Preludio de Don Pelayo de Aragón
Las cuentas del Lasombra

Don Pelayo de Aragón, Lasombra
Año del Señor 1187. Las murallas de Jerusalén se alzaban negras contra el cielo del desierto mientras el viento arrastraba arena por las colinas, como si quisiera borrar las huellas de todos los peregrinos que habían llegado antes.
Don Pelayo observaba
la ciudad desde lo alto del camino. No caminaba solo, la oscuridad lo
escoltaba.
La tela negra de su
capa apenas se movía con el viento, pero las sombras a su alrededor parecían
inclinarse hacia él, reconocían a su señor. De su cuello colgaba una cruz de
Cristo que descansaba fría sobre su pecho muerto, y aunque su rostro anguloso
resultaba desagradable para muchos, sus ojos revelaban algo que pocos podían
comprender: una mente afilada, paciente y calculadora.
Había cruzado medio
mundo para llegar allí, y, sin embargo, había sido humano una vez.
Mucho antes de
aquella noche, cuando aún respiraba, Don Pelayo había nacido en el Reino de
Aragón. La fiebre se llevó a su familia cuando él apenas había aprendido a
leer, y los monjes de un monasterio de piedra lo recogieron entre sus muros,
donde los inviernos eran largos, silenciosos y llenos de oración.
Allí descubrieron su
don: los números parecían obedecerle.
Mientras otros
novicios copiaban salmos o iluminaban pergaminos, Pelayo ordenaba cuentas,
diezmos y registros con una facilidad inquietante. Donde otros veían columnas
de cifras, él veía equilibrio, patrones y caminos hacia la riqueza.
Los monjes lo
educaron con paciencia y los templarios lo reclamaron con interés.
En la Orden del
Temple encontró su lugar, aunque no empuñara espada ni lanza. Su arma era el
cálculo, y su campo de batalla los cofres, los préstamos y las deudas.
Organizaba diezmos, administraba rentas, aconsejaba a nobles y mercaderes, y
poco a poco aprendió a multiplicar fortunas y a dirigir esas riquezas hacia la
Iglesia y la Orden.
Los poderosos
empezaron a escucharlo. Los templarios lo respetaban y los prelados lo
consultaban.
Pelayo cuidaba los
bienes de Dios con una precisión casi sagrada, pero también innovaba en la
forma de hacer crecer esas riquezas, tejiendo favores entre nobles y mercaderes
que acababan financiando nuevas cruzadas, templos y ejércitos.
Por eso, cuando llegó
una misión delicada, su nombre fue el primero en pronunciarse.
Debía viajar a
Jerusalén para entregar las cuentas del banco templario, pergaminos sellados
que contenían nombres, deudas, promesas y tesoros que la Orden no podía
permitirse perder.
El camino era largo y
peligroso, por eso buscó ayuda.
El primer nombre que
pronunció fue el de Benjamín de Tudela, un viajero judío famoso por recorrer
los caminos del mundo y registrar las ciudades que visitaba. Pelayo había oído
hablar de él en puertos y monasterios, y cuando por fin se encontraron en una posada
llena de polvo y peregrinos, apenas hicieron falta muchas palabras.
Pelayo ofreció
financiar el viaje. Benjamín aceptó con una leve inclinación de cabeza y así
comenzó su travesía.
Durante semanas
cruzaron caminos de mercaderes y puertos llenos de idiomas extraños, hasta que
en Sicilia encontraron al tercer miembro de la comitiva.
Se llamaba Axel, lo
llamaban el Aullador.
Era un mercenario
vikingo alto como un roble, con barba áspera y ojos grises como el mar del
norte. Su acha parecía tener voluntad propia y su risa llenaba las tabernas
como el estruendo de una tormenta.
Los salvó de bandidos,
piratas y asesinos; más de una vez. Pelayo no olvidó ninguno de aquellos
momentos, ni las noches en las que el vikingo se plantó entre él y la muerte
sin pedir más pago que unas monedas y un vaso de vino.
Por eso ahora,
incluso después de la muerte, Pelayo lo sabe.
Tiene una deuda con
Axel el Aullador.
Y las deudas, para un
contable, deben pagarse.
Cuando finalmente
llegaron a Jerusalén, Pelayo cumplió su misión con la misma precisión que
siempre había guiado su vida. Entregó las cuentas, explicó los números y
organizó los registros del Temple como si nunca hubiera abandonado Aragón.
Los templarios lo
recibieron con respeto, pero no fueron los únicos que lo observaron. Desde las
sombras, alguien más lo estudiaba.
Un antiguo del clan
Lasombra llamado Don Rodrigo de Villalcázar, señor de sombras y poder en
tierras españolas, cuya influencia se extendía por la península como una red
invisible de favores y secretos.
En vida había sido
sacerdote. En la muerte era algo mucho más peligroso.
Alto, delgado como
una estaca, con ojos tan negros que no reflejaban la luz, Rodrigo hablaba
siempre en voz baja, cada frase parecía ser una confesión dicha en la penumbra.
Vio a Pelayo entre
los templarios. Vio su disciplina. Vio su fe. Y vio algo aún más valioso: una
mente capaz de gobernar imperios sin levantar una espada.
Durante noches
enteras lo observó desde las sombras de la ciudad, hasta que finalmente tomó
una decisión.
Pelayo debía
pertenecer al clan.
El Abrazo llegó como
una plegaria invertida.
La sangre ardió en
sus venas.
La fe tembló en su
pecho.
Y cuando abrió los
ojos de nuevo, comprendió que algo en el mundo había cambiado para siempre.
Las sombras lo
escuchaban.
Lo rodeaban.
Le obedecían.
Durante meses Don
Rodrigo le enseñó los secretos del clan Lasombra, el dominio de la oscuridad y
la política eterna de los condenados que gobernaban el mundo desde la penumbra.
Pelayo aprendió rápido, con una rapidez que incluso su Sire encontró inquietante,
pues cada lección parecía asentarse en su mente como si hubiera estado
esperándola toda su vida.
Pero también
descubrió algo que no esperaba.
Fe.
Pelayo seguía
creyendo.
Incluso muerto.
Siguió el Camino del
Cielo, una senda peligrosa para un vampiro. Juró no dañar cristianos, ni
alimentarse de ellos, ni permitir que su maldición manchara la fe que había
servido en vida.
Una noche, mientras
conversaban bajo los arcos de un monasterio abandonado, Rodrigo soltó una risa
breve y murmuró con ironía:
—Si tu Dios existe,
chiquillo… sabrá qué hacer contigo.
Pelayo no respondió.
Solo inclinó la
cabeza y siguió aprendiendo.
Cuando su Sire
consideró que ya había aprendido lo necesario, lo dejó libre.
Así hacen los
Lasombra.
El mundo es la
prueba.
Ahora Don Pelayo
camina por Jerusalén otra vez, pero la ciudad ya no es la misma.
Ni él tampoco.
A su lado viaja Jonas,
su joven aprendiz de contable, que aún cree servir a un hombre extraordinario y
no a un monstruo de la noche. También lo acompaña un pequeño rebaño de tres
fieles de su comitiva, hombres y mujeres que se ofrecen voluntariamente a su
sangre y que, de algún modo extraño, parecen necesitar esa unión tanto como él.
La Iglesia aún lo
respeta.
Los templarios aún lo
estiman.
Pero ahora pertenece
a otro mundo.
Uno donde los
animales huyen al verlo con un terror instintivo.
Uno donde las sombras
responden a su voluntad.
Uno donde cada día
trae sueños oscuros y pesadillas que nacieron la noche de su Abrazo.
Así, mientras las
campanas de Jerusalén repican en la distancia y el viento del desierto agita
las antorchas de las murallas, Don Pelayo contempla la ciudad que será su nuevo
dominio.
Las sombras se
estiran a sus pies.
Las cuentas del mundo
mortal siempre fueron fáciles de resolver.
Las de la eternidad…
aún están por
hacerse.