidado, con los dedos aún
ensangrentados de mordiscos.
Era viejo, oscuro y con un bordado casi
borrado.
Nailah se acercó.
—Eso…
Benjamín asintió.
—No es de aquí. Es Macedonio… o bizantino.
El silencio se cerró un instante.
Nailah miró la abertura.
—Nos lleva abajo.
El ruido empezó a disminuir.
Las ratas desaparecían en la oscuridad, en
grietas, en huecos invisibles.
El zoco quedó destrozado tras su paso.
Puestos volcados, grano esparcido, cuerpos medio
comidos, que ya no se movían.
Un rastro de cadáveres marcaba el camino por
donde habían huido.
Axel alzó la vista.
El cielo empezaba a aclarar.
—Esto se acaba.
Benjamín apenas se mantenía en pie. Tenía la
piel abierta en varios puntos, y la ropa pegada al cuerpo por la sangre.
—Solo falta que nos salude el sol… —murmuró.
Nailah recuperó su forma humana y miró la
abertura, luego el horizonte.
—Puede que bajemos ahí y no volvamos jamás.
Axel se cruzó de brazos.
—Si no bajamos, el sol nos calcina.
Nailah cerró los ojos un instante, luego los
abrió.
—Nos retiramos, el sol es especialmente
enemigo mío —respondió ella—. Creedme, incluso más que vuestro.
Benjamín asintió, con un hilo de voz.
—Espero que esas malditas ratas no tengan
hambre durante el día.
Nailah apretó el fragmento entre los dedos.
—Parece que no tenemos muchas más opciones.
—Y el Giovanni y el Tremere nos han dejado
tirados —dijo Nailah— que oportuno, los señores del barrio judío, huyendo del
barco cómo ratas en un incendio.
—¡Para adentro! —exclamó el vikingo entrando
en el agujero de un salto, y los demás lo siguieron hasta estar bajo las calles
del zoco.
El viento arrastró polvo entre los restos del
mercado y bajo la ciudad, en las oscuras galerías.
Y entonces llegó el día.




















