CAPÍTULO 34: La Hoja del Eterno, Parte III

 

La Hoja del Eterno III

 

Don Pelayo de Aragón,
Neonato Lasombra
Don Pelayo de Aragón

La noche envuelve Jerusalén y las campanas de los templos se mezclan con plegarias y murmullos que recorren la ciudad santa.

Don Pelayo de Aragón camina por las calles con paso sereno, envuelto en su capa negra. A su alrededor, las sombras parecen alargarse cuando él pasa, como si reconocieran a su dueño. En vida fue contable de la Orden del Temple; en la muerte sigue haciendo lo mismo que siempre: ordenar cuentas.

Esta noche comienza como muchas otras.

En una estancia discreta, a la luz de una vela, revisa pergaminos y cifras mientras Jonas, su aprendiz y ghoul, toma notas y organiza cofres y cartas de mercaderes. Deudas, favores, donaciones… para Pelayo todo es una balanza que debe mantenerse en equilibrio.

Pero cuando termina el trabajo de los hombres, comienza el de la noche.

El Lasombra abandona la estancia y recorre Jerusalén en silencio. No caza al azar ni se deja llevar por el hambre. Su fe sigue marcando límites incluso ahora: hay almas de las que no beberá jamás.

Las sombras lo acompañan mientras observa la ciudad, porque Don Pelayo sabe algo que pocos comprenden: en Jerusalén todos deben algo a alguien, y tarde o temprano… todas las cuentas se pagan.

 

Aesir Pentagast,
Tremere, Señor del barrio judío
La presentación del Lasombra

La mansión Giovanni permanecía tranquila aquella noche.

Las lámparas de aceite proyectaban reflejos dorados sobre los muros de piedra mientras varios criados recorrían los pasillos en silencio. Fuera, el barrio judío seguía despierto. Las calles de Jerusalén nunca callaban del todo.

Don Pelayo de Aragón aguardó en el vestíbulo con las manos entrelazadas tras la espalda.

Vestía de negro. Sin joyas. Sin adornos. Un hombre acostumbrado a que los números hablasen por él.

Un sirviente regresó poco después.

—El señor Giovanni no puede recibiros esta noche. Asuntos familiares.

Pelayo asintió.

—Lo comprendo.

—Pero el señor Aesir hablará con vos.

El templario siguió al criado hasta una sala iluminada por varias velas.

Aesir lo esperaba sentado junto a una mesa cubierta de pergaminos. A diferencia de Vinzenzo, no parecía interesado en aparentar riqueza. Libros abiertos, mapas y extraños símbolos ocupaban casi todo el espacio disponible.

El Tremere levantó la vista.

—Así que tú eres el nuevo Lasombra.

Pelayo inclinó la cabeza.

—Don Pelayo de Aragón.

—Aesir.

El Tremere señaló una silla.

—Toma asiento. Vinzenzo suele encargarse de estas ceremonias aburridas, pero esta noche alguien tiene que hacer el trabajo.

Pelayo tomó asiento.

—Todo orden necesita ciertos formalismos.

—Eso suena a contable.

—Lo fui.

Aesir sonrió.

—Ya me habían hablado de ti.

Pelayo observó los pergaminos dispersos sobre la mesa.

—¿Y qué os dijeron?

—Que eras templario. Que sabes contar monedas mejor que la mayoría de los mercaderes, y que sigues creyendo en Dios después del Abrazo.

Pelayo le miró a los ojos.

—Hay cosas que la muerte no cambia.

Aesir apoyó los codos sobre la mesa.

—Interesante.

—¿Os sorprende?

—Muchos pierden la fe cuando descubren lo que realmente habita bajo el mundo.

Pelayo dejó escapar una leve sonrisa.

—Yo la encontré precisamente ahí.

El silencio duró unos segundos. Aesir tamborileó los dedos sobre la madera.

—Me caes bien.

—Eso suele preocupar a la gente.

—Con razón.

Por primera vez ambos sonrieron. La conversación continuó durante un rato.

Pelayo habló de la Orden del Temple, de cuentas, de caravanas y de los años en que recorrió Tierra Santa acompañando ejércitos y peregrinos.

Aesir escuchó. Luego señaló varios libros abiertos.

—Yo me ocupo de otras cosas.

—¿Cuáles?

—Ocultismo. Magia. Secretos de la Estirpe. Monstruos que nadie debería despertar. Pelayo arqueó una ceja.

—Entonces lleváis asuntos más caros que los míos.

—Mucho más caros.

La sonrisa desapareció del rostro del Tremere.

—Jerusalén vive una calma frágil.

Pelayo lo notó al instante.

—¿Problemas?

—Siempre.

Aesir se levantó. Caminó hasta una ventana.

—Hace unas noches habría dicho que todo estaba bajo control. Miró hacia las calles del barrio judío.

—Ahora no estoy tan seguro.

Pelayo permaneció en silencio.

—¿Qué ocurre?

—Reliquias antiguas.

—Eso nunca trae nada bueno.

—Exacto.

Aesir volvió a la mesa.

—Y criaturas que deberían seguir enterradas.

—Eso suena peor.

—También.

El Tremere enrolló uno de los mapas.

—De hecho, iba a salir ahora mismo.

—¿Adónde?

—Belén.

Pelayo observó el mapa.

—¿Negocios de la Estirpe?

—Más o menos.

Aesir sonrió.

—Si quieres conocer las intrigas de Jerusalén, este es un buen momento.

—¿Me invitáis?

—Tengo un carruaje Giovanni esperando fuera.

Pelayo se incorporó.

—Entonces acepto.

 

 

El carruaje avanzó por los caminos que unían Jerusalén con Belén.

La luna iluminaba las colinas y las viejas ruinas dispersas entre olivares.

Durante un rato ninguno habló. Solo se escuchó el ruido de las ruedas y el resoplido de los caballos. Fue Aesir quien rompió el silencio.

—¿Conoces la historia de Alejandro Magno?

—Lo suficiente.

—Pues parece que Jerusalén guarda algo que perteneció al conquistador. Pelayo giró la cabeza.

—¿Una reliquia?

—Una espada.

—Hay miles de espadas atribuidas a Alejandro.

—Esta podría ser auténtica.

El Lasombra permaneció pensativo.

—Eso explicaría ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—La cantidad de cadáveres que empiezan a aparecer cuando una reliquia valiosa sale a la luz.

Aesir soltó una breve carcajada.

—Veo que entiendes cómo funciona el mundo.

—Los hombres matan por oro.

Miró por la ventanilla.

—Matan más por fe.

El Tremere asintió.

—Y por esta espada están muriendo ya.

Pelayo observó la oscuridad del camino.

—He oído rumores.

—¿Sobre qué?

—Un nombre.

Aesir lo miró.

—¿Mandalay?

El silencio fue respuesta suficiente.

—Entonces los rumores corren rápido —dijo el Tremere.

—¿Existe?

—Eso intentamos averiguar.

El carruaje continuó avanzando.

—También he oído hablar de un lupino —añadió Pelayo.

—Nosotros también.

La expresión de Aesir se endureció.

—Está dejando cadáveres por toda la región.

—¿Ataca a mortales?

—Y a otras cosas.

Pelayo observó la noche más allá del cristal.

—Reliquias antiguas, monstruos olvidados, lupinos. Volvió la vista hacia Aesir.

—Parece que he llegado a Jerusalén en el momento adecuado.

Aesir soltó una breve risa.

—No.

La sonrisa desapareció de inmediato.

—Has llegado justo cuando todo empieza a torcerse.

Fuera, el camino descendía hacia Belén y en algún lugar bajo aquellas colinas, oculto bajo piedra, huesos y siglos de oscuridad, algo antiguo esperaba.

 

Miriam, la durmiente
La guerrera de la tumba

Las cadenas vibraron. Un sonido metálico recorrió la cámara mientras la mujer del sarcófago abría los ojos por completo.

Aquellos ojos azules recorrieron la sala en un instante. Los huesos. Las paredes. Los tres vampiros. El hacha de Axel. Las cadenas que aprisionaban sus brazos. Entonces intentó incorporarse. Los eslabones se tensaron. El hierro chirrió. Axel adelantó un paso. Las llamas verdes que envolvían el filo de su hacha iluminaron la estancia con reflejos fantasmales.

—Tranquila —dijo—. No hagas ninguna tontería.

La mujer apenas lo escuchó. Giró la cabeza de un lado a otro. Su mirada buscaba algo. O a alguien.

—¿Sigue vivo?

La pregunta cayó en medio del silencio.

Nadie respondió.

La guerrera volvió a hablar.

—Decidme la verdad.

Su voz sonó áspera, cargada de siglos de polvo.

—¿Sigue vivo?

Benjamín intercambió una mirada con Nailah.

—¿Quién?

La mujer cerró la boca. Sus ojos se clavaron en él.

—No importa.

—Importa bastante —replicó el Nosferatu.

Ella ignoró la pregunta. Observó los huesos dispersos por la cámara. Luego las paredes. Después el sarcófago. Comprendió algo.

Benjamín lo vio en su rostro. El peso de los siglos. La comprensión repentina. Todo había cambiado. Todo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó.

—Más de cien años, coo poco —respondió Benjamín.

Ella cerró los ojos un instante. No pareció sorprendida. Pareció derrotada.

—Maldita sea...

Nailah dio un paso al frente.

—¿Quién eres?

La mujer no respondió. Su atención se desplazó hacia la entrada de la tumba.

—¿Estamos cerca de Jerusalén?

—Sí.

Aquello la inquietó más.

—¿Y Belén?

—Estamos bajo Belén.

La guerrera bajó la cabeza. Sus dedos se cerraron alrededor de las cadenas.

—Entonces todo salió mal.

El silencio volvió a caer. Axel mantuvo el hacha preparada.

La luz verde recorría el filo y proyectaba sombras extrañas sobre los muros.

—¿Qué salió mal?

La mujer levantó la vista.

—¿Habéis oído hablar de desapariciones?

Los tres guardaron silencio.

—¿Personas encontradas sin sangre?

Nailah entrecerró los ojos.

—Continúa.

—¿Sueños extraños? ¿Pesadillas compartidas?

Benjamín frunció el ceño.

—¿Qué sabes de eso?

La guerrera no respondió.

—Contestad.

—Hemos oído rumores —dijo Benjamín.

La mujer apretó la mandíbula.

—Entonces aún no es demasiado tarde.

—¿Para qué? —preguntó Axel.

Ella volvió a callar. Nailah perdió la paciencia.

—Estoy empezando a cansarme.

La Setita avanzó hasta quedar frente al sarcófago.

—Te despertamos. No te hemos matado. No te hemos entregado a nadie.

Señaló las cadenas.

—Y sigues ocultándonos cosas.

Los ojos de la guerrera se endurecieron.

—No os debo explicaciones.

—Pues estás encadenada en una tumba y rodeada de desconocidos. Yo diría que sí.

Durante un instante ambas mujeres se sostuvieron la mirada.

Nadie habló. Ni Axel. Ni Benjamín. El aire pareció volverse más pesado.

La durmiente se alimentó de los perros que se amontonaban muertos, a los pies de sarcófago.

La guerrera se limpió y se dirigío a Nailah.

—Tienes carácter.

—Y paciencia limitada.

Aquello arrancó una leve sonrisa a la desconocida. La primera desde que despertó.

—Lo veo.

Sus hombros se relajaron.

—Me llamo Miriam.

Benjamín inclinó la cabeza.

—Yo soy Benjamín.

—Axel.

—Nailah.

Miriam observó a cada uno. Después miró las cadenas.

—¿Puedo levantarme?

Axel no respondió.

Nailah sí.

—Depende.

—No voy a atacaros.

—Eso también lo dicen los locos.

Miriam soltó una breve carcajada.

—Justo lo que habría dicho un escudero de mi clan.

Nailah arqueó una ceja.

—No sé si eso era un cumplido.

—Lo era.

Axel decidió entonces bajar el hacha.

—Yo digo que la soltemos.

—Claro que lo dices —murmuró Benjamín.

Miriam rompió las cadenas con un suspiro. El hierro se partió y los eslabones cayeron sobre la piedra.

Miriam se incorporó despacio. Sus músculos parecían recordar cada movimiento pese a los siglos de encierro.

Descendió del sarcófago. Se mantuvo firme. Orgullosa. La guerrera recorrió la cámara con la mirada hasta encontrar su espada. La hoja descansaba junto a ella. Cubierta por polvo y telarañas. Miriam la tomó con ambas manos. La observó durante unos segundos. Luego limpió el acero con un trozo de tela arrancado de su propia capa. El metal apareció bajo la suciedad. Frío, perfecto, familiar. Finalmente la enfundó.

—Necesito refugio.

Nailah cruzó los brazos.

—¿Y a cambio?

Miriam sostuvo su mirada.

—Nada.

—Mal negocio.

—No os pido confianza.

Su voz se volvió más baja.

—Solo que no hagáis preguntas que aún no puedo responder.

Benjamín abrió la boca para protestar. Pero se detuvo. Porque vio algo en los ojos de Miriam. Miedo. No hacia ellos. Hacia otra cosa. Algo mucho peor. El Nosferatu cerró la boca.

—Por ahora me sirve.

Nailah resopló.

Axel sonrió.

—Perfecto. Ya somos cuatro.

Abandonaron la cámara poco después. Subieron por los viejos corredores y atravesaron la puerta rota de la catacumba. Cuando alcanzaron el exterior, la noche los recibió con una brisa fría. Belén se extendía bajo la luz de la luna.

Miriam se detuvo. Observó las colinas, las murallas lejanas, las luces dispersas. Todo era distinto. Todo había envejecido. Todo menos su miedo. Sus ojos buscaron la oscuridad del horizonte y por un instante pareció escuchar algo que los demás no podían oír. Un recuerdo, una voz, una promesa. Apretó la empuñadura de la espada.

—No puede ser...

—¿Qué ocurre? —preguntó Benjamín.

Miriam tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz apenas fue un susurro.

—Si las desapariciones han comenzado...

Sus ojos permanecieron fijos en la oscuridad.

—Entonces él ha encontrado el camino de vuelta.

 

Benjamín Janosz,
Neonato Nosferatu
El encuentro

Abandonaron las catacumbas poco después. La noche permanecía tranquila. El viento movía los olivos y arrastraba el olor de la tierra húmeda. Nadie habló durante varios minutos.

El ruido de ruedas llegó antes que las luces. Dos faroles colgados del carruaje rompieron la oscuridad del camino mientras los caballos avanzaban entre los olivares. El escudo discreto de los Giovanni apenas se distinguía bajo la capa de polvo acumulada durante el viaje.

El carruaje se detuvo frente a las ruinas de la vieja necrópolis.

La puerta se abrió. Aesir descendió primero. La luz amarillenta de los faroles dibujó sombras largas sobre la piedra. Tras él apareció Don Pelayo de Aragón, envuelto en su capa negra.

Axel fue el primero en reconocerlo.

—¡Pelayo!

El vikingo avanzó con una sonrisa amplia. Don Pelayo lo observó unos segundos y correspondió al saludo con un leve asentimiento.

—Axel.

Benjamín también dio un paso al frente.

—Me alegra verte.

Pelayo tardó un instante en responder. Sus ojos recorrieron el rostro cubierto por escamas oscuras, los rasgos alterados y aquella piel negra que reflejaba la luz de forma extraña.

Frunció el ceño.

—Perdona... ¿nos conocemos?

Axel soltó una carcajada.

—Te lo dije.

Benjamín bajó la cabeza.

—Soy yo.

Pelayo entrecerró los ojos.

—¿Benjamín?

—El mismo.

La sorpresa apareció por primera vez en el rostro del Lasombra.

—Por todos los santos...

Benjamín sonrió.

—He cambiado un poco.

—Un poco —repitió Axel.

Aesir ignoró la conversación y observó al resto. Su mirada se detuvo en la figura sentada sobre un bloque de piedra. Una manta vieja ocultaba casi todo su cuerpo. Solo sobresalían algunos mechones de cabello rojizo que brillaban bajo la luna.

—Supongo que esa es la sorpresa —dijo.

Nailah cruzó los brazos.

—Se llama Miriam.

La guerrera no respondió. Aesir la estudió unos segundos. Ella sostuvo la mirada sin pestañear.

Don Pelayo percibió algo extraño en aquella mujer. No era solo su ropa antigua ni la espada que descansaba junto a ella. Parecía fuera de lugar. Fuera de tiempo.

—¿No piensas presentarte? —preguntó Nailah.

Miriam ni siquiera giró la cabeza.

—No.

La Setita soltó un suspiro.

—Es una costumbre bastante normal.

La pelirroja permaneció inmóvil.

—No para mí.

Su forma de hablar sonaba extraña. Algunas palabras parecían antiguas. Otras las pronunciaba con vacilación, como si aún intentara recordar su significado.

Aesir inclinó la cabeza.

—Interesante.

—Lleva un siglo durmiendo bajo tierra —dijo Axel—. Dale un poco de margen.

Benjamín apoyó una mano sobre el cofre donde guardaba los pergaminos.

—La encontramos en una tumba sellada bajo las catacumbas.

Entonces resumió lo ocurrido.

Habló de la puerta encadenada, del sarcófago oculto entre huesos antiguos, de la armadura intacta, de la espada cubierta de polvo y del despertar.

Mientras escuchaban, Miriam mantuvo la vista fija en la oscuridad. No parecía cómoda. Ni agradecida. Parecía alguien que acababa de descubrir que el mundo había seguido adelante sin ella y no le gustaba lo que veía.

 

Nailah Salem, Seguidora de Set 
El primer presagio

Fue Axel quien lo encontró.

—Esperad.

Su voz sonó seca. Todos se detuvieron. A unos pasos del sendero, entre hierbas aplastadas y piedras blancas, yacía un cuerpo. Un peregrino. La túnica estaba rasgada por el polvo del camino. Una pequeña cruz de madera colgaba aún de su cuello.

Benjamín se acercó primero. La luna iluminó el cadáver y el silencio cayó sobre el grupo. La piel parecía cuero viejo. Pegada a los huesos. Las mejillas se habían hundido tanto que marcaban la forma de la mandíbula bajo la carne reseca. Los labios permanecían abiertos. Agrietados y vacíos. Los ojos seguían abiertos también. No mostraban terror, ni dolor. Aquella expresión resultaba peor, parecía tranquilo, como si algo hubiera permanecido junto a él durante horas, vaciándolo poco a poco hasta dejar solo una cáscara.

Nailah se agachó junto al cadáver.

—No tiene sangre.

Aesir examinó el cuello.

—Y tampoco hay mordiscos.

Axel arrugó la nariz.

—No me gusta.

Benjamín se acuclilló junto al cuerpo. Apartó con cuidado la túnica y observó la piel seca de los brazos. Luego pasó la mano frente al rostro del muerto, atento a algo que los demás no podían ver.

Sus ojos amarillos se estrecharon.

—Esto no lo ha hecho un vampiro.

Aesir levantó la vista.

—¿Qué ves?

Benjamín permaneció unos segundos en silencio.

—No lo sé con certeza.

Rozó la frente del cadáver con dos dedos.

—Pero hay algo extraño.

—¿Extraño cómo? —preguntó Axel.

El Nosferatu observó el cuerpo de arriba abajo.

—He leído relatos parecidos. Viejos textos. Casos aislados.

Se incorporó despacio.

—Cuando una criatura mata para alimentarse deja señales. Incluso cuando intenta ocultarlas.

Miró la piel reseca del peregrino.

—Esto es diferente.

Nailah siguió su mirada.

—¿Magia?

Benjamín asintió.

—Oscura y muy antigua.

El viento agitó su capa.

—Algo ha consumido más que la sangre.

Nadie habló durante unos segundos.

—¿El alma? —preguntó Don Pelayo.

Benjamín no respondió de inmediato.

—No me atrevería a afirmarlo.

Volvió a mirar el cadáver.

—Pero quien hizo esto poseía un poder ocultista considerable.

Aesir observó el cuerpo con mayor atención.

—Entonces está relacionado con nuestra búsqueda.

—O con aquello que persigue la espada —dijo Benjamín.

Fue entonces cuando miró hacia Miriam. La guerrera había retrocedido. Un paso, luego otro. Su mano se había cerrado sobre la empuñadura de la espada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Don Pelayo.

Miriam no respondió. Seguía observando el cadáver.

—Lo conoces —dijo Nailah.

La pelirroja negó.

—No.

Pero su voz había cambiado.

—Entonces, ¿qué has visto?

Los ojos de Miriam no abandonaron el cuerpo.

—He visto esto antes.

El viento atravesó los árboles.

Nadie habló.

Aesir dio un paso hacia ella.

—¿Dónde?

Miriam tardó varios segundos en responder.

—Antes de que me encerraran.

El silencio se volvió más pesado.

—¿Qué hizo esto? —preguntó Axel.

La guerrera alzó la vista.

Por primera vez desde que despertó, el miedo apareció en sus ojos.

—Si tengo razón...

Sus dedos apretaron la empuñadura.

—Deberíais haberme dejado dormir.

Nadie encontró respuesta para aquello. Benjamín rompió el silencio.

—No podemos dejarlo aquí.

Señaló el cadáver.

—Un peregrino muerto en estas condiciones atraerá preguntas.

—Y sacerdotes —añadió Nailah.

—Y cazadores —gruñó Axel.

Benjamín asintió.

—Exacto.

Se agachó y tomó el cuerpo por debajo de los hombros. Su fuerza sobrenatural levantó el cadáver sin dificultad.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Don Pelayo.

—Ocultarlo por ahora.

Miró hacia la entrada de las catacumbas.

—Las galerías están vacías. Nadie lo encontrará allí.

Aesir comprendió al instante.

—Y Vinzenzo querrá examinarlo.

—Eso mismo pensaba.

Benjamín observó una última vez el rostro reseco del peregrino.

—Si esto tiene relación con Mandalay, con la espada o con cualquier cosa que se esté moviendo bajo Jerusalén, Don Giovanni sabrá sacarle más respuestas que nosotros.

Axel sonrió de medio lado.

—Un nigromante siempre acaba hablando con los muertos.

—Y seguro que los muertos le responden —dijo Benjamín.

Con el cadáver al hombro, el Nosferatu emprendió el camino de regreso a las catacumbas.

Detrás de él caminó el resto del grupo y mientras la luna iluminaba el sendero, Miriam no dejó de mirar el cuerpo ni una sola vez.

Como si temiera que, en cualquier momento, pudiera volver a levantarse.

 

Harut, el Sepulturero
El sepulturero

El cementerio ocupaba una suave colina al norte de Belén.

La luna derramaba una luz pálida sobre las lápidas inclinadas, las cruces desgastadas por la lluvia y los pequeños mausoleos de piedra que parecían hundirse poco a poco en la tierra. El viento agitaba las copas oscuras de los cipreses y arrastraba el olor de la cera apagada que escapaba de una capilla cercana.

El grupo avanzó entre las tumbas. Nadie hablaba.

Miriam caminaba unos pasos por detrás, envuelta en la vieja manta que había encontrado en las catacumbas. La espada descansaba de nuevo a su espalda. Durante el trayecto había limpiado el acero hasta devolverle parte de su brillo, pero sus ojos apenas se habían apartado del paisaje. Observaba cada muro, cada sendero y cada construcción antigua que aparecía a la luz de la luna.

Fue Don Pelayo quien vio al hombre primero. Una figura robusta trabajaba junto a una tumba reciente. La pala subía y bajaba con movimientos lentos y pesados.

¡Clanc! El hierro golpeó una piedra enterrada y el hombre levantó la cabeza. Tenía los hombros anchos, la barba descuidada y las manos negras de tierra. El cansancio marcaba las arrugas de su rostro. No parecía sorprendido al ver visitantes a aquellas horas. Solo parecía agotado.

—Buenas noches —dijo Pelayo.

El hombre apoyó ambas manos sobre el mango de la pala.

—Depende para quién.

Sus ojos recorrieron al grupo. Se detuvieron un instante en Axel, luego en Benjamín, encapuchado y, por último, en Miriam.

La guerrera sostuvo su mirada.El sepulturero apartó la vista primero.

—No vengáis aquí de noche si buscáis descanso.

Escupió a un lado.

—Los muertos llevan días inquietos.

Axel mostró una sonrisa torcida.

—Nosotros también.

El hombre ignoró la respuesta.

—Harut.

—Pelayo.

Intercambiaron una breve inclinación de cabeza. Nailah observó las tumbas que se extendían alrededor.

—Buscamos información.

Harut soltó una risa breve.

—Entonces habéis venido al lugar adecuado.

Clavó la pala en la tierra húmeda.

—Los muertos hablan mucho. El problema está en entender lo que intentan decir. Benjamín avanzó un paso.

—¿Has visto algo extraño?

Harut tardó en responder. Miró hacia la capilla. Después hacia los cipreses. Por último, hacia la oscuridad que rodeaba el cementerio.

—¿Extraño?

Se rascó la barbilla.

—He oído cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó Axel.

Harut señaló hacia el norte.

—Aullidos.

Axel alzó una ceja.

—¿Lobos?

—No.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

—He oído lobos toda mi vida. Eso no eran lobos.

Colinas funerarias

La sonrisa del vikingo desapareció.

—Entonces, ¿qué eran?

Harut negó despacio.

—No lo sé.

Bajó la mirada hacia la tierra.

—Pero venían de abajo.

El silencio cayó entre las tumbas.

Aesir observó el terreno.

—¿Abajo?

—De los túneles.

Harut señaló hacia el muro norte del camposanto. Entre la maleza sobresalía una construcción semiderruida. Parte del techo se había hundido y las raíces de varios árboles atravesaban los muros agrietados. Una vieja cripta olvidada.

—Por ahí bajan las galerías.

—¿Galerías de qué época? —preguntó Benjamín.

—Algunos dicen que romanas.

Harut encogió los hombros.

—Otros dicen que ya estaban ahí cuando llegaron los romanos.

Benjamín intercambió una mirada con Aesir.

—Interesante.

—No para quienes entran.

La voz de Harut se volvió más grave.

—Los niños del barrio solían colarse ahí abajo.

Buscaban huesos, monedas o historias para asustarse. Guardó silencio unos segundos.

—Luego dejaron de volver.

El viento recorrió las tumbas. Incluso Axel dejó de sonreír.

—¿Solo has oído aullidos? —preguntó Nailah.

—No.

Harut negó.

—También golpes.

Metal contra piedra, cadenas, a veces ruedas, a veces algo pesado arrastrándose por los túneles. Su mirada se perdió en la oscuridad.

—Una noche escuché aquello durante horas.

No bajé a comprobar qué era y sigo vivo gracias a eso.

Nadie respondió.

—También han aparecido cadáveres.

Los dedos de Miriam se cerraron sobre la manta. Fue un gesto pequeño. Pero Nailah lo vio.

—¿Qué clase de cadáveres? —preguntó la setita.

—Animales abiertos en canal.

Mendigos desaparecidos. Peregrinos encontrados al amanecer.Harut tragó saliva.

—Vacíos.

Benjamín frunció el ceño.

—¿Vacíos?

—Sin sangre.

Sin apenas heridas. Sin señales de lucha. El sepulturero bajó la voz.

—La piel queda seca. Los labios se agrietan. Los ojos parecen tranquilos.

Escupió otra vez.

—Como si alguien hubiese tenido toda la noche para vaciarlos gota a gota.

Miriam apartó la mirada. Aquella vez nadie pasó por alto el gesto. Nailah entrecerró los ojos. Benjamín también lo advirtió, pero ninguno dijo nada. Todavía. El nosferatu observó entonces algo junto a la entrada de la cripta.

—Esperad.

Se acercó. Sobre una piedra cubierta de polvo aparecía un símbolo dibujado con carbón. Tres líneas curvas. Negras. Entrelazadas. Formaban algo parecido a un ojo. Un ojo imposible. Mal borrado. Reciente. Pelayo se aproximó para verlo mejor.

—¿Qué es esto...?

Rozó la superficie con los dedos. El carbón se deshizo. Las líneas desaparecieron casi por completo. Benjamín soltó un suspiro.

—Excelente trabajo.

Pelayo observó sus dedos manchados.

—No era mi intención.

—Ya lo sé.

Aesir se inclinó sobre la piedra.

—Tres líneas.

Un ojo.

Miriam bajó la cabeza, demasiado rápido. Nailah volvió a fijarse en ella. Aquella reacción ya no parecía casual. Harut se persignó.

—Lo he visto varias veces estas semanas.

Siempre cerca de entradas antiguas, siempre aparece por la noche.

Axel miró la piedra.

—¿Y nadie lo ha seguido?

—Quien lo intenta deja de hacer preguntas.

El silencio volvió. Las campanas lejanas de Belén sonaron una vez. Harut observó la vieja cripta Su expresión se endureció.

—Lo que sea que anda ahí abajo...

Miró a cada uno de ellos.

—No está muerto.

Nadie respondió, porque todos comprendieron que aquello podía ser peor, mucho peor. Cuando se dispusieron a marcharse, Don Pelayo se acercó al sepulturero. Lo miró fijamente a los ojos.

—Harut.

—¿Sí?

—Mañana recordarás que has pasado la noche solo.

El hombre parpadeó.

—Solo.

—No has visto a nadie.

—No he visto a nadie.

—Y no hablarás de nosotros.

—No hablaré.

Pelayo asintió. La mirada del sepulturero perdió intensidad.

—Vuelve a tu trabajo.

—Sí.

Harut tomó la pala y regresó a la tumba. No hizo más preguntas. El grupo comenzó a alejarse. Nailah redujo el paso hasta colocarse junto a Miriam. La guerrera observaba la oscuridad que rodeaba la cripta.

—Sabes algo.

Miriam no respondió.

—Cada vez que hablan de esos cadáveres cambias la cara.

Silencio.

—Cada vez que mencionan los túneles miras hacia otro lado.

La pelirroja siguió caminando.

—No es nada.

—Mientes.

Miriam apretó la mandíbula. Durante unos segundos pareció debatirse consigo misma. Su mirada regresó a la cripta. Al símbolo borrado. A la oscuridad que se abría bajo la colina.

—Hace mucho tiempo conocí historias parecidas.

—¿Historias de qué?

Miriam tardó en responder.

—De algo que no debía despertar.

Nailah esperó. La guerrera negó con la cabeza.

—No os preocupéis.

—Eso no es una respuesta.

Miriam alzó la vista hacia la luna. Sus ojos reflejaron algo cercano al miedo.

—Precisamente por eso.

Nailah guardó silencio y mientras abandonaban el cementerio tuvo la sensación de que Miriam no estaba preocupada por ellos. Ni por Belén. Ni siquiera por la espada. Estaba preocupada por algo que creía enterrado desde hacía siglos. Algo que quizá ya había encontrado el camino de regreso.

 

Mercader musulmán
El mercader musulmán

Decidieron no regresar a las catacumbas. La mayoría acababa de salir de ellas y ninguno tenía prisa por volver a internarse bajo tierra. Si querían respuestas, quizá las encontrarían entre los vivos.

El grupo tomó el camino hacia el zoco nocturno de Belén. A aquella hora, el mercado seguía despierto. Faroles de aceite colgaban entre los puestos y teñían las calles de tonos dorados y rojizos. El aire olía a especias, carbón, cuero curtido y carne asada. Comerciantes, peregrinos y viajeros cruzaban bajo los toldos mientras las monedas cambiaban de manos y las voces se mezclaban en árabe, griego, armenio y latín.

No tardaron en localizar al hombre que buscaban. Su puesto ocupaba una esquina privilegiada del bazar. Vendía lámparas, tejidos y pequeños objetos llegados de Oriente. No levantaba la voz ni reclamaba clientes, pero los demás comerciantes lo observaban antes de tomar cualquier decisión importante.

Era evidente quién controlaba aquel rincón del mercado.

El mercader permanecía sentado sobre una alfombra desgastada. Varias lámparas de cobre colgaban sobre su cabeza como frutos metálicos. El humo de unas brasas cercanas le irritaba los ojos, aunque nunca apartaba la vista de cuanto ocurría a su alrededor.

Escuchaba más de lo que hablaba y recordaba más de lo que parecía.

Don Pelayo se adelantó. Tomó una lámpara entre las manos, examinó el trabajo del metal y comenzó a conversar con el hombre sobre rutas comerciales, márgenes de beneficio y el precio cambiante de las mercancías llegadas desde Damasco.

El mercader lo observó con interés.

—Hablas como un hombre de números —dijo.

—Lo fui durante muchos años —respondió Pelayo.

Se sentó frente a él y señaló varios artículos del puesto.

—Pierdes dinero aquí.

El comerciante arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Tus mejores lámparas están demasiado atrás. Los clientes compran primero con los ojos. Si las colocas junto a la entrada, venderás más antes de que empiecen a regatear.

El hombre soltó una breve carcajada.

—Y yo que pensaba que eras sacerdote.

—Las cuentas también tienen sus escrituras.

Aquello pareció divertirle.

Durante varios minutos hablaron de comercio. Pelayo escuchó más de lo que preguntó y dejó que el hombre bajara la guardia por sí solo. Cuando la conversación alcanzó el punto adecuado, cambió de rumbo.

—Buscamos a unos viajeros.

—Todo el mundo busca a alguien en Jerusalén —respondió el mercader.

—Persas.

La sonrisa desapareció.

—¿Por qué os interesan?

—Porque tienen algo que nos interesa.

El comerciante tamborileó los dedos sobre la madera. Después miró alrededor para asegurarse de que nadie prestaba atención.

—Hace unos días estuvieron aquí.

Benjamín y Nailah intercambiaron una mirada.

—¿Cuántos eran? —preguntó la setita.

—Cuatro. Quizá cinco.

—¿Mercaderes?

El hombre negó despacio.

—No.

Su voz descendió un tono.

—Los mercaderes observan los productos. Aquellos hombres observaban las sombras. El ruido del mercado pareció alejarse durante unos segundos.

—Llevaban velos persas —continuó—. Apenas hablaban. Cuando lo hacían, utilizaban una lengua que no reconocí.

—¿Qué compraron? —preguntó Axel.

—Lámparas.

El vikingo frunció el ceño.

—¿Solo lámparas?

—Lámparas, aceite y cuerdas.

El mercader señaló una hilera de faroles de cobre.

—Las querían para lugares sin luz.

Aesir cruzó los brazos.

—¿Preguntaron por algo más?

El hombre asintió.

—Mapas.

—¿Mapas de qué?

—Túneles. Galerías antiguas. Pozos olvidados. Cisternas selladas.

Las palabras hicieron que Miriam levantara la vista. Fue un gesto breve. Pero Nailah volvió a percibirlo.

—¿Sabes adónde fueron? —preguntó Pelayo.

—A Jerusalén.

—Es una ciudad muy grande.

—Buscaban las viejas cisternas bajo la ciudad.

Aquella respuesta hizo que Aesir y Benjamín intercambiaran una mirada preocupada. El mercader guardó silencio unos instantes. Parecía debatirse entre hablar o callar. Al final habló.

—Uno de ellos mencionó algo extraño.

—¿Qué? —preguntó Pelayo.

El hombre se pasó la lengua por los labios.

—Una leyenda.

—¿Qué leyenda?

—No lo sé.

Sacudió la cabeza.

—No entendí gran parte de la conversación, pero sí recuerdo un nombre.

La expresión de Miriam se endureció.

—¿Cuál? —preguntó Benjamín.

El mercader bajó aún más la voz.

—El Hambriento Bajo la Piedra.

Nadie dijo nada. Incluso el bullicio del mercado pareció apagarse por un instante.

—¿Sabes qué significa? —preguntó Nailah.

—No.

El hombre negó con firmeza.

—Y tampoco quiero saberlo.

Apartó la vista hacia las luces del bazar.

—He escuchado historias toda mi vida. Historias de djinns, tumbas malditas y espíritus del desierto. Sus dedos rozaron una cuenta de madera colgada del cuello.

—Pero aquella frase... aquella frase me dejó mal cuerpo.

Miriam bajó la cabeza. Sus nudillos se tensaron alrededor de la vieja manta.

Nailah la observó de reojo. Aquella vez no cabía duda. La guerrera conocía aquel nombre o al menos lo había oído antes y cuanto más se acercaban a la verdad, más parecía desear ella que dejaran de buscar.

 

Niño ladrón
El niño ladrón

Tras la visita al zoco nocturno, el grupo regreso al carruaje Giovanni. El camino de vuelta se hizo más silencioso, como si cada uno ordenara en su cabeza lo que acababan de escuchar.

Don Pelayo rompió el silencio. Se volvió hacia Miriam.

—¿Nos acompañas?

La guerrera dudó apenas un instante. Después apoyó un pie en el estribo y entró en el carruaje sin protestar. La manta vieja seguía cubriéndole los hombros, y su mirada no abandonó la calle hasta que el vehículo comenzó a moverse.

La ciudad seguía viva alrededor, pero el grupo ya no la veía igual.

 

 

Lo encontraron cerca de las cisternas antiguas, donde el trazado romano se quebraba bajo ruinas mal mantenidas y accesos cerrados con tablones. Un lugar que la ciudad fingía haber olvidado.

El niño no parecía mayor de doce años. Era delgado, estaba sucio, con las manos siempre en movimiento. Ojos rápidos, de los que aprenden antes de preguntar. No buscaba problemas por valentía, sino porque había nacido demasiado cerca de ellos como para evitarlos. Se escondía entre piedras cuando los vio llegar. Demasiado tarde. Ya lo habían visto.

—No soy nadie —murmuró.

Su voz no era un desafío. Era una costumbre. Pelayo sacó una moneda y la dejó caer sobre su palma abierta. El sonido metálico lo hizo dudar. El niño no la tomó de inmediato.

Miró primero a Axel, luego a Nailah, y por último a Miriam. En ella se detuvo un segundo más de lo necesario.

—No tienes que ser nadie —dijo Pelayo—. Solo hablar.

El niño tragó saliva. Al final, tomó la moneda.

—Yo solo paso por aquí —añadió rápido—. No me quedo nunca.

Axel cruzó los brazos.

—Pero has visto algo.

El niño no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron hacia las ruinas, hacia una abertura entre piedras donde el suelo descendía como si la ciudad respirara hacia dentro.

—Sí —dijo al fin.

La palabra le salió más baja.

 

 

Los llevó sin querer llevarlos.

No caminaba delante. Caminaba a ratos a un lado, a ratos detrás, como si pudiera escapar en cualquier momento sin admitir que no quería hacerlo.

Se detuvo cerca de unas cisternas medio derrumbadas. Allí el aire cambiaba. Más frío. Más seco. Como si el mundo hubiera perdido una capa.

—Ahí —susurró.

Señaló la entrada. Un hueco oscuro bajo piedra antigua. Tablones desplazados. Marcas recientes en el polvo y movimiento de cajas descendiendo. Hombres trabajando en silencio. Lámparas temblando dentro de la oscuridad como luciérnagas atrapadas.

El niño dio un paso atrás.

—Yo no bajo ahí —dijo rápido—. Ni loco.

Nailah lo observó.

—Entonces ¿por qué sigues viniendo?

El niño apretó la mandíbula.

—Porque a veces dejan cosas.

Hubo silencio.

Benjamín dio un paso hacia la entrada, pero Pelayo lo detuvo con un gesto.

—Espera.

El niño tragó saliva otra vez.

—Vi cajas —continuó—. Vi mapas también. No eran como los de los comerciantes. Eran viejos. Dibujaban cosas debajo de la ciudad.

Axel inclinó la cabeza.

—¿Quiénes eran?

El niño negó.

—No lo sé. No hablan con gente como yo.

Su mirada volvió al agujero.

—Solo bajan... y suben menos.

Cuando intentó retroceder, Pelayo lo retuvo con la voz.

—¿Qué más has visto?

El niño dudó y su respiración se aceleró.

—Vi sangre en los bordes de la piedra —dijo al fin—. No mucha. Pero suficiente.

Miró a Miriam otra vez. Esta vez no fue casual.

—Y vi gente que no volvía a salir igual.

Nailah frunció el ceño.

—¿Cómo “igual”?

El niño tardó en responder.

—Con la mirada vacía.

Se rascó el brazo.

—Como si hubieran dejado algo abajo.

El viento movió la arena entre las ruinas. El niño retrocedió un paso más.

—Y escuché cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó Benjamín.

El niño no contestó de inmediato.

Tragó saliva.

—Cosas que no deberían seguir despiertas.

El silencio se hizo más pesado. No era miedo infantil. Era recuerdo. Pelayo observó la entrada a las cisternas. No era un acceso natural. Alguien lo había preparado. Alguien lo había usado. Axel ya estaba mirando el interior como si midiera el combate antes de empezar. Benjamín no apartaba la vista de los mapas mencionados. Nailah observaba al niño y Miriam no miraba el agujero. Miraba algo más lejos. Algo que solo ella parecía ver.

El niño intentó irse sin despedirse. Pelayo lo dejó dar dos pasos. Luego habló.

—Volverás.

El niño se detuvo.

—No.

—Sí —respondió Pelayo con calma—. Porque esto te sigue llamando.

El niño no respondió. Pero no negó. Solo apretó la moneda en el puño y desapareció entre las ruinas con más prisa de la que había llegado.

 

 

Cuando se quedaron solos, el grupo volvió a mirar la entrada. Ahora ya no era solo una abertura. Era una dirección. Un camino y quizá una herida abierta bajo la ciudad. Benjamín habló en voz baja.

—Todo encaja.

Axel le miró pensativo.

—A mi no me encaja nada.

Nailah no apartó la vista del acceso.

—Y creo que aún no hemos visto lo peor.

 

Los barracones de Alejandro
Los barracones de Alejandro

La entrada descendía bajo la ciudad a través de una galería de piedra húmeda que parecía no tener fin.

Aesir caminaba en cabeza. Abrió la mano y una llama nació sobre su palma. La luz anaranjada iluminó los muros y arrancó reflejos dorados de las gotas que resbalaban por la roca. Incluso Axel lanzó una mirada de aprobación.

—Cómo te gusta llamar la atención —dijo el Gangrel.

—La magia debe apreciarse —respondió Aesir con una sonrisa.

Los ojos de Axel cambiaron entonces. Las pupilas se estrecharon hasta convertirse en las de una bestia nocturna y un brillo rojizo ocupó sus iris.

—Yo prefiero ver en la oscuridad.

La galería desembocó en una construcción gigantesca.

Todos se detuvieron.

El complejo se extendía bajo Jerusalén como una ciudad olvidada. Filas de columnas helenísticas se perdían en las sombras. Algunas permanecían erguidas; otras yacían rotas sobre el suelo inundado. Los capiteles estaban desgastados por los siglos y las antiguas decoraciones apenas sobrevivían bajo capas de humedad y musgo.

El agua negra les cubría los tobillos. Cada paso enviaba ondas silenciosas hacia la oscuridad. El aire frío resultaba extraño, era demasiado frío.  No era el frescor habitual de una cueva. Aquel frío parecía adherirse a la ropa y a la piel, penetrar poco a poco en los huesos.

Don Pelayo observó las galerías.

—Este lugar no debería conservarse así después de tantos siglos.

—Tal vez alguien se ha ocupado de ello —dijo Benjamín.

Y las pruebas aparecieron enseguida. En los muros aún sobrevivían inscripciones macedonias grabadas en piedra. Entre ellas destacaban marcas mucho más recientes.

Sellos rotos, puertas forzadas, antorchas consumidas y manchas de sangre seca.

Axel pasó la mano por uno de los símbolos pintados con pigmento oscuro.

—Esto no estaba aquí cuando construyeron el lugar.

Aesir acercó la llama. Los trazos representaban círculos, estrellas y signos extraños escritos en persa antiguo. El Tremere estudió los símbolos durante unos segundos.

—No son advertencias.

—¿Entonces qué son? —preguntó Nailah.

—Protección.

Aesir recorrió las marcas con la mirada.

—Invocaciones dirigidas a antiguos espíritus persas. Quien bajó aquí tenía miedo de algo.

El silencio regresó. Aquello ya no parecía un refugio abandonado. Parecía una fortaleza improvisada. Un lugar ocupado hasta hacía muy poco.

Miriam observaba los muros sin decir una palabra. De pronto se detuvo. Frente a ella aparecía un relieve erosionado por el tiempo. Un guerrero macedonio sostenía una espada sobre una figura arrodillada. La pelirroja se quedó inmóvil. Su mano rozó la piedra. Durante un instante pareció reconocer cada detalle. Demasiados detalles.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nailah.

Miriam retiró la mano.

—Nada.

Pero su voz sonó más baja que antes.

Continuaron avanzando.

Poco después encontraron restos de un campamento reciente. Había mantas, recipientes de agua, huesos de animales y cenizas aún visibles en antiguos braseros.

—Alguien ha vivido aquí durante semanas —dijo Pelayo.

—O durante años —añadió Benjamín.

El Nosferatu se agachó y emitió un leve silbido. El sonido se perdió entre las columnas.

Pasaron unos segundos. Entonces una rata salió de una grieta, luego otra y una tercera. Los pequeños animales rodearon a Benjamín sin mostrar temor. El historiador les susurró unas palabras en voz baja. Las ratas movieron los bigotes y olfatearon el aire.

—Buscad a los hombres que estuvieron aquí —les pidió—. O si están lejos, llevadnos donde ocultaron aquello que protegían.

Los animales desaparecieron entre las sombras. El grupo aguardó. Al cabo de unos instantes, una de las ratas regresó. Se detuvo sobre una piedra caída y emitió un chillido agudo. Luego echó a correr.

—Nos ha encontrado un camino —dijo Benjamín.

La pequeña guía peluda avanzó entre columnas derruidas y pasadizos inundados. Todos la siguieron.

Mientras caminaban, Miriam observó la oscuridad que se extendía por delante y apretó la mano sobre el pomo de su espada. No dijo nada. Pero cada paso parecía acercarla a un recuerdo que llevaba un siglo intentando dejar atrás.

  

Miriam, Anciana nórdica
El hallazgo

La sala se extendía ante ellos como el corazón olvidado de una ciudad enterrada. Las llamas que Aesir sostenía en la palma de la mano proyectaban sombras inquietas sobre las columnas helenísticas. El agua negra cubría los tobillos y reflejaba destellos anaranjados que parecían moverse por voluntad propia. El eco de sus pasos viajaba por galerías que se perdían en la oscuridad.

La rata de Benjamín avanzó por una cornisa derruida, se detuvo junto a una puerta de piedra abierta a la fuerza y desapareció por una grieta.

—Por aquí —dijo el Nosferatu.

El grupo cruzó la entrada. El olor los golpeó al instante. Sangre. Sangre vieja y sangre reciente.

Axel apoyó una mano sobre el mango de su hacha. El filo encantado derramó un resplandor verde sobre los muros húmedos.

La cámara que encontraron al otro lado parecía un santuario profanado. Había antorchas apagadas, cuencos de bronce volcados, pergaminos rotos y restos de un campamento abandonado con prisas.

En el centro se alzaba un pedestal de piedra. Estaba vacío.

El silencio cayó sobre la sala.

Miriam fue la primera en comprenderlo. Su rostro palideció aún más.

—No... —susurró.

Nailah siguió su mirada.

—¿Qué ocurre?

La guerrera dio un paso hacia el pedestal. Sus dedos rozaron la piedra.

—Llegamos tarde.

Benjamín se acercó para examinar el lugar. Había señales de lucha por todas partes. Marcas de espada sobre los bloques, manchas oscuras sobre el suelo y fragmentos de tablillas dispersos entre el barro.

Se arrodilló junto a una de ellas.

Las escamas negras de sus manos reflejaron la luz de las llamas mientras apartaba el polvo.

—Aquí hay algo escrito.

Pelayo y Aesir se acercaron. La inscripción estaba rota. Faltaban varios fragmentos.

Benjamín leyó en voz alta.

—La hoja bebió la sangre...

La piedra se había partido justo después de estas palabras. Buscó otro trozo cercano.

—...del hijo de Caín...

Otro fragmento.

—...de los tres ojos.

Nadie habló durante unos segundos. Incluso Miriam permaneció muda.

—Eso no habla de Alejandro —dijo Aesir.

—No —respondió Benjamín mientras observaba los símbolos erosionados—. Habla de algo mucho más antiguo.

Un ruido interrumpió la conversación. Era el sonido de un roce. Se escuchó un paso torpe, luego otro.

Axel giró sobre sí mismo y alzó su hacha. Nailah desenvainó una de sus katanas.

 

Ghoul de Mandalay
El guía

Al otro extremo de la sala apareció una pequeña figura encorvada. Vestía ropas desgastadas cubiertas de barro. Su piel parecía pegada a los huesos y sus ojos hundidos brillaban bajo la luz de las llamas. Parecía un niño que había sobrevivido demasiado tiempo. Su piel ceniza y ojos completamente negros le daban un aire sobrenatural y corrupto. No era humano.

El niño los esperaba al final de la galería. La luz de la llama de Aesir apenas alcanzó a iluminarlo. Parecía tener diez u once años. Quizá menos. Vestía una túnica oscura demasiado grande para su cuerpo. La tela colgaba húmeda y sucia sobre unos hombros estrechos. Tenía el cabello negro pegado al rostro y la piel tan pálida que parecía no haber visto la luz del sol en siglos.

No huyó cuando los vio. Tampoco sonrió. Se limitó a observarlos desde la penumbra.

El niño los observó. Luego vio a Miriam. El aire pareció abandonarlo. Sus piernas cedieron. Cayó de rodillas sobre el agua estancada.

—No... —murmuró.

Miriam avanzó un paso.

—Tú.

El niño levantó la vista. Había miedo en sus ojos y algo peor. Reconocimiento.

—Sigues viva...

Miriam apretó los dientes.

—Después de todos estos siglos... —siguió el niño con voz de ultratumba.

La voz le tembló.

—Después de todo lo que ocurrió...

Miriam avanzó otro paso.

El inquietante niño la señaló con una mano temblorosa.

—Él tenía razón.

Nailah intercambió una mirada con Axel.

—¿Quién?

El hombre apenas parecía consciente de ellos.

Solo miraba a Miriam.

—Mandalay...

La palabra resonó por la sala. Miriam cerró los ojos un instante. Demasiado tarde. El nombre ya había sido pronunciado.

El niño soltó una risa incomoda.

—Llegáis tarde.

Su mirada se desplazó hacia el pedestal vacío.

—El Maestro recuerda.

El agua goteó desde alguna galería oculta. Nadie se movió.

—Alejandro debió morir aquí.

Axel aferró el mango de su hacha. Las llamas verdes del filo proyectaron reflejos enfermizos sobre las paredes.

—No me gusta —gruñó.

—A mí tampoco —dijo Nailah sin apartar la mano de una de sus katanas.

El niño inclinó la cabeza. Sus ojos eran extraños. Demasiado viejos. Demasiado vacíos y sin embargo, había algo peor que la edad en ellos. Algo roto. Algo que llevaba mucho tiempo escuchando voces que nadie más podía oír.

—Habéis llegado tarde —susurró.

Su voz parecía surgir desde muy lejos.

Benjamín avanzó un paso.

—¿Quién eres?

El muchacho tardó unos segundos en responder.

—Nadie importante.

—Eso suele significar lo contrario —replicó Don Pelayo.

Por primera vez el niño mostró algo parecido a una sonrisa.

Duró apenas un instante.

—Mi maestro decía lo mismo.

Aquellas palabras hicieron que Miriam se detuviera en seco.

Nailah la observó de reojo.

La guerrera pelirroja había palidecido aún más. Sus dedos buscaron el pomo de la espada.

—¿Tu maestro? —preguntó Aesir.

El niño giró la cabeza hacia él.

—Duerme.

Luego señaló la oscuridad que se extendía al fondo de la alería.

—Pero sigue soñando.

Un goteo resonó entre las columnas.

Nadie habló.

—Sus sueños llegan lejos —continuó el muchacho—. Alcanzan las ciudades. Alcanzan las tumbas. Alcanzan a quienes saben escuchar.

Su mirada recorrió uno por uno a los presentes.

—Algunos hombres oyen la llamada.

Sus ojos se posaron sobre Benjamín.

—Algunos vampiros también.

Después miró a Axel.

—Y algunos lobos.

El Gangrel mostró los colmillos.

—Empiezas a cansarme.

El niño no reaccionó.

—No importa.

Se volvió y comenzó a caminar.

—Venid conmigo.

—¿Por qué deberíamos hacerlo? —preguntó Don Pelayo.

El muchacho se detuvo.

—Porque buscáis respuestas.

Miró por encima del hombro.

—Y porque la espada ya no está donde debería.

Aquello bastó. El grupo intercambió miradas. Después siguieron al niño.

Solo Miriam permaneció inmóvil.

—No.

Su voz sonó seca. Todos se volvieron hacia ella. La antigua guerrera observaba el túnel con los ojos abiertos de par en par.

—No debemos seguir.

—¿Por qué? —preguntó Nailah.

—Porque sé adónde conduce ese camino.

El silencio se hizo más profundo. El niño aguardó varios pasos por delante. Inmóvil. Paciente.

—Entonces explícalo —dijo Axel.

Miriam negó con la cabeza.

—No.

—Llevas toda la noche ocultando cosas —replicó Nailah—. Ya basta.

La pelirroja apretó los dientes.

Durante unos segundos pareció debatirse consigo misma.

—Hay lugares que deberían permanecer sellados.

—Eso no responde nada.

—Es suficiente.

—Para mí no —dijo Nailah.

Miriam levantó la vista, había miedo en sus ojos. Miedo de verdad. No por ella. Por lo que aguardaba delante.

—Escuchadme.

Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Si aún podemos regresar, debemos hacerlo ahora.

Nadie se movió. Aesir observó a la guerrera con atención.

El silencio que siguió resultó peor que cualquier amenaza. Nailah alzó la segunda katana.

—No vas a irte a ninguna parte —le dijo al niño viendo que estaba retrocediendo.

El niño sonrió. Una sonrisa cansada. Resignada y echó a correr.

Se lanzó hacia uno de los túneles laterales y desapareció entre las sombras de las galerías funerarias.

—¡Detrás de él! —rugió Axel.

El vikingo avanzó el primero. Tras él corrieron Nailah, Benjamín y Pelayo.

Aesir fue el último en moverse. Porque, antes de abandonar la cámara, miró una vez más el pedestal vacío y tuvo la desagradable sensación de que la espada no había sido robada.

Había sido reclamada.

 

Hombre Lobo
El lupino

La galería desembocó en una cámara inmensa. Las llamas de Aesir apenas alcanzaron a iluminar sus límites. No parecía una prisión, ni una tumba. Parecía un santuario olvidado. Columnas macedonias rodeaban una plataforma circular excavada en la roca. Antiguos símbolos cubrían el suelo. Algunos estaban grabados por manos griegas. Otros habían sido añadidos siglos después. Había sangre seca sobre varias inscripciones y restos de velas consumidas alrededor del círculo central.

El aire resultaba más frío allí. Más pesado. Algo antiguo habitaba aquel lugar. Algo que había atraído a demasiada gente durante demasiado tiempo.

El niño oscuro se detuvo al borde de la cámara. Por primera vez pareció inquieto. Retrocedió un paso. Entonces un rugido sacudió las profundidades. No fue un sonido animal, fue algo peor. El eco golpeó las columnas y recorrió la sala entera.

Pedazos de polvo cayeron desde el techo. Axel apretó el mango de su hacha. La hoja encantada respondió con una llamarada verde fantasmal que bañó la cámara con reflejos espectrales.

—Ya está aquí —gruñó.

Una sombra enorme emergió entre las ruinas. Después otra y finalmente apareció él.

El hombre lobo.

Medía casi tres metros. Su pelaje oscuro estaba cubierto de cicatrices antiguas. Sobre el pecho alguien había pintado un tercer ojo con sangre reseca. Símbolos persas recorrían sus brazos y su cuello. Algunos parecían tatuajes luminosos. Otros parecían marcas grabadas directamente en la carne. Sus ojos brillaban con un odio feroz.

No miró al niño ni a Miriam. Miró a los vampiros. A todos ellos y enseñó los colmillos.

—Atrás —dijo Miriam.

Por primera vez sonó aterrada.

—No entiende razones.

El lupino rugió otra vez. Luego cargó. La distancia desapareció en un instante. Axel apenas tuvo tiempo de levantar el hacha.

—¡Por fin! —bramó el vikingo.

Las llamas verdes iluminaron su sonrisa salvaje. El impacto llegó como una avalancha. La garra del hombre lobo atravesó la oscuridad y golpeó el pecho de Axel. La piel se rasgó, la carne se abrió y cuatro surcos profundos cruzaron su torso. La sangre salió disparada contra las piedras.

El Gangrel retrocedió dos pasos.

Un hombre normal habría caído muerto. Axel escupió sangre a un lado y siguió en pie.

—Eso ha dolido —gruñó.

El segundo zarpazo llegó antes de que terminara la frase. Axel logró girar el cuerpo. Las garras rasgaron su hombro. El dolor le recorrió todo el brazo. La herida no era profunda. Pero la corrupción sobrenatural de aquellas garras resultaba evidente.

Aesir lo comprendió desde el aire.

Flotaba seis metros por encima del suelo, envuelto por el resplandor anaranjado de la llama que sostenía en la mano. Preparó un conjuro. El fuego creció pero después dudó. Axel y el lupino estaban demasiado cerca.

Una llamarada podía alcanzar a ambos.

Abajo, Nailah ya se había transformado. Sus huesos crujieron. Su figura se alzó casi un metro más. La piel adquirió matices oscuros y dorados. Su rostro conservó rasgos humanos, pero algo antiguo y depredador emergió bajo ellos. La silueta recordaba a las imágenes olvidadas de Anubis esculpidas en templos sepultados por la arena. Las dos katanas de plata reflejaron la luz espectral del hacha.

—Esta presa es mía —dijo.

El hombre lobo giró la cabeza hacia ella y sonrió percibiendo la plata de sus armas. Aquello resultó peor que cualquier rugido.

Benjamín desapareció. La ofuscación cayó sobre él igual que un velo. Un instante después ya no estaba. Solo quedó el sonido de una espada abandonando la vaina. El Nosferatu avanzó entre columnas derruidas, buscando un ángulo de ataque imposible.

Miriam permaneció inmóvil. Sujetaba la espada con ambas manos. No apartaba la vista del círculo de piedra. Del centro de la cámara. De algo que solo ella parecía comprender.

—No... —susurró.

El combate rugía a su alrededor. Pero ella observaba otra cosa. Otro tiempo. Otro recuerdo.

De pronto algo cambió en su expresión. La vacilación desapareció. Apretó los dientes. Desenvainó la espada y cargó. Su capa voló tras ella mientras corría hacia el lupino.

Al otro extremo de la cámara, el niño oscuro aprovechó el caos. Echó a correr. Sus pies golpearon la piedra húmeda. Don Pelayo lo vio alejarse.

—¡Alto!

El ghoul ni siquiera miró atrás. Se lanzó por una galería lateral. Pelayo corrió tras él. La oscuridad se tragó a ambos. Durante un instante solo quedó el eco de sus pasos y entonces desaparecieron.

En la cámara principal, Axel levantó el hacha encantada para devolver el golpe. Nailah saltó sobre los escombros con las katanas preparadas.

Benjamín surgió de la nada tras la espalda del monstruo y Miriam llegó al alcance de su espada.

El hombre lobo, rodeado de enemigos giró sobre sí mismo, demasiado rápido. Mucho más rápido de lo que debería ser posible para una criatura de aquel tamaño y sus ojos se clavaron en ellos. En todos ellos. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

  

Nailah forma Anubis incompleta
La caída del guardián

El hombre lobo giró sobre sí mismo. Sus ojos ardían con furia.

Benjamín apareció a su espalda. Miriam llegó por el frente. Axel levantó el hacha encantada y entonces Aesir actuó.

El Tremere extendió la mano desde las alturas. La sangre de antiguos rituales respondió a su llamada. Palabras olvidadas resonaron en la cámara. No fueron pronunciadas en voz alta. Las paredes las escucharon igualmente.

El aire se contrajo alrededor del lupino. De pronto, algo invisible tiró de sus brazos. Después de sus piernas. Después de su cuello. El monstruo rugió. Intentó avanzar pero no pudo. Las cadenas no existían y, aun así, estaban allí. Se tensaron alrededor de su cuerpo gigantesco. La piedra crujó bajo sus patas.

—¡Ahora! —gritó Aesir.

Nailah ya estaba en movimiento. La sangre ardió en su interior.

Sus músculos se hincharon. La forma tifónica respondió a su llamada. Su figura se había vuelto más alta, más rápida y más poderosa. La antigua bendición de Set recorrió cada fibra de su cuerpo.

Corrió.

El hombre lobo intentó liberarse. Las cadenas invisibles se cerraron aún más. La primera katana describió un arco de plata.

La hoja atravesó el aire con un silbido seco. El corte alcanzó la pierna derecha del lupino bajo la rodilla. Carne, músculo, hueso, todo se separó de una sola pasada. La extremidad cayó sobre las piedras.

El rugido del monstruo sacudió la cámara. Pero Nailah ya estaba dentro de su guardia.

La segunda espada ascendió. Sobre el pecho del hombre lobo apareció una armadura de luz. Eran runas antiguas, simbolos de protecciones olvidadas. Un resplandor dorado que intentó cerrarse alrededor de su cuello.

Demasiado tarde.

La plata golpeó primero. La katana atravesó la defensa sobrenatural. La luz se quebró. Después llegó el filo de plata.

La cabeza del lupino abandonó los hombros.

Durante un instante todo quedó inmóvil. Luego el cuerpo cayó. La cabeza rodó varios metros entre las piedras. El silencio regresó a la cámara.

La monstruosa forma de guerra comenzó a deshacerse. El pelaje desapareció. Los huesos se encogieron. Las garras retrocedieron.

Cuando la transformación terminó, tres pedazos humanos yacían sobre el suelo ensangrentado.

Nadie habló durante varios segundos.

El peligro había cesado, al menos por ahora.

Axel apoyó el extremo del hacha contra el suelo. La herida de su pecho era espantosa, otra cómo esa  y ahora estaría criando malvas.

Las garras habían abierto un surco que cruzaba todo el torso. Entre los jirones de carne podían verse músculos desgarrados y fragmentos de hueso cubiertos de sangre oscura.

Aun así seguía de pie.

—He tenido noches peores —gruñó.

—Eres un mentiroso horrible —dijo Benjamín.

El Gangrel soltó una carcajada ronca. A varios pasillos de distancia, Don Pelayo redujo el paso.

El niño oscuro había reaparecido.

Permanecía inmóvil en mitad de la galería. Había escuchado el combate. Había escuchado el silencio posterior y comprendió lo ocurrido.

Sus ojos antiguos se clavaron en el Lasombra.

—El guardián ha caído.

No parecía aliviado. Tampoco satisfecho. Parecía preocupado. Muy preocupado.

De vuelta en la cámara, Aesir descendió poco a poco hasta tocar el suelo. Observó los restos del lupino. Después señaló la sangre que corría entre las grietas de la piedra.

—No dejéis que se pierda.

Axel levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque vale una fortuna.

El Tremere se arrodilló junto al cadáver.

—Sangre de Garou. Pocos pueden conseguirla.

Axel sonrió. Entonces recordó algo. Abrió una bolsa de viaje colgada al cinturón. Sacó una vieja cantimplora ornamentada.

—Para algo servirá esto.

Destapó el recipiente encantado y comenzó a llenarlo con la sangre del hombre lobo.

El líquido oscuro desapareció en su interior.

—No tardará en corromperse fuera del cuerpo —advirtió Aesir—. Diez minutos, quizá quince.

Axel agitó la cantimplora.

—Entonces ha tenido suerte de encontrar un hogar nuevo. Es una cantimplora especial, aquí la sangre no se pudre.

Aesir sonrió sorprendido.

La sangre siguió cayendo dentro del recipiente mientras la cámara recuperaba la calma, pero ninguno de los presentes olvidó la última mirada del niño. Porque no parecía la mirada de alguien que acababa de perder a un aliado. Parecía la mirada de alguien que acababa de perder la última puerta que mantenía encerrado algo mucho peor.

  

Axel Ulmer, El Aullador,
Neonato Gangrel
Revelación final

El silencio se extendió por la cámara tras la muerte del lupino.

Solo se oía el goteo del agua entre las piedras antiguas y la respiración pesada de Axel mientras la herida de su pecho comenzaba a cerrarse a duras penas.

Los restos del hombre lobo permanecían esparcidos sobre el suelo. La sangre corría entre las grietas y desaparecía en la oscuridad de los canales subterráneos.

Nadie habló durante unos instantes.

Entonces el niño ghoul se acercó a Don Pelayo. No parecía satisfecho por la muerte del guardián. Parecía asustado. De verdad.

Pelayo lo observó con atención.

—¿Qué ocurre?

El niño tardó unos segundos en responder. Sus ojos se desviaron hacia Miriam, que permanecía cómo siempre en un segundo plano.

—No lo entendéis.

—Explícalo.

El ghoul tragó saliva. Por primera vez desde que lo habían encontrado parecía un niño perdido y no una criatura nacida de las pesadillas.

—El Maestro no quería mataros.

Aquellas palabras provocaron varias miradas de desconfianza.

Axel apoyó el hacha sobre el hombro.

—Pues tiene una forma extraña de recibir visitas.

—No era una trampa para vosotros —insistió el ghoul.

Nailah entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿para quién era?

La respuesta llegó acompañada de un largo silencio. El niño volvió a mirar a Miriam.

—Para ella.

La guerrera se quedó inmóvil. Nadie pasó por alto aquel gesto.

—Habla —ordenó Benjamín.

El ghoul señaló a la antigua guerrera con una mano temblorosa.

—Lleva siglos buscándola.

El aire pareció volverse más frío.

—¿Quién? —preguntó Aesir.

—Mandalay.

El nombre cayó sobre la cámara igual que una piedra sobre agua inmóvil.

Miriam cerró los ojos. Durante un instante pareció mucho más vieja que su apariencia juvenil.

—No... —susurró.

El niño continuó.

—El Maestro no necesita sangre.

—Ya hemos oído suficientes profecías esta noche —gruñó Axel.

—No necesita sacrificios.

La voz del ghoul ganó firmeza.

—No necesita rituales.

Necesita a la última guardiana.

Las palabras resonaron bajo las bóvedas de piedra.

Nadie habló.

—Necesita encontrarla. Necesita alcanzarla. Necesita despertar a través de ella.

Nailah giró la cabeza hacia Miriam.

La guerrera no levantó la vista. Sus dedos se habían cerrado con fuerza sobre la empuñadura de la espada.

—¿Qué significa eso? —preguntó Don Pelayo.

El ghoul dio un paso atrás.

—Significa que la estaba buscando.

Desde hace siglos. Desde antes de que muchos reinos nacieran.

Desde antes de que estas galerías fueran olvidadas.

Miriam soltó una amarga exhalación y entonces comprendieron la verdad.

La tumba, el despertar, los cadáveres, los túneles, los sueños. Todo formaba parte de la misma búsqueda. No habían encontrado a Miriam por casualidad. Habían abierto una puerta y aquello que dormía al otro lado acababa de descubrir que ella seguía existiendo.

El niño bajó la cabeza.

—Ahora ya lo sabe.

El silencio volvió a caer sobre la cámara.

Miriam levantó la vista hacia la oscuridad que se extendía más allá de las columnas derruidas. Permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después habló. Su voz apenas fue un susurro.

—Ahora sí me ha encontrado.

Nadie respondió. Porque todos comprendieron lo que aquellas palabras significaban. Despertar a la guerrera no había sido el final del misterio, más bien había sido el principio.

Entonces ocurrió.

Al fondo de la cámara. Más allá de las ruinas, más allá de la luz de la llama de Aesir. Dos ojos aparecieron en la oscuridad.

Verdes, antinaturales e inmóviles. Observándolos. No pertenecían a ningún animal u hombre.

Sólo se veían aquellos ojos, esperando, mirándolos desde las profundidades.

El miedo recorrió la cámara.

Incluso Axel sintió un nudo en el estómago. Incluso Nailah dejó de moverse.

Incluso Aesir olvidó las palabras de sus hechizos.

Los ojos no parpadearon, ni se movieron, simplemente observaron.

Algo había despertado.