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| Ambrogino Giovanni, Sire de Vinzenzo |
La noche pesaba sobre
Jerusalén cuando Vinzenzo descendió solo a las criptas. No llevaba guardias. Bianca
tampoco iba con él. Ni siquiera avisó a Aesir. Bajó con una lámpara de aceite
en una mano y el silencio pegado a la espalda.
Las galerías
inferiores de la mansión Giovanni olían a tierra húmeda. Nichos excavados en la
roca llenaban las paredes. Algunos sellados, otros abiertos. En varios
descansaban cuerpos vestidos con túnicas oscuras, conservados con un cuidado
enfermizo. La Familia honraba a sus muertos y temía a algunos de ellos.
Vinzenzo avanzó hasta
una puerta de piedra negra marcada con símbolos funerarios. Dos figuras
esculpidas sostenían una balanza sobre el dintel.
Empujó.
La puerta cedió con
un ruido grave. Dentro no había lujo. Solo oscuridad. Una mesa, dos sillas, un
brasero apagado y un hombre sentado en silencio, levantó la vista despacio.
Ambrogino Giovanni.
Parecía un cadáver
vestido de noble. Tenía la piel grisácea, los ojos hundidos y dedos largos
adornados con anillos antiguos. Su cabello oscuro le caía hasta los hombros y poseía
una sonrisa maquiavélica que le marcó el rostro al ver entrar a su chiquillo.
—Mira quien llega
—dijo con voz seca—. El nuevo señor del barrio judío viene a buscar consejo.
Vinzenzo cerró la
puerta tras él.
—Y cómo te gusta que
lo haga, Sire.
Ambrogino soltó una
risita.
—No. Necesitas miedo.
Las respuestas llegan después.
Señaló la silla
frente a él.
—Siéntate.
El anciano lo observó
de arriba abajo mientras Vinzenzo tomaba asiento.
—¿Cuánto hace desde
que te dieron el señorío? ¿Dos noches? ¿Tres?
—Sí. Cómo sabes es
compartido con Aesir el Tremere.
—Peor todavía.
Ambrogino apoyó los
codos sobre la mesa.
—Jerusalén mastica
neonatos más antiguos que tú y luego escupe los huesos.
La lámpara lanzó
sombras largas sobre las paredes.
—¿Qué ocurre?
—Han comenzado
rumores sobre una poderosa reliquia —comenzó a explicar Vinzenzo—, la espada de
Alejandro Magno. Y con ellos se dice que al anciano Mandalay, leyenda de la
Estirpe, regresará a por la espada. Ha habido extraños asesinatos con
sangrientos mensajes y todo esto ha salpicado a Ethera la anciana Brujah, la
santa de Belén. Tengo a un grupo de neonatos investigando el asunto para Ethera
y creo que la anciana tiene miedo a Mandalay, ambos de la misma antigüedad,
parece. Parece haber un hombre lobo matando en la ciudad, y dejándonos mensajes
amenazadores. Luego está Magdalena, chiquilla de Narses de Venecia, posicionada
claramente como nuestra enemiga, seguro que están interesados en la reliquia
para desequilibrar el vacío de poder la ciudad.
Ambrogino escuchó sin
interrumpir. No cambió el gesto al oír nombres, clanes ni rumores. Solo
tamborileó los dedos huesudos sobre la madera.
Cuando Vinzenzo
terminó, el anciano preguntó:
—¿Y?
Silencio.
—Nos encontramos
investigando para Ethera. Ambos saldremos beneficiados.
—¿Y?
Ambrogino inclinó la
cabeza.
—¿Crees que eres el
primero que escucha rumores sobre reliquias en Jerusalén? Aquí cada piedra
esconde el clavo de un mártir, el hueso de un profeta o la tumba de algún
monstruo olvidado.
Se levantó despacio.
—Las ciudades santas
producen fe. Y la fe siempre atrae idiotas peligrosos.
Caminó alrededor de
la mesa.
—Esta vez es distinto
—murmuró con sorna—. Siempre decís eso.
—Puede que tengas
razón y no sea nada, —respondió Vinzenzo— pero no quise quedarme con los brazos
cruzados.
Ambrogino sonrió.
—Ah. Ahí está el
problema.
Señaló a su chiquillo
con un dedo largo.
—Ya empiezas a creer
en la historia.
El silencio cayó
entre ambos. Desde algún lugar profundo llegó el ruido lento del agua
filtrándose entre las piedras.
Vinzenzo sostuvo la
mirada de su sire.
—Sí, supongo que me
he dejado llevar por los rumores, dándoles veracidad, pero tenía ganas de salir
a bailar ¿Qué debería hacer?
Ambrogino soltó una
carcajada áspera.
—Por fin haces la
pregunta correcta.
Pasó junto a los
nichos abiertos de la pared.
—Primero, deja que
los jóvenes corran delante de ti.
Rozó un cráneo
amarillento con las uñas.
—Gangrel, Nosferatu,
Setitas, Tremere curiosos, todos creen que buscan poder. Déjalos abrir puertas,
déjalos despertar cosas.
—Son herramientas
útiles —respondió Vinzenzo.
—Pueden morir
—repitió Ambrogino con desinterés—. Entonces aprenderán algo útil antes de
desaparecer.
Se detuvo junto al
brasero apagado.
—Segundo. Nunca seas
el primero en tocar una reliquia.
Giró la cabeza
despacio.
—Las cosas antiguas
siempre se cobran un precio y el primero que paga suele ser el imbécil que la
encontró.
Vinzenzo guardó
silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—Eso lo tenía en
cuenta, Sire, siempre tendré cabezas de turco que trabajen para mí.
La sonrisa de
Ambrogino enseñó dientes.
—Magdalena quiere
poder rápido. Eso la vuelve peligrosa… y previsible.
Regresó hasta la
mesa.
—Los Assamita creen
en el control. Los Lasombra creen en el miedo. Los Tremere creen en secretos.
Se golpeó el pecho
con dos dedos.
—Nosotros entendemos
algo mejor.
Hizo una pausa.
—La deuda.
Se inclinó hacia
delante.
—Haz que todos te
deban algo: refugio, protección, información, sangre, da igual.
Sus ojos muertos
brillaron bajo la luz débil.
—Cuando llegue la
guerra, quien debe demasiado no puede permitirse traicionarte.
Vinzenzo observó la
llama de la lámpara.
—Creo que ya he
iniciado ese camino, Sire.
—Entonces no busques
la espada —respondió Ambrogino.
Hubo un silencio
incómodo.
—Busca al imbécil
dispuesto a matar por ella.
El anciano tomó la
copa vacía que había sobre la mesa y la hizo girar entre los dedos.
—Las reliquias no
destruyen ciudades, Vinzenzo, las personas sí.
La llama vaciló.
Ambrogino observó el
fuego unos segundos.
—Y escucha bien esto
chiquillo —susurró—, Jerusalén no pertenece al más fuerte.
Vinzenzo alzó la
vista.
—Pertenece al último
monstruo que sigue vivo cuando todos los demás terminan de destriparse entre
ellos.
El silencio se volvió
pesado. Vinzenzo comprendió entonces por qué tantos dentro de la Familia
odiaban a Ambrogino y por qué seguía vivo.
El anciano levantó la
copa vacía.
—Ahora dime algo
interesante.
Vinzenzo dudó un
instante antes de hablar.
—Hay un Tzimisce
Obertus, que se ha interesado en ti. Alexus.
Ambrogino dejó de
mover la copa. Por primera vez desde que empezó la conversación, el anciano
quedó quieto, muy quieto. Luego sonrió despacio y aquella sonrisa no tuvo humor
alguno.
—Ah…
El anciano apoyó la
copa sobre la mesa.
—Entonces llegamos
tarde.
—Prefería que lo
supieras —dijo Vinzenzo.
—Sal ahí fuera y
demuestra porque te abracé —finalizó Ambrogino.
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| Golem de fuego de Ines |
Las cloacas
desembocan bajo una ruina olvidada del barrio judío.
Escaleras húmedas ascienden hasta una cámara excavada bajo piedra antigua.
Dentro, el aire cambiaba de golpe.
La humedad de las cloacas quedaba atrás y un
calor seco envolvía la piel, pesado, artificial, nacido de braseros ocultos
entre la piedra. El olor a agua podrida desaparecía bajo capas de cera
consumida, pergamino viejo y hierro caliente.
El santuario de Aesir no parecía un refugio
improvisado.
Parecía un secreto construido para durar
siglos.
La cámara se extendía bajo las ruinas del
barrio judío, excavada en roca antigua y reforzada con columnas cubiertas de
símbolos arcanos. Parte templo. Parte fortaleza subterránea. Parte biblioteca
prohibida.
Círculos grabados en el suelo recorrían la
estancia entre líneas de ceniza negra y marcas escritas en lenguas olvidadas.
Algunos símbolos brillaban apenas bajo la luz temblorosa de las lámparas de
aceite.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías
repletas de libros encadenados. Tomos gruesos con cierres metálicos. Pergaminos
guardados en cilindros de hueso. Manuscritos escritos sobre piel curtida. Nada
parecía colocado al azar.
En el centro de la sala descansaba una mesa
enorme de madera oscura. Mapas de Jerusalén cubrían la superficie, sujetos con
cuchillos, piedras y pequeños pesos de bronce. Calles marcadas con tinta roja.
Símbolos persas. Nombres escritos en griego, hebreo y latín.
Y al fondo permanecía Ignes.
El gólem de fuego no se movía.
Su cuerpo parecía tallado en piedra
volcánica, cruzado por grietas donde ardía una luz naranja profunda, lenta,
igual que brasas ocultas bajo ceniza. No respiraba. No parpadeaba. No hacía
ruido alguno.
Pero todos sentían su mirada.
Pesada.
Fija.
Esperando.
Cada vez que alguien levantaba demasiado la
voz o dudaba antes de hablar, la cabeza del gólem parecía inclinarse apenas
unos centímetros, suficiente para recordar que aquel lugar no solo era un
refugio.
También era una prisión para cualquiera que
decidiera traicionar a su dueño.
Aesir les dio la
bienvenida a su refugio secreto.
Eran los primeros
invitados que cruzaban aquellas puertas, pero también los últimos que podrían
encontrar el camino de regreso por sí mismos.
—Cuando abandonéis
este lugar, no recordaréis cómo volver —les explicó con calma—. Es una
protección necesaria.
Antes de conducirlos
al interior, el Tremere recorrió los accesos una vez más. Esparció ceniza negra
sobre la piedra húmeda y trazó símbolos arcanos junto a la entrada. Después
inspeccionó los túneles que conectaban con las cloacas, atento a cualquier
rastro de perseguidores. Solo cuando estuvo seguro de que nadie los había
seguido permitió que las puertas del santuario se cerraran tras ellos.
Los acomodaron en
varias celdas destinadas a los invitados. Eran pequeñas, austeras y limpias,
excavadas en la roca y separadas por gruesos muros de piedra.
Axel tardó poco en
causar cierta inquietud. Su curiosidad lo empujó a acercarse demasiado a Ignes.
Rodeó al gólem de fuego con cautela, observando las grietas incandescentes que
recorrían su cuerpo pétreo como si estudiara una criatura imposible. La inmensa
figura no reaccionó, pero varios presentes contuvieron el aliento mientras el
gigante nórdico permanecía a escasos pasos de aquella montaña de roca ardiente.
Benjamín encontró
otro motivo para distraerse. Sus ojos recorrieron las estanterías cargadas de
manuscritos y pronto reconoció varios textos escritos por Tremere siglos atrás.
Algunos estaban redactados en griego antiguo; otros, en hebreo. Se acercó a
ellos con una mezcla de fascinación y respeto, consciente de que observaba
conocimientos que muy pocos habían tenido la oportunidad de contemplar.
Nailah, por el
contrario, no logró relajarse.
Aquel lugar
despertaba algo en ella que no sabía nombrar. Mantenía la espalda recta, los
sentidos alerta y la mirada en constante movimiento. Cada sombra parecía
esconder un secreto. Cada símbolo grabado en la piedra le recordaba que se
encontraba en territorio ajeno.
Aesir percibió su
incomodidad.
—Hay una condición
que debéis respetar —dijo mientras los observaba uno a uno—. No pronunciéis el
nombre de este santuario fuera de estas paredes. No habléis de él. No insinuéis
siquiera su existencia.
La luz de las
lámparas tembló sobre los símbolos grabados en la roca.
—Algunos secretos sobreviven
porque nadie los busca. Este es uno de ellos. Y me gustaría que siguiera siendo
así.
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| Hermano Martín, Ghoul de Ethera |
La mansión Giovanni
permanecía en silencio cuando llamaron a la puerta.
La noche había
avanzado y los criados recorrían los pasillos con lámparas de aceite. Fuera, el
barrio judío descansaba bajo la sombra de las murallas.
Uno de los guardias
abrió. Al otro lado esperaba el Hermano Martín. Su hábito estaba cubierto de
polvo. El barro se acumulaba en sus botas hasta los tobillos y el sudor había
oscurecido la tela bajo el cuello. Había cabalgado rápido.
—Necesito hablar con
Don Vinzenzo —dijo—. Es urgente.
Los sirvientes
intercambiaron una mirada y lo hicieron pasar.
Pocos minutos
después, Martín entró en la sala principal. El fuego proyectaba reflejos
rojizos sobre las paredes y sobre las reliquias que adornaban la estancia.
Vinzenzo Giovanni levantó la vista de los documentos que revisaba.
—Has recorrido media
Judea para llegar con ese aspecto —dijo—. Espero que merezca la pena.
Martín no tomó
asiento.
—Alguien ha entrado
en uno de los refugios de Ethera.
Vinzenzo permaneció
inmóvil.
—¿Han robado algo?
—No.
Aquella respuesta
pareció inquietarlo más que cualquier otra.
—Entonces explícate.
Martín avanzó hasta
la mesa.
—No buscaban objetos.
Sacó un pequeño trozo
de tela envuelto en pergamino y lo dejó frente al Giovanni.
—Solo dejaron un
mensaje.
Vinzenzo desplegó la
tela.
Manchas oscuras
cubrían la superficie. Sangre seca.
—Había decenas de
ratas muertas por toda la capilla —continuó Martín—. Encontramos símbolos
persas pintados con sangre en las paredes.
Vinzenzo observó el
dibujo unos segundos.
—¿Y el mensaje?
Martín respiró hondo.
—Estaba escrito en
persa antiguo.
Guardó silencio un
instante antes de recitarlo.
—«La vergüenza del
macedonio aún respira.»
El crepitar del fuego
fue el único sonido de la sala. Vinzenzo apoyó despacio la tela sobre la mesa.
—Ya empiezan los
juegos de Mandalay.
Martín asintió.
—Ethera piensa lo
mismo.
—¿Qué más encontró?
—Nada.
La respuesta llegó
demasiado rápido. Vinzenzo entrecerró los ojos.
—Mientes mal para ser
monje.
Martín bajó la
mirada.
—Había huellas.
—¿Humanas?
—No.
La sala volvió a
quedar en silencio.
—Había marcas de
arrastre. Algo entró en la capilla desde el subsuelo.
Vinzenzo apoyó los
dedos sobre la mesa.
—¿Una tumba?
—Una galería antigua.
Los hermanos desconocían su existencia.
—Interesante.
Martín dio un paso
más.
—Mi señora no pide
ayuda con facilidad.
Vinzenzo no
respondió.
—Hay algo dentro de
Belén.
La voz del monje se
volvió más grave.
—Y no creo que haya
entrado andando.
Aquellas palabras
quedaron suspendidas entre ambos.
Al fin, Vinzenzo se
levantó.
—No buscáis un arma
—murmuró mientras caminaba hacia una ventana—. Buscáis una humillación antigua.
Martín lo observó en
silencio.
—Alejandro derrotó
algo aquí.
El Giovanni volvió la
cabeza.
—Y Persia jamás lo
olvidó.
El nombre de Mandalay
no necesitó pronunciarse de nuevo.
Ya estaba presente en
la habitación.
Vinzenzo permaneció
unos segundos mirando la oscuridad más allá de los cristales.
Después llamó a un
sirviente.
—Trae a nuestros
invitados.
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| Vinzenzo Giovanni, Capadocio, Señor del Barrio Judío |
No pasó mucho tiempo
antes de que Nailah, Benjamín y Axel llegaran a la mansión.
La setita tomó
asiento sin perder detalle de la sala. Benjamín observó el rostro cansado del monje
y comprendió que aquello no era una visita de cortesía.
Axel permaneció de
pie.
—¿Quién ha muerto
esta vez?
Martín lo miró.
—Nadie.
El Gangrel frunció el
ceño.
—Entonces no parece
urgente.
—Todavía.
Vinzenzo se acercó a
la mesa.
—Escuchad con atención.
Los tres guardaron
silencio.
—Alguien ha penetrado
en uno de los refugios de Ethera en Belén.
Nailah apoyó los
codos sobre la mesa.
—¿Mandalay?
—Es una posibilidad
—respondió Vinzenzo.
Benjamín levantó la
vista.
—¿Han encontrado algo
relacionado con la espada?
—No directamente.
Martín tomó la
palabra.
—Pero dejaron un
mensaje relacionado con Alejandro.
El Nosferatu
intercambió una mirada con Nailah.
—Entonces sí está
relacionado.
Vinzenzo asintió.
—Eso pienso yo.
Axel cruzó los
brazos.
—¿Y qué hacemos?
El Giovanni señaló a
los tres.
—Vosotros viajaréis a
Belén.
El vikingo sonrió.
—Por fin.
—No te emociones
tanto.
La sonrisa
desapareció. Vinzenzo continuó.
—Averiguad quién ha
amenazado a Ethera. Descubrid qué buscaba y si existe alguna conexión con Mandalay,
con la espada o con las antiguas ruinas que estamos investigando.
Nailah inclinó la
cabeza.
—¿Y vosotros?
La pregunta iba
dirigida a Vinzenzo y Aesir.
—Nos quedaremos en
Jerusalén —respondió el Tremere desde la puerta.
Había llegado sin que
nadie lo oyera.
—Hay demasiados
intereses moviéndose al mismo tiempo.
Vinzenzo asintió.
—Hablaremos con
quienes controlan esta ciudad. Si Mandalay está reuniendo aliados o buscando
apoyo, alguien habrá oído algo.
Benjamín cerró el
estuche que llevaba consigo.
—Entonces nosotros
seguimos las huellas.
—Exacto —dijo
Vinzenzo.
Axel apoyó una mano
sobre el pomo de su hacha.
—Belén.
Nailah sonrió.
—Espero que esta vez
encontremos respuestas.
Martín negó despacio.
—En Tierra Santa las
respuestas siempre traen más preguntas.
El silencio que
siguió no fue cómodo, porque todos comprendieron la misma verdad.
Si Mandalay había
decidido mostrar su presencia de forma tan abierta, significaba que estaba
cerca de alcanzar algo.
Y cuando los enemigos
dejan de ocultarse, suele ser porque la partida entra en sus últimos
movimientos.
![]() |
| Nailah Salem, Seguidora de Set |
El barrio cristiano
seguía despierto.
Las tabernas aún
derramaban luz sobre las calles y los últimos peregrinos buscaban refugio antes
del amanecer. Nailah caminó entre ellos con la capucha cubriendo su rostro.
Jerusalén era una
ciudad dividida. Los musulmanes vigilaban los suyos. Los judíos protegían sus
calles. Los armenios sonreían demasiado poco, y aquella noche, el barrio
armenio le había dejado una sensación desagradable. Decidió ir al barrio
cristiano.
Entró en una taberna
cercana a la muralla. El aire lleno de humo, olía a vino agrio. Varias mesas
seguían ocupadas por mercenarios y buscavidas.
Nailah tomó asiento
en un rincón y esperó.
No tardó en aparecer
un hombre entre las sombras de la sala. Delgado, sucio y nervioso. Sus ojos
recorrían bolsillos, bolsas y cinturones con la rapidez de una rata buscando
comida.
Ella lo había visto
antes, era un ladrón, un estafador y algo peor... Las historias que circulaban
sobre él hablaban de niñas desaparecidas y viajeros degollados en callejones
oscuros.
El hombre se acercó.
—¿Esperas compañía?
—preguntó.
Nailah levantó la
vista. Sus ojos dorados encontraron los del ladrón. El hombre sonrió al
principio. Después dejó de sonreír.
Su rostro se volvió
vacío.
—Ven conmigo —susurró
ella.
Él obedeció.
Salieron por una
puerta lateral y caminaron hasta un tramo abandonado de las murallas.
La ciudad quedaba
abajo, oscura y silenciosa.
—Mírame —ordenó
Nailah.
El hombre obedeció.
Ella apartó la capucha.
Las pupilas del ladrón se dilataron. No llegó a gritar. Los colmillos
encontraron su garganta. La sangre llegó caliente, rápida y llena de miedo.
Nailah bebió hasta
que el corazón perdió fuerza y el cuerpo quedó inerte entre sus brazos. Cuando
terminó, observó el cadáver unos segundos.
—Jerusalén será un
lugar mejor sin ti.
Lo arrastró hasta el
borde de la muralla. Abajo esperaba un barranco cubierto de maleza y piedras.Lo
empujó. El cuerpo desapareció en la oscuridad. Alguna alimaña encontraría el
resto antes del amanecer.
Nailah se limpió una
gota de sangre de los labios y regresó a la ciudad.
La noche aún tenía
trabajo para ella.
![]() |
| Benjamín Janosz, Neonato Nosferatu |
Benjamín Janosz caminó
por las calles del barrio judío envuelto en Ofuscación. Los mortales pasaban a
su lado sin verlo. Un hombre tropezó con su hombro y siguió andando sin
comprender con qué había chocado.
El Nosferatu sonrió.
La noche estaba llena
de pequeños milagros. Escuchó durante un rato. Un comerciante discutía con su
esposa. Dos peregrinos buscaban alojamiento. Un anciano rezaba solo junto a una
puerta.
Historias. Siempre
historias.
Entonces apareció una
que necesitaba un poco de ayuda. Un curtidor salía de una taberna. Caminaba
solo y apenas se sostenía en pie. El vino pesaba más que el sentido común.
Benjamín lo siguió
hasta una calle estrecha. Cuando estuvieron solos, surgió de las sombras. El
hombre abrió la boca para gritar. Benjamín le cubrió los labios.
—Tranquilo.
Los colmillos
encontraron la garganta.
Bebió solo lo
necesario. El curtidor perdió fuerza y se desplomó. Pero seguía vivo.
Benjamín limpió la
herida con la lengua hasta cerrarla. Luego lo tomó por los hombros y lo llevó
hasta la entrada de una vivienda donde aún brillaba una lámpara.
Lo apoyó contra la
puerta. Observó el rostro adormecido del hombre.
—Necesitas menos vino
—murmuró con el sabor de su sangre endulzada por la bebida.
Golpeó la madera tres
veces. Después desapareció.
Cuando una mujer
abrió la puerta pocos instantes más tarde, solo encontró a un borracho
inconsciente apoyado contra el umbral.
Y ninguna
explicación.
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| Axel Ulmer, El Aullador, Neonato Gangrel |
Axel Ulmer ocupaba
media taberna él solo. Una jarra descansaba frente a él mientras escuchaba
conversaciones ajenas. No era bueno investigando. Pero sí sabía escuchar. Los
hombres hablaban más de la cuenta cuando creían estar entre amigos. Un
mercenario dejó caer unas monedas sobre la mesa cercana.
—Te digo que ha
desaparecido.
—¿Quién?
—Yusef el Tuerto.
Axel alzó una ceja.
El nombre le
resultaba familiar. El mercenario escupió al suelo.
—Debía dinero a media
Jerusalén.
—Quizá huyó.
—No era tan listo.
Las risas recorrieron
la mesa. Otro hombre intervino.
—Dicen que lo vieron
entrar en una taberna cerca de las murallas.
—¿Y salir?
—Nadie lo vio salir.
El primero negó con
la cabeza.
—Pues alguien le ha
ajustado las cuentas.
Axel permaneció
callado. Recordó las palabras del hombre.
Yusef el Tuerto,
ladrón, ratero, buscavidas.
El tipo de sujeto que
terminaba muerto tarde o temprano. Pero algo llamó su atención.
—No es la primera
desaparición —continuó uno de los mercenarios—. También faltan varias ratas de
alcantarilla. Gente sin familia. Nadie importante.
—Jerusalén siempre se
traga a alguien.
—Esta vez parece distinto.
Axel dejó la jarra
intacta. Aquello sonaba más interesante. Se levantó y dejó una moneda sobre la
mesa.
—¿Adónde vas, no has
bebido nada? —preguntó el tabernero.
Axel sonrió.
—A ver quién está
cobrando deudas en mi ciudad. Tu cerveza sabe a meados.
Y abandonó la taberna
mientras los rumores seguían creciendo a su espalda, sin saber que una de
aquellas deudas ya había sido pagada desde lo alto de las murallas.
El hacha hechizada
Axel ya se disponía a
marcharse cuando Aesir lo llamó.
—Espera.
El Gangrel se giró.
—¿Qué?
El Tremere observó el
enorme hacha que colgaba de su espalda.
—Si vas a buscar
problemas, procura llevar algo capaz de herirlos.
Axel sonrió.
—Mi hacha ya hace
eso.
—No a todo.
Aesir extendió una
mano.
—Dámela.
Axel dudó unos segundos,
pero acabó descolgando el arma y se la entregó.
El acero reflejó la
luz de las lámparas.
Aesir sostuvo el
hacha entre ambas manos. Después sacó una pequeña daga ritual de su túnica.
Benjamín observó el
gesto.
—Eso nunca acaba
siendo buena señal.
Nailah permaneció en
silencio. Aesir pasó el filo de la daga por la palma de su mano. La sangre
brotó oscura. No cayó al suelo. Pareció aferrarse a la herida. El Tremere cerró
el puño sobre el filo del hacha. La sangre descendió por el metal. Un siseo recorrió
la estancia.
Axel entrecerró los
ojos.
—¿Qué demonios...?
La hoja comenzó a
calentarse.
Primero aparecieron
finas líneas verdosas entre los grabados del acero. Después la luz se extendió.
La sangre hirvió sobre el metal. Un vapor pálido se elevó alrededor del arma y
una llama verde surgió junto al filo. No consumía el acero. No producía humo.
Parecía fuego nacido de una tumba. Las llamas recorrieron toda la hoja hasta
cubrirla por completo. La estancia quedó bañada por reflejos esmeralda. Incluso
las sombras parecieron retroceder.
Axel contempló el
arma con una sonrisa cada vez más amplia.
—Ahora sí parece un
hacha mágica.
Aesir le devolvió el
arma.
—El encantamiento
durará unas semanas.
El Gangrel pasó una
mano cerca de las llamas.
No sintió calor.
—¿Y qué hace?
—Lo que tu fuerza no
siempre puede hacer.
Axel levantó una
ceja.
—Habla claro.
—Herirá mejor a
criaturas sobrenaturales. Espíritus, homres lobo y otras cosas que prefieren
que el acero normal no las toque.
Axel agarró el arma
con ambas manos. Las llamas verdes se reflejaron en sus ojos.
—Me gusta.
Benjamín rodeó el
hacha con curiosidad.
—Interesante.
Se inclinó un poco
más.
—Entonces...
Aesir ya sabía que
aquella pregunta iba a traer problemas.
—No.
—Todavía no he
preguntado nada.
—No importa.
Benjamín señaló el
arma.
—Si puedes hacer eso
con un hacha... ¿y si fabricamos nuestra propia espada de Alejandro con ese
truco?
El silencio cayó
sobre la sala. Axel soltó una carcajada. Nailah ocultó una sonrisa. Aesir se
masajeó el puente de la nariz.
—Llevamos noches
buscando una reliquia legendaria perseguida por monstruos, antiguos y fanáticos
religiosos.
—Correcto —dijo
Benjamín.
—Y tu conclusión es
que deberíamos fabricar una copia.
—Una buena copia.
Aesir negó despacio.
—Por eso los Tremere
no compartimos nuestros secretos.
Benjamín sonrió.
—Admite que durante
un instante te pareció una buena idea.
El Tremere guardó
silencio. Axel señaló a Benjamín con el mango del hacha.
—Eso significa que
sí.
Aesir lanzó una
mirada fría a ambos.
—Salid de mi refugio
antes de que convierta también al Nosferatu en un experimento.
—¿Ves? —dijo Benjamín
mientras se alejaba—. Eso no ha sido un no.
La carta a Lesmes Sinister
La mansión Giovanni
había quedado en silencio.
Las últimas
conversaciones se habían apagado y los criados se movían por los pasillos con
pasos suaves, sin atreverse a romper la calma que seguía a una noche cargada de
presagios.
Vinzenzo permanecía
solo en su estudio.
La luz de varias
velas iluminaba mapas abiertos de Jerusalén, pergaminos griegos y notas tomadas
durante los últimos días. Sobre la mesa descansaban copias del escrito de
Yosef, dibujos de los símbolos hallados en Belén y varios informes procedentes
de sus espíascontactos. Demasiadas piezas y ninguna encajaba todavía.
Tomó una hoja limpia
y una pluma. Si había alguien fuera de Jerusalén que debía conocer aquellos
acontecimientos, era Lesmes Sinister.
No solo por la
alianza que los unía desde hacía décadas, sino porque pocos nigromantes en la
Cristiandad poseían conocimientos comparables a los suyos.
Vinzenzo mojó la
pluma en tinta negra y comenzó a escribir.
A Lesmes Sinister, señor de sombras y custodio
de los secretos que duermen bajo la tierra.
Un escriba judío llamado Yosef murió en la
Puerta de Jaffa tras intentar entregar información sobre una reliquia vinculada
a Alejandro de Macedonia.
Antes de expirar habló de una espada oculta bajo
la ciudad y de una criatura conocida como el de los tres ojos.
Tras su muerte confirmé ciertos detalles
mediante artes que no necesitan explicación entre nosotros.
El nombre de Mandalay apareció durante el
interrogatorio.
No sé si actúa por voluntad propia o sirve a
fuerzas más antiguas, pero sus huellas se extienden por Jerusalén y ahora
también por Belén.
En uno de los refugios de Ethera encontramos
señales inquietantes: ratas sacrificadas, símbolos persas trazados con sangre y
una inscripción en griego antiguo.
"La vergüenza del macedonio aún
respira."
Parece evidente que alguien no busca únicamente
la espada. Busca algo relacionado con una derrota olvidada, o con aquello que
Alejandro derrotó.
He enviado a varios agentes a seguir las pistas
que conducen hacia Belén y a las antiguas cisternas bajo Jerusalén.
Yo permaneceré aquí moviendo piezas más
delicadas. Demasiados antiguos observan estos acontecimientos. Demasiados
intereses despiertan al mismo tiempo.
Si este asunto te resulta familiar, o si tus
estudios han encontrado referencias a enemigos persas ligados a Alejandro,
agradeceré cualquier información que puedas compartir.
Tengo la sospecha de que estamos contemplando el
principio de algo mucho más antiguo que nuestras propias noches.
Y cuando los muertos empiezan a recordar, los
vivos suelen ser los primeros en pagar el precio.
Vinzenzo Giovanni
Señor del barrio judío de Jerusalén
Vinzenzo dejó la pluma sobre la mesa. Leyó la carta una sola vez.
Después dobló el
pergamino con cuidado y derritió cera roja sobre el cierre. El sello de la
familia Giovanni quedó marcado en la superficie.
Permaneció unos
segundos observándolo.
—Espero que sigas tan
paranoico como siempre, viejo amigo —murmuró.
Una sombra se
desprendió de un rincón de la estancia. Horus emergió del otro lado del velo,
silencioso, con los ojos brillando en la oscuridad. Vinzenzo le entregó la
carta.
—Encuéntralo.
La criatura inclinó
la cabeza. Luego desapareció. El estudio volvió a quedar vacío.
Fuera, Jerusalén
seguía despierta y bajo sus calles, algo antiguo continuaba moviéndose entre
huesos, túneles y recuerdos que jamás debieron despertar.
![]() |
| Aesir Pentagast, Tremere, Señor del Barrio Judío |
La noche aún era
joven. Aesir se paseaba por la mansión Giovanni mientras Vinzenzo se encargaba
de sus asuntos.
Lo acogió el silencio
habitual de la residencia. Ningún criado habló. Ninguna puerta chirrió. Solo el
sonido lejano de una fuente en el patio interior acompañó sus pasos hasta el
estudio.
Vinzenzo había
terminaod sus asuntos y lo esperaba junto a una mesa cubierta de mapas de
Jerusalén. Sobre la madera descansaban informes, nombres y rutas marcadas con
tinta oscura.
Aesir observó los
documentos.
—Belén, las
cisternas, los símbolos persas... todo apunta en la misma dirección.
Vinzenzo apoyó una
mano sobre el mapa.
—Y eso es lo que me
preocupa.
El Capadocio señaló
varios puntos de la ciudad.
—Demasiadas personas
empiezan a mirar hacia el mismo lugar.
Aesir asintió.
—Mandalay.
—Mandalay, la espada
y cualquier cosa que haya despertado bajo estas piedras.
Durante unos segundos
estudiaron el mapa en silencio. No era una conversación entre neonatos. Ninguno
buscaba aventuras. Ambos intentaban evitar una guerra.
Vinzenzo fue el
primero en hablar.
—Necesitamos saber
quién se mueve y quién permanece quieto.
—¿Varsik? —preguntó
Aesir.
Vinzenzo asintió. El
nombre del antiguo Ravnos pareció oscurecer la estancia.
—Nada ocurre en el
barrio armenio sin que Varsik lo vea. Lleva siglos observando caravanas,
mercaderes, peregrinos y asesinos. Si alguien ha cruzado Jerusalén siguiendo el
rastro de la espada, él lo sabrá.
Aesir cruzó los
brazos.
—O fingirá que no lo
sabe.
—Por eso hablaré yo.
Una leve sonrisa
apareció en el rostro del Tremere.
—Es un maestro de
lengaño.
—Yo no me quedo atrás
—aseguró Vinzenzo.
El silencio regresó.
Aesir señaló otro punto del mapa.
—¿Y Bonifacio?
Vinzenzo apoyó dos
dedos sobre el barrio cristiano.
—Bonifacio ve la
ciudad desde otro lugar.
El antiguo Brujah
controlaba los hospitales de Jerusalén. Cuatro refugios donde heridos,
peregrinos, mercaderes y soldados terminaban tarde o temprano. Sangre, rumores
y secretos llegaban a sus salas cada noche.
—Si alguien ha
sobrevivido a un ataque extraño, si han aparecido cadáveres fuera de lugar o si
los hombres de Mandalay han cometido errores, Bonifacio lo sabrá —dijo
Vinzenzo.
Aesir recordó la
última vez que habían tratado con él.
—Aún nos debe una
deuda.
—Una deuda
importante.
Los ojos de Vinzenzo
brillaron un instante. Azif estuvo cerca de destruir al Brujah. Muy cerca. Sin
la intervención conjunta del Tremere y del Giovanni, Bonifacio habría
desaparecido para siempre. Los antiguos no olvidaban favores de ese tamaño. Ni
tampoco quién se los había concedido.
—Entonces hablaremos
con ambos —dijo Aesir— Y veremos quién sabe algo sobre Mandalay.
La llama de una vela
vaciló. Durante un instante ambos permanecieron en silencio. Finalmente Aesir
habló.
—¿Y si descubrimos
que no somos los únicos moviendo piezas?
Vinzenzo tomó la copa
que descansaba junto a los mapas.
—Entonces significará
que llegamos tarde.
Bebió un pequeño
sorbo y dejó la copa sobre la mesa.
—Y en Jerusalén,
llegar tarde suele acabar con alguien enterrado.
![]() |
| Varsik, Antiguo Ravnos |
El barrio armenio
nunca dormía del todo. Cuando las iglesias cerraban sus puertas y los
peregrinos desaparecían de las calles, comenzaba otra actividad. Más discreta.
Más rentable.
Aesir y Vinzenzo descendieron
por una escalera oculta tras una tienda de alfombras. El olor a incienso dejó
paso al de especias, aceite y monedas viejas.
Abajo, el bazar
nocturno seguía vivo. Mercaderes de Oriente negociaban en voz baja. Cambistas
pesaban plata. Hombres armados vigilaban las esquinas sin aparentar hacerlo.
Nadie se interpuso en su camino. Todos sabían quiénes eran. Un sirviente los
condujo hasta una puerta reforzada con hierro.
—El señor Varsik os
espera.
La estancia al otro
lado parecía más un almacén que una sala de reuniones. Cofres apilados, tejidos
persas, cajas de madera marcadas con sellos de puertos lejanos y el aroma
intenso del azafrán flotando en el aire.
Sentado tras una mesa
baja los esperaba Varsik. El antiguo Ravnos parecía más un príncipe mercader
que un vampiro. Su túnica estaba confeccionada con telas que habrían alimentado
a una familia durante años y sus dedos lucían anillos de media docena de
reinos.
Sonrió al verlos. Una
sonrisa cálida. Demasiado cálida.
—Vinzenzo Giovanni.
—abrió los brazos—. Siempre es un placer cuando vienes a gastar dinero.
—Y casi nunca es un
placer cuando vienes a hacer preguntas.
Varsik rio.
—Entonces esta noche
vienes por ambas cosas.
Vinzenzo tomó asiento
sin responder.
Aesir permaneció de
pie, observando y escuchando.
—Ha habido ataques en
la ciudad —dijo Vinzenzo—. Quiero saber si has oído hablar de algun lupino.
Varsik apoyó los
codos sobre la mesa.
—Jerusalén está llena
de historias. Ángeles, demonios, santos, asesinos...
Se encogió de
hombros.
—Pero no he visto ningún
lupino.
—No he preguntado si
lo has visto.
La sonrisa del Ravnos
no desapareció.
—Y yo no he dicho que
lo hubiera hecho.
Hubo un silencio. Uno
de esos silencios que servían para medir fuerzas.
—Entonces no sabes
nada —dijo Vinzenzo.
—Sé muchas cosas.
Varsik cogió un dátil
de un cuenco cercano.
—La cuestión es qué
queréis saber realmente.
Sus ojos se
desplazaron hacia Aesir.
—Porque sospecho que
el hombre lobo no es el motivo de vuestra visita.
El Tremere dio un
paso adelante.
—La espada de
Alejandro.
Varsik soltó una
carcajada. No parecía fingida.
—¿Eso?
Negó con la cabeza.
—Jerusalén está llena
de reliquias. Cada iglesia posee tres clavos de la cruz verdadera y dos
fragmentos del sepulcro de Cristo. Los mercaderes venden huesos de santos que
jamás existieron.
Mordió el dátil.
—La mitad son
falsificaciones. La otra mitad también.
Aesir mantuvo la
mirada fija en él.
—Un escriba murió por
esa reliquia.
—La gente muere por
historias todos los días.
—Y alguien ha atacado
refugios de vastagos importantes.
La sonrisa de Varsik
se debilitó apenas un instante. Solo un instante. Pero Vinzenzo lo vio y Aesir
también.
—Entonces el problema
no es una espada —dijo el Ravnos—. El problema es quién la busca.
Vinzenzo entrecerró
los ojos.
El Ravnos reflexionó
unos segundos.
—He oído rumores.
—¿Qué rumores?
—Los mismos que
vosotros.
Su sonrisa regresó.
—Y si supiera algo
más, no os lo diría gratis.
Aesir resopló.
—Sigues siendo un
comerciante.
—Por eso sigo vivo.
La conversación
continuó durante un rato más, pero ninguno obtuvo nada sólido. Varsik preguntó
más de lo que respondió.
Escuchó más de lo que
habló y cuando la reunión terminó, seguían sin saber si realmente ignoraba algo
o simplemente disfrutaba viendo a otros buscar respuestas.
Antes de marcharse,
Vinzenzo se detuvo frente a varios cofres recién llegados. Levantó una tapa,
canela, pimienta negra, clavo, azafrán. El aroma llenó la estancia.
—¿De dónde vienen?
Varsik sonrió. Esta
vez de forma sincera.
—De muy lejos.
Vinzenzo tomó un
puñado de azafrán entre los dedos.
—Quiero la mitad de
este cargamento.
—La mitad es mucho.
—Y mi oro vale mucho.
Varsik meditó unos
segundos.
—Hecho.
Se estrecharon las
manos. Negocios primero. Secretos después. Así había funcionado siempre entre
ellos.
Cuando Aesir y
Vinzenzo abandonaron el bazar, la luna seguía alta sobre Jerusalén. El Tremere
caminó unos pasos antes de hablar.
—Ha mentido.
—Sí.
—¿En qué?
Vinzenzo observó las
luces lejanas del barrio armenio.
—Eso es lo interesante.
Guardó silencio unos
segundos.
—Porque no sé qué
parte era mentira.
![]() |
| Bonifacio, Antiguo Brujah |
Las campanas sonaban
en la noche cuando Vinzenzo y Aesir llegaron al Hospital de Santa María de
Sion. La fe impregnaba cada piedra del edificio. Cruces de madera colgaban de
los muros. Decenas de velas ardían ante imágenes de santos. El aire olía a
incienso y hierbas medicinales. Aesir frunció el ceño.
—Nunca me
acostumbraré.
Vinzenzo observó a
varios monjes transportar agua hacia las salas interiores.
—La fe no puede
hacernos daño.
—No directamente.
Atravesaron el patio
principal. A su alrededor, enfermos, peregrinos y heridos descansaban bajo
mantas gastadas. Algunos rezaban, otros dormían y otros esperaban.
Aesir dejó varias
monedas de plata en una caja de donativos situada junto a la entrada. El monje
que la custodiaba inclinó la cabeza agradecido.
—Que Dios os bendiga.
Aesir no respondió.
Siguieron adelante.
El hospital estaba
lleno incluso a esas horas. Médicos, monjas y sirvientes cruzaban los pasillos
sin descanso y en medio de todos ellos trabajaba Bonifacio. No estaba dando
órdenes desde un despacho. Llevaba una camilla junto a dos novicios. Ayudaba a
vendar la pierna de un mercenario herido. Transportaba cubos de agua con sus
propias manos. Cuando los vio, su rostro se iluminó.
—¡Por fin dos caras
que no vienen a morirse esta noche!
Dejó el cubo en el
suelo y caminó hacia ellos con una sonrisa franca.
Abrazó primero a
Vinzenzo y luego a Aesir.
—Me alegra veros.
—Y a nosotros verte
entero —dijo Vinzenzo.
Bonifacio soltó una
carcajada.
—Después de Azif, yo
también lo agradezco.
Durante unos
instantes caminaron por los corredores del hospital.
Bonifacio saludaba a
todo el mundo. Conocía nombres. Recordaba historias. Preguntaba por pacientes
concretos. Aquello llamó la atención de Aesir.
—Podrías gobernar
media ciudad y pasas las noches cargando enfermos.
Bonifacio se encogió
de hombros.
—Alguien tiene que
hacerlo.
—No tú.
—Precisamente yo.
Llegaron a una
pequeña sala privada donde un criado les sirvió copas. Vinzenzo fue directo al
asunto.
—Buscamos información
sobre una reliquia.
Bonifacio soltó un
suspiro teatral.
—Otra más.
—La espada de
Alejandro Magno.
El Brujah apoyó los
codos sobre la mesa.
—La espada de
Alejandro. La corona de Salomón. La sandalia de Julio César. El bastón de
Moisés.
Negó con la cabeza.
—Jerusalén está llena
de reliquias. Cada mes aparece una nueva.
Aesir sonrió apenas.
—Esta está dejando
cadáveres.
Eso hizo que
Bonifacio se pusiera serio.
—Entonces no hablamos
de una simple historia.
Vinzenzo aprovechó la
pausa.
—Ethera.
Bonifacio alzó la
vista.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Es tu sire?
El Brujah asintió sin
dudar.
—Sí.
Una sonrisa apareció
en su rostro.
—Ella siempre fue la
cabeza. Yo siempre fui el brazo.
Se acomodó en la
silla.
—Ethera entiende la
política mejor que nadie. Habla con reyes, príncipes y patriarcas. Se señaló el
pecho.
—Yo prefiero las
calles.
—Eso explica muchas
cosas —dijo Vinzenzo.
Bonifacio rio.
—También fuimos
juntos a Roma.
Aesir levantó una
ceja.
—¿Durante las
negociaciones?
—Durante las
negociaciones de paz entre los grandes poderes de la Cruzada.
Su sonrisa se volvió
nostálgica.
—Vi hombres capaces
de iniciar guerras por una palabra y detenerlas por otra.
Vinzenzo apoyó la
copa sobre la mesa.
—¿Y Magdalena?
Bonifacio meditó unos
segundos.
—No lo sé.
—¿Podría estar
implicada?
—Podría.
Se encogió de
hombros.
—En Jerusalén casi
cualquiera podría estar implicado en cualquier cosa.
El silencio se
instaló unos segundos. Después Vinzenzo habló.
—Necesito un favor.
Bonifacio lo observó.
—Habla.
—Si aparecen
cadáveres extraños. Impíos. Cosas que no deberían llegar a los ojos
adecuados...
Bonifacio entendió la
petición antes de que terminara.
—¿Quieres que te los
entregue?
Vinzenzo asintió.
—Yo me encargaré de
hacerlos desaparecer.
—Sin escándalos.
—Sin preguntas.
Bonifacio sonrió.
—Eso puedo hacerlo.
Extendió la mano.
—Trato hecho.
Vinzenzo estrechó su
brazo. Los tres sabían que aquel acuerdo tendría valor en las noches que
estaban por venir. Entonces Vinzenzo sacó una botella oscura envuelta en tela.
—Te he traído un
regalo.
Bonifacio arqueó una
ceja.
—Eso ya me gusta más.
Descorchó la botella.
Un aroma dulce y profundo llenó la sala. No era vino corriente. Los tres lo
supieron al instante. Bonifacio llenó las copas.
—Por los viejos
amigos.
—Por los
supervivientes —añadió Vinzenzo.
—Por los secretos que
aún no nos han matado —dijo Aesir.
Las copas chocaron.
Bebieron. Durante unos segundos ninguno habló.
Luego Aesir observó
la estancia. Nadie los vigilaba. Nadie prestaba atención. Extendió una mano
bajo la mesa. Sus dedos dibujaron símbolos invisibles en el aire. Algo comenzó
a formarse: luz, materia, presión. Cuando abrió la palma, un diamante del
tamaño de un puño descansaba sobre ella. Las facetas devolvieron la luz de las
velas en decenas de destellos.
Bonifacio se quedó
inmóvil.
—Por la sangre de
Caín...
Aesir colocó la
piedra sobre la mesa.
—Para el hospital.
—Aesir...
—No es un préstamo.
Bonifacio observó el
diamante sin tocarlo.
—Con esto podría
ampliar varias salas.
—Más.
—Comprar medicinas.
—Más.
Bonifacio levantó la
vista.
—Trescientas camas.
Aesir asintió.
—Entonces compra
trescientas camas.
El Brujah permaneció
en silencio. Por primera vez aquella noche parecía no encontrar palabras.
Finalmente se levantó, rodeó la mesa y abrazó al Tremere. Un abrazo sincero.
Sin política, sin favores y sin máscaras.
—Gracias —dijo.
Aesir tardó un
instante en devolver el gesto. Vinzenzo observó la escena con una leve sonrisa.
Aquella noche no habían descubierto nada sobre la espada. Ni sobre Mandalay. Ni
sobre el monstruo de los tres ojos. Pero habían reforzado algo igual de
valioso. Un nuevo contacto y en Jerusalén, donde los secretos cambiaban de
manos cada noche y las traiciones eran más comunes que las plegarias, una alianza
verdadera valía más que cualquier reliquia.
![]() |
| Belén |
Axel, Nailah y
Benjamín llegaron a Belén caminando en un par de horas.
Belén dormía bajo la
noche, pero no descansaba.
Las calles estrechas
descendían entre casas de piedra clara, gastadas por siglos de viento y
peregrinos. Algunas ventanas aún conservaban luz tras las telas y postigos
cerrados. Otras permanecían negras, mudas, con la sensación incómoda de que
alguien observaba desde dentro sin dejarse ver.
El mercado nocturno
seguía vivo en varios rincones de la aldea. Mercaderes cansados recogían
puestos de especias, telas y pequeños iconos religiosos mientras el olor a
aceite, humo y animales se mezclaba con incienso barato. Las voces sonaban
bajas. Nadie hablaba demasiado alto en Belén después del anochecer.
Los patios interiores
quedaban escondidos tras arcos y puertas de madera vieja. Fuentes secas.
Cuerdas con ropa olvidada. Bancos de piedra donde ancianos habían rezado
durante décadas. Allí el silencio resultaba peor que el ruido de Jerusalén.
Cada paso parecía escucharse demasiado.
Más allá de las
viviendas aparecían pequeños cementerios levantados junto a capillas humildes.
Cruces inclinadas. Lápidas partidas. Tierra removida por lluvias recientes. El
viento movía las hierbas secas entre las tumbas y levantaba un murmullo bajo
que recorría la colina.
Bajo la aldea, la
piedra escondía otra Belén.
Túneles antiguos.
Pasadizos excavados siglos atrás. Almacenes olvidados. Criptas cerradas con
cadenas oxidadas. El aire que salía de aquellas grietas era frío y húmedo,
cargado con olor a tierra vieja y agua estancada.
Y mientras avanzaban
por la aldea, todos compartieron la misma sensación incómoda.
Belén los observaba. No
solo sus habitantes. Las ventanas, las iglesias y las tumbas. Algo en aquella
pequeña ciudad parecía seguir cada paso que daban, aguardando a que cometieran
el error de acercarse demasiado a lo que dormía bajo sus piedras.
Bajo tierra
Las últimas luces de
Belén habían desaparecido cuando Axel, Nailah y Benjamín abandonaron las calles
y descendieron hacia las viejas catacumbas.
La entrada se
ocultaba entre ruinas olvidadas y maleza seca. Un arco de piedra agrietado
descendía hacia la oscuridad. El aire que subía desde abajo olía a humedad.
Benjamín sostuvo la
lámpara.
—Nadie ha bajado aquí
en mucho tiempo.
—Mejor —respondió
Axel.
El Gangrel empujó la
puerta de hierro. Las cadenas que la cerraban estaban cubiertas de óxido. Los
eslabones crujieron cunado Axel forzó la cerradura con una daga de plata que le
regla Nailah. El metal cedió con un chasquido seco que resonó por los túneles.
La puerta se abrió
despacio. Un soplo de aire frío salió de la oscuridad. Nailah fue la primera en
entrar.
La luz de la lámpara
reveló corredores excavados en roca antigua. Nichos llenos de esqueletos se
alineaban en las paredes. Algunas calaveras conservaban restos de coronas de
cobre o cuentas de oración.
El silencio resultaba
extraño. Demasiado profundo. Solo se escuchaban sus pasos y el roce de la tela
contra la piedra. Avanzaron durante varios minutos. El corredor desembocó en
una cámara circular. Allí encontraron el sarcófago. Descansaba sobre una
plataforma de piedra negra rodeada por huesos dispersos. No pertenecían a una
sola persona. Había decenas.
Guerreros.
La tapa estaba
esculpida con gran detalle. Una mujer sostenía una espada sobre el pecho. Un
arco descansaba a su espalda. El cabello aparecía representado en largas
trenzas que caían sobre una armadura adornada con runas.
Axel se quedó
inmóvil.
—Es nórdica.
Benjamín acercó la lámpara.
—Eso parece.
Nailah pasó los dedos
sobre una de las inscripciones.
—Muy antigua.
El Gangrel observó el
rostro tallado. No parecía una reina. Parecía una guerrera. Una que había
muerto con las armas en la mano.
—¿Cómo demonios
terminó enterrada aquí? —preguntó.
Nadie respondió.
Entre los huesos
encontraron fragmentos de metal corroído, hebillas, puntas de flecha y viejos
escudos reducidos a esqueletos de hierro.
Todo indicaba que
aquella tumba había permanecido sellada durante siglos.
Axel apoyó ambas
manos sobre la tapa.
—Solo hay una forma
de averiguarlo.
Benjamín suspiró.
—Sabía que dirías
eso.
El Gangrel empujó. La
piedra se movió. Un ruido grave recorrió la cámara. Polvo acumulado durante
generaciones cayó desde las grietas del techo. La tapa terminó por deslizarse.
Los tres miraron
dentro y guardaron silencio.
La mujer seguía allí.
No era un esqueleto. No era una momia. Solo parecía dormida.
Cabello rojo, espeso
y rizado, extendido sobre la piedra. La armadura descansaba intacta sobre su
cuerpo. Una espada ocupaba un lado del sarcófago. Al otro había un carcaj lleno
de flechas ennegrecidas por el tiempo.
Su rostro conservaba
una belleza salvaje. Sus manos seguían cerradas sobre la empuñadura de una
daga. Preparada para combatir incluso después de la muerte. Benjamín dio un
paso atrás.
—No me gusta esto.
—Está muerta —dijo
Axel.
—No si es una de los
nuestros.
Nailah observó el
pecho inmóvil de la mujer.
—No está muerta.
Axel giró la cabeza.
—¿Qué?
La Setita entrecerró
los ojos.
—Hay algo dentro.
Benjamín maldijo en
voz baja.
—Claro que lo hay.
El silencio volvió a
llenar la cámara. La lámpara proyectó sombras danzantes sobre las paredes
cubiertas de huesos.
—Entonces tenemos
tres opciones —dijo Benjamín—. Nos vamos. La destruimos. O la despertamos.
—Votaré por
despertarla —respondió Axel.
—Lo sabía.
—Si hubiera querido
matarnos, ya lo habría hecho.
—Esa lógica es
terrible.
—Pero suele
funcionar.
Nailah siguió
observando el cuerpo.
—Quiero saber quién
es.
Axel sonrió.
—Dos votos.
Benjamín cerró los
ojos unos segundos.
—Cuando todo salga
mal, recordaré este momento.
Antes de continuar,
prepararon la cámara.
Axel atrajó varios
perros callejeros con restos de comida encontrados en la superficie. Los
animales no opusieron resistencia. Pronto el olor a sangre fresca sustituyó al
polvo antiguo. Los tres se alimentaron. Después dejaron algunos cuerpos
preparados junto a las paredes. Por si despertaba hambrienta, enfadada, o ambas
cosas.
Axel se colocó frente
al sarcófago. Su enorme hacha descansaba sobre el hombro. Las llamas verdes del
encantamiento de Aesir recorrieron el filo con un brillo espectral que iluminó
la cámara. Las sombras parecían apartarse de aquella luz.
Benjamín se apartó
alerta y desenvainó una espada corta que llevaba.
Nailah recogió la cadenas
oxidadas de la entrada y entre los tres aseguraron brazos y piernas de la
durmiente. No sabían si servirían de algo. Pero los hacía sentir mejor.
—Última oportunidad
para marcharnos —dijo Benjamín.
Nadie se movió.
—De acuerdo. Luego no
digáis que no avisé.
Nailah se inclinó
sobre el sarcófago. La punta de uno de sus colmillos atravesó la piel de su
muñeca. Una gota oscura cayó sobre los labios inmóviles de la mujer. Luego otra
y otra más.
Durante varios
segundos no ocurrió nada. Solo silencio. Entonces los dedos de la guerrera se
cerraron sobre la daga. Las cadenas vibraron.
Axel bajó el hacha.
Benjamín levantó la espada. La sangre desapareció entre los labios pálidos. El
pecho de la mujer se alzó. Los párpados temblaron y se abrieron.
Sus ojos eran del
color del hielo bajo una tormenta. No mostraban miedo. No mostraban confusión.
Solo una furia antigua. Una furia que había esperado siglos.












