CAPÍTULO 35: La Hoja del Eterno, Parte IV

La Hoja del Eterno IV

La caceria de mandalay


Esta es la crónica no oficial de una historia que nunca quedó escrita.

No aparece en los relatos de los conquistadores ni en los archivos de Babilonia. Alejandro dio su palabra al líder de los Guardianes del Norte de que aquel secreto jamás sería registrado.

Y la palabra de Alejandro era ley.

Pero hubo testigos.

Hombres que caminaron hasta el fin del mundo conocido. Que encontraron algo que debía permanecer enterrado, y que combatieron contra una criatura más antigua que cualquier reino.

Esto es lo que ocurrió.

 

Alejandro Magno con el Escudo de Aquiles
La espada del desierto

Babilonia había abierto sus puertas.

Tras las murallas, los macedonios habían llenado las calles con sus estandartes. Gaugamela quedaba atrás. Darío había huido hacia el este y el ejército persa se había deshecho ante el avance de Alejandro.

Pero aquella noche no hubo trompetas. En la cámara del tesoro, las puertas de bronce se cerraron tras el rey y sus generales. Las llamas de las lámparas arrancaban destellos al oro. Había cofres abiertos, coronas, vasos de plata, estatuas cubiertas de polvo, escudos ceremoniales y telas bordadas con hilos de oro.

Hefestión levantó un arco persa, tensó la cuerda y la madera crujió.

—Este podría servir —dijo y disparó contra una diana de madera.

La flecha atravesó el centro.

Clito soltó una carcajada.

—Para eso has necesitado tres intentos.

—Dos —respondió Hefestión.

Alejandro sonrió desde el otro extremo de la sala.

—Dejad de discutir por un arco. Hay suficiente oro aquí para comprar cien.

Parmenión gruñó.

—Y cien arcos no sirven de nada si no tenemos hombres que los disparen.

Filotas ni siquiera levantó la cabeza. Había abierto un cofre lleno de espadas. Sacó una, la sopesó, la dejó y tomó otra.

—¿Nada te impresiona? —preguntó Hefestión.

Filotas negó con la cabeza.

—Una espada debe matar. Lo demás sobra.

Parmenión soltó una risa seca.

—Por fin alguien sensato. Tenía que ser mi hijo.

Clito había abandonado las armas. Se había detenido frente a una vitrina de piedra negra. Dentro había pequeñas tablillas, amuletos, figuras de animales y recipientes sellados con cera y tomó una de las piezas.

—Mira esto.

Calístenes se acercó.

—Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué es.

Clito sonrió.

—Precisamente por eso.

Al fondo de la cámara, dos esclavos retiraron una pesada tela. Detrás apareció una urna de cristal.

Todos quedaron en silencio.

—¿Qué es eso? —preguntó Alejandro.

Parmenión se acercó.

—Una espada.

Clito sonrió.

—Tiene buena pinta.

Alejandro hizo un gesto y mientras los demás la observaban abrió la urna. Dentro descansaba la espada.

Tesoros Persas

La hoja era plateada, casi blanca, y recorría su superficie unos detalles que recubrían el metal en lo que parecía una sola pieza. La empuñadura era de un detalle incomprensible.

Alejandro extendió la mano y la cogió. La espada se acomodó en su mano como anillo al dedo.

—Creo que deberíamos probar su eficacia —dijo Hefestión y Alejandro le pasó la espada corta con cuidado.

Parmenión señaló una estatua de Zeus que había junto a una columna. El viejo tomó la espada. Alejandro se apartó. Parmenión alzó el arma y de un solo tajo, la cabeza de Zeus cayó al suelo. El estruendo recorrió la cámara.

Calístenes miró primero la estatua y después a Parmenión.

—Mal comienzo.

—Es piedra —gruñó Parmenión.

Clito contempló la cabeza rota.

—O un aviso.

—No empieces —dijo Parmenión.

Clito soltó una sonrisa.

—No he dicho nada.

Calístenes había encontrado un rollo junto a la urna. Lo desenrolló con cuidado. El cuero estaba reseco. La tinta casi había desaparecido.

—Esto sí es interesante.

Alejandro dejó la espada sobre la mesa.

—Léenos Calístenes.

Calístenes acercó una lámpara. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hefestión.

—Es muy antiguo.

—Eso ya lo veo —dijo Clito—. ¿Qué dice?

Calístenes pasó el dedo por una línea.

—Habla de un hombre.

—¿Un rey? —preguntó Alejandro.

—No.

—Mandalay.

El nombre quedó suspendido bajo las bóvedas.

Hefestión miró a Alejandro.

Parmenión cruzó los brazos.

—No me gusta.

—Aún no sabes qué es —dijo Alejandro.

—Precisamente.

Calístenes continuó.

—Aquí dice que Mandalay llegó del desierto antes de que los grandes reyes levantaran sus primeros palacios.

Clito ladeó la cabeza.

—¿Un hombre?

—Eso parece.

—¿Y qué hizo?

Calístenes tragó saliva.

—Mató.

—Eso lo hacen muchos —dijo Filotas desde el cofre.

Calístenes lo miró.

—A pueblos enteros. 

Filotas volvió a probar el filo de otra espada.

Filotas, Primogenito de Parmenión
y Capitán de Caballería

—Entonces era un buen soldado.

Hefestión soltó una carcajada.

—No creo que Calístenes hable de un soldado.

El historiador siguió con la traducción.

—Dice que nadie pudo darle muerte.

Clito dejó de sonreír.

—¿Inmortal?

Calístenes levantó la mirada.

—Eso afirma el texto.

—Aquí hay un mapa —dijo Clito.

Hefestión tomó el mapa dibujado en una tablilla de cera.

—Dime las referencias.

Calístenes señaló varios símbolos.

—Un río. Una cordillera. Después... el desierto.

Hefestión trazó las líneas.

Clito se inclinó sobre la tablilla.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Pero alguien lo supo.

Calístenes señaló la espada.

—Quizá quien dejó esto.

Alejandro tomó el arma otra vez.

—¿Y qué dice del dueño?

Calístenes bajó la voz.

—Dice que fue herido con esta espada.

Parmenión dio un paso hacia él.

—¿Mandalay?

Calístenes asintió.

—La espada fue usada contra él.

El silencio volvió a caer.

Clito miró el arma.

—Entonces quiero saber si murió.

—El texto no lo dice —respondió Calístenes.

—¿Y qué dice?

Calístenes volvió a leer. Sus dedos se detuvieron sobre la última línea.

—Que quien despierte a Mandalay no encontrará la muerte.

Alejandro sonrió.

Hefestión lo conocía demasiado bien.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando alguien te dice que algo es peligroso.

Alejandro levantó la espada.

—Solo dice que no debemos despertarlo.

—Eso es lo que dice —respondió Calístenes.

—Entonces no lo despertaremos.

Parmenión soltó un bufido.

—Bien.

Alejandro miró el mapa.

—Lo buscaremos.

Parmenión cerró los ojos.

—No.

—¿No?

—No.

Clito sonrió.

—Ahora sí quiero verlo.

—Tú cállate —dijo Parmenión.

Alejandro se acercó al viejo general.

—Hemos derrotado a Darío. Hemos tomado Babilonia. Nuestros hombres han cruzado montañas, ríos y desiertos.

—Sí.

Alejandro apoyó una mano sobre su hombro.

—¿No merecen un descanso?

Parmenión lo miró.

—Más que nadie.

Alejandro volvió la vista hacia la espada.

—Entonces tenemos tiempo para una aventura.

Hefestión negó con la cabeza.

—Sabía que dirías eso.

Clito soltó una carcajada.

—¿Y qué clase de aventura?

Alejandro levantó la espada.

—Una que empieza con un nombre que nadie se atreve a pronunciar.

Calístenes enrolló el texto.

—Mandalay.

La llama de una lámpara se apagó. Nadie había tocado el aceite. Durante un instante, la espada pareció más oscura. Parmenión fue el primero en abandonar la cámara.

—Yo no pienso seguir a un demonio persa por el desierto.

Filotas guardó la espada que había elegido.

—Yo sí.

Todos lo miraron. El hijo de Parmenión se encogió de hombros.

—Alejandro irá.

Alejandro sonrió. Clito se acercó a Hefestión.

—¿Tú también?

Hefestión miró a su rey.

—Siempre.

Calístenes permaneció junto a la mesa y volvió a abrir el texto. En la última línea había una palabra que no había traducido. La miró, después miró a Alejandro, que no dijo nada. Aquella palabra era más antigua que Mandalay y hablaba de sangre.

  

La Advertencia

A quien encuentre estas palabras:

No escribo esto para que mi nombre sea recordado ni para dejar constancia de una victoria. Lo escribo porque nosotros vimos a Mandalay y porque, cuando comprendimos lo que era, ya habíamos derramado demasiada sangre.

Los ancianos hablaban de él mucho antes de que nosotros llegáramos a estas tierras. Decían que caminaba por el desierto desde tiempos que ningún hombre podía recordar y que siempre tenía el mismo rostro. Al principio pensamos que solo era una historia para asustar a los niños, hasta que encontramos sus huellas y vimos al anciano junto a las dunas. No parecía un hombre, aunque tenía forma de hombre. Era viejo, pero su cuerpo no envejecía. Podía permanecer bajo el sol durante horas sin buscar refugio y no necesitaba agua ni comida como nosotros. Algunos dijeron que era un espíritu del desierto; otros, que era una criatura que había muerto sin llegar a abandonar el mundo. Yo no sé qué era entonces y sigo sin saberlo ahora. Solo sé que no pertenecía por completo a la vida ni a la muerte.

Nuestros antepasados consiguieron capturarlo una vez. Lo encadenaron y lo llevaron ante el pueblo. Allí cometieron el error que todavía estamos pagando. Se burlaron de él, lo obligaron a arrodillarse y lo mostraron ante todos como una criatura vencida. Algunos hombres llegaron a cortarle la piel para demostrar que podía sangrar. Otros se rieron cuando lo vieron caer. Aquella noche celebraron su victoria y creyeron haber sometido para siempre aquello que había vivido en el desierto antes que ellos.

Tres días después, Mandalay regresó.

Los primeros en morir fueron los hombres que habían participado en su captura. Después murieron sus familias. Durante años intentamos comprender lo que estaba haciendo, pero cada vez que creíamos encontrar una razón, ocurría algo que nos demostraba que no entendíamos nada. Mandalay no necesitaba atacar nuestras aldeas para matarnos. Bastaba con que apareciera. Siempre había sangre después de su llegada, y siempre dejaba con vida a alguien para que contara lo sucedido. Por eso creo que no buscaba nuestra muerte. Quería que recordáramos.

Intentamos acabar con él. Lo quemamos, lo enterramos bajo toneladas de arena y una vez conseguimos atravesarle el pecho con una espada. Lo vimos caer y creímos que aquella vez había terminado. Años después volvieron a encontrarse sus huellas en el mismo lugar. Nadie supo explicar cómo había regresado. Algunos dijeron que nunca murió. Otros aseguraron que aquello que habíamos matado no era más que un cuerpo que Mandalay había abandonado. Yo ya no creo ninguna de esas cosas. Solo sé que cada vez que lo hemos dado por muerto, ha vuelto.

Si alguien encuentra esta carta, debe saber que Mandalay no es una leyenda creada para hablar de antiguos reyes ni una criatura que pueda ser derrotada con valor o con acero. Es una presencia ligada al desierto y a la sangre de aquellos que intentaron someterlo. Lo que ocurrió entre nuestros antepasados y él no terminó cuando lo dejaron libre. Tampoco terminó cuando murieron quienes participaron en su humillación. Mandalay recuerda aquello que nosotros olvidamos.

Escribo esto porque temo que alguien vuelva a encontrarlo y cometa el mismo error. Si habéis visto su nombre, si habéis encontrado sus huellas o si la espada que acompaña estas palabras ha vuelto a ser desenterrada, no intentéis buscarlo. No derraméis sangre para atraerlo ni penséis que podéis someterlo. Nosotros creímos que el tiempo había enterrado aquella historia y que Mandalay se había convertido en una sombra del pasado. Nos equivocamos.

Mientras escribo, los hombres que vinieron conmigo están muriendo fuera. He escuchado sus gritos durante toda la noche y ahora ya no queda ninguno. No sé cuánto tardará en llegar hasta mí. Tal vez cuando alguien lea estas palabras ya no quede nadie de los que estuvimos aquí.

Por eso dejo esta advertencia.

Mandalay no ha regresado.

Nunca se fue.

 

Alejandro Magno,
Emperador de Persia
La decisión de Alejandro

La noche había caído sobre el campamento.

Fuera de la tienda de mando, los soldados apagaban los últimos fuegos. Las voces se perdían entre las tiendas. Algún caballo golpeaba el suelo con una pezuña. Un guardia pasó junto a la entrada y su sombra cruzó la lona.

Dentro, una lámpara de aceite iluminaba el mapa extendido sobre la mesa.

Alejandro permanecía de pie. A su alrededor estaban los hombres en los que más confiaba.

Parmenión ocupaba uno de los bancos. Tenía los brazos cruzados y el rostro de quien ya sabía que aquella reunión no iba a traer nada bueno. Filotas permanecía junto a él, callado.

Clito se había quedado de pie, con las manos apoyadas sobre el borde de la mesa.

Calístenes observaba los documentos encontrados en las ruinas.

Hefestión estaba junto a Alejandro. No necesitaba que nadie le pidiera que permaneciera allí.

Alejandro señaló el pergamino.

— Tenemos la espada, la historia y el mapa.

Parmenión soltó un gruñido.

—Eso sería una buena noticia si no hubiéramos pasado la última jornada hablando de todo lo que podría suceder si seguimos ese mapa.

Clito miró a Alejandro.

—Y de todo lo que podría despertar.

Calístenes levantó la vista del documento.

—El texto no habla de un tesoro.

—No —respondió Alejandro.

Deslizó un dedo sobre una de las líneas.

—Habla de Mandalay.

El nombre quedó suspendido dentro de la tienda.

Filotas bajó los ojos hacia el mapa y Parmenión negó con la cabeza.

—Un nombre.

—Un lugar —dijo Calístenes.

—Una leyenda —replicó Clito.

Alejandro lo miró.

—¿Y si no lo es?

Clito le miró a los ojos.

—Entonces será peor.

Hefestión dejó escapar una breve sonrisa.

—Siempre consigues encontrar una forma de mejorar las noticias.

—Alguien tiene que hacerlo.

Parmenión resopló.

—Por una vez estoy de acuerdo con Clito.

Alejandro no respondió. Tomó una pequeña pieza de piedra que había junto al pergamino y la colocó sobre el mapa y marcó una antigua ruta comercial.

—Aquí.

Calístenes se inclinó sobre la mesa.

—Esa ruta dejó de utilizarse hace siglos.

—Precisamente.

—El terreno cambia más allá de este punto —continuó Calístenes—. Hay zonas de desierto donde un ejército no podría avanzar sin perder hombres y animales. Después vienen las ruinas. Algunas aparecen en los mapas antiguos. Otras no.

Alejandro señaló una línea casi borrada.

—¿Y esto?

Calístenes guardó silencio unos instantes.

—Un camino antiguo.

—¿Hacia dónde?

—Según el documento, hacia el norte.

Clito frunció el ceño.

—¿El norte?

Calístenes asintió.

—Los textos mencionan a unos hombres que llegaron desde allí.

Parmenión descruzó los brazos.

—¿Qué hombres?

Calístenes pasó una página.

—Guardianes.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿Guardianes de qué?

—Eso no lo dice.

Clito soltó una carcajada seca.

—Perfecto. Tenemos una espada, una fortaleza que nadie recuerda, una amenaza que nadie puede explicar y unos guardianes que nadie sabe quiénes son.

—No he dicho que vayamos a buscarlos —dijo Alejandro.

Clito arqueó una ceja. Alejandro señaló el mapa.

—He dicho que vamos a seguir el camino.

Parmenión cerró los ojos durante un instante.

—Ahí está.

Filotas lo miró.

—¿Qué?

—La parte de la reunión que esperaba.

Hefestión miró a Alejandro.

—¿Cuándo partimos?

Parmenión abrió los ojos.

—No le preguntes eso.

—¿Por qué?

—Porque ya sabes la respuesta.

Alejandro sonrió.

—Al amanecer.

Clito golpeó la mesa con un dedo.

—Alejandro.

El tono cambió y Alejandro dejó de sonreír.

—Habla.

—No sabes qué hay allí, ni quién enterró la espada o por qué la enterraron. Y aun así quieres ir.

Alejandro asintió.

—Así es.

—¿Por qué?

Alejandro miró el símbolo de los tres ojos dibujado en el documento.

Durante unos segundos nadie habló.

—Porque alguien se tomó muchas molestias para esconderla.

Su dedo pasó sobre el símbolo grabado junto a la empuñadura.

—Y porque alguien escribió que no debía ser encontrada.

Parmenión se inclinó hacia delante.

—Eso no significa que debamos ser nosotros quienes la encontremos.

—Quizá sí.

—¿Y si todo esto es una trampa?

Alejandro levantó la mirada.

—Entonces tendremos que descubrir quién la preparó.

Calístenes observó el rostro de Alejandro. Había algo más. Alejandro no estaba mirando el mapa. Estaba mirando más allá de él.

—Tú crees que todavía queda algo allí —dijo Calístenes.

Alejandro tardó en responder.

—Creo que la espada guardada aquí para que la encontrásemos.

Hubo silencio.

Filotas alzó por fin la mirada.

Parmenión dejó de gruñir.

Clito no hizo ningún comentario.

Hefestión fue el único que no pareció sorprendido.

Alejandro enrolló el pergamino.

—No vamos a levantar un ejército.

Parmenión frunció el ceño.

—¿No?

—No todavía.

Señaló las marcas del mapa.

—Un grupo pequeño. Exploradores. Hombres capaces de moverse rápido. Nosotros iremos delante.

—¿Nosotros? —preguntó Clito.

—Tú.

Clito negó con la cabeza.

—Sabía que acabarías diciendo eso.

Alejandro miró a Parmenión.

—Tú dirigirás la marcha hasta el primer asentamiento.

—Naturalmente.

—Filotas se ocupará de los exploradores.

Filotas asintió.

—Sí.

Alejandro miró a Calístenes.

—Tú vienes conmigo.

Calístenes sostuvo el pergamino contra el pecho.

—Preferiría quedarme aquí y estudiar lo que hemos encontrado.

—Precisamente por eso vienes.

Calístenes suspiró.

—Sabía que dirías eso.

Por último, Alejandro miró a Hefestión. No necesitó pronunciar su nombre. Hefestión asintió.

—No pensabas ir sin mí.

—No.

Clito negó con la cabeza.

—Todos sabíamos que esto terminaría así.

Parmenión se levantó.

—Entonces ya está decidido.

Alejandro recogió el mapa.

—Todavía no.

Los hombres lo miraron.

—Primero averiguaremos quiénes son esos guardianes.

Calístenes volvió a extender el documento. Buscó entre las anotaciones hasta encontrar una marca casi borrada y la señaló.

—Aquí.

Alejandro se inclinó. Había unas palabras escritas en una lengua antigua. Calístenes las tradujo en voz baja.

—«Los que custodian el umbral no dejaron pasar al desierto a los hombres del norte».

Clito miró hacia la entrada de la tienda.

—¿Hombres del norte?

Parmenión soltó un gruñido.

—Cada vez me gusta menos este viaje.

Alejandro enrolló el mapa.

—A mí cada vez me interesa más.

Salió de la tienda. Hefestión fue tras él. Los demás se quedaron unos segundos en silencio.

Parmenión miró a Filotas.

—¿Tú también vienes?

Filotas asintió.

—Sí.

—Claro.

Clito recogió su espada.

—Al menos podremos decir que intentamos detenerlo.

Calístenes guardó el pergamino.

—No lo intentaste demasiado.

Clito lo miró.

—Tú tampoco.

Fuera, Alejandro se detuvo frente al campamento. El viento movió las lonas. A lo lejos, las montañas se recortaban contra la noche. No sabía qué encontrarían al final de aquella ruta, pero ya había tomado la decisión, y una vez tomada, Alejandro no acostumbraba a volver atrás.

Al amanecer, partirían hacia el norte, hacia los guardianes, hacia Mandalay. 


Ptolomeo, Capitán de Caballeria
y Biografo de Alejandro Magno
Rumbo a los guardianes

Antes de partir, Alejandro dejó Babilonia en manos de Ptolomeo. Lo encontró en la sala de mando, rodeado de tablillas y mapas.

—Si preguntan por mí, estoy ocupado —dijo Alejandro.

Ptolomeo alzó una ceja.

—¿Con qué?

—Con las futuras conquistas.

Ptolomeo sonrió.

—¿Y eso incluye el lugar al que vas?

Alejandro negó con la cabeza.

—No preguntes.

Al amanecer, la pequeña expedición abandonó la ciudad. Seis exploradores, un médico, un cocinero, doce soldados de élite. Caballos, monturas, provisiones, armas y varios camellos adquiridos para las zonas de desierto.

Hefestión Consejero y
Comandante de caballería

Hefestión había preparado todo o eso creía. Durante los primeros días, el camino fue sencillo. Atravesaron tierras conocidas, siguieron antiguas rutas comerciales y encontraron caravanas que hablaban de ruinas abandonadas más al norte.

Después, el paisaje cambió. El verde desapareció. La tierra se volvió ocre. El sol cayó sobre ellos con una fuerza brutal. Una tarde, Hefestión estudió el mapa.

—Es por aquí.

Clito lo miró.

—¿Seguro?

—Sí.

Parmenión gruñó.

—Eso has dicho antes.

Siguieron. Horas después, uno de los exploradores señaló el horizonte.

—No hay camino.

Hefestión observó el mapa. Después miró alrededor.

—Volvemos.

Clito soltó una carcajada.

—Gran estratega.

Hefestión le lanzó una mirada.

—No hace falta que lo recuerdes.

Regresaron sobre sus pasos hasta encontrar la ruta correcta.

El calor empeoró. Parmenión cayó de rodillas al sexto día. Clito no tardó en seguirlo. Alejandro ordenó detener la marcha. El médico corrió hacia ellos.

—Necesitan sombra y agua.

Parmenión apenas podía hablar.

—No... necesito... quejarme.

Clito abrió los ojos.

—Eso es lo único que haces bien.

Una noche, Hefestión tampoco pudo mantenerse en pie. El médico abrió su bolsa y sacó unas hojas secas.

—Esto le ayudará.

Calístenes le sujetó la muñeca.

—No.

El médico lo miró.

—¿Qué ocurre?

—Solo agua.

—Esta planta puede devolverle las fuerzas.

—También puede matarlo.

Calístenes señaló las hojas.

—No sabemos qué plantas crecen aquí. No le des nada.

El médico guardó el manojo. Hefestión bebió. Poco a poco, recuperó el aliento. Calístenes permaneció junto a él hasta que pudo volver a sentarse.

Calístenes, en su cinturón llevaba una daga de plata. La había preparado antes de partir. No había querido explicar su presencia. Hasta aquella noche. Junto al fuego, Alejandro le preguntó:

—¿Para qué la quieres?

Calístenes miró la hoja.

—Para los hombres lobo.

Parmenión levantó la cabeza.

—¿Hombres lobo?

—Los hombres del norte.

Clito soltó un bufido.

—Ahora tenemos monstruos.

—No sé si son monstruos —respondió Calístenes—. Pero los relatos coinciden en algo.

Alejandro lo miró.

—¿La plata?

Calístenes asintió.

—Puede matarlos.

Nadie volvió a bromear. Las noches se hicieron más frías. Los caballos comenzaron a inquietarse. A veces levantaban la cabeza al mismo tiempo y miraban hacia la oscuridad.

Los exploradores encontraron huellas, eran humanas y después, otras más grandes y profundas, con una forma que ninguno quiso describir.

Una mañana encontraron restos de un campamento abandonado. Había huesos junto a las cenizas. Una tienda desgarrada, una vasija rota, pero ningún cadáver. Solo huellas que desaparecían en la arena. La arena no solo cubría las huellas, se las tragaba. Esa noche nadie durmió bien.

Un ruido despertó a uno de los soldados. Una sombra cruzó entre las tiendas. Las espadas salieron de sus vainas. En pocos instantes, todos formaron un círculo. Antorchas en alto y armas preparadas. Alejandro en el centro. Parmenión junto a Clito. Hefestión cubría la espalda de su amigo. Calístenes sostenía la daga de plata. Nadie veía nada. Pero el desierto parecía moverse. La arena subía y bajaba. Una ondulación recorrió el suelo. Después otra. Como si algo enorme respirara bajo sus pies. Un caballo relinchó. Uno de los soldados levantó la antorcha. A lo lejos llegó un sonido. Un aullido.

Alejandro miró hacia la oscuridad.

—No estamos solos.

El silencio regresó. Al amanecer encontraron una señal junto a una roca. Un símbolo tallado en piedra.

Calístenes pasó los dedos sobre las marcas.

—Es antiguo.

—¿Qué significa? —preguntó Hefestión.

Calístenes levantó la mirada.

—Una frontera.

Alejandro observó el horizonte.

Más allá de aquella línea comenzaban las tierras que ningún mapa romano, persa o macedonio describía y alguien había decidido vigilar su entrada.

Los guardianes estaban cerca.

 

El Mapa

Los Guardianes Nórdicos
Los guardianes nórdicos

La aldea apareció al final del desfiladero. Era pequeña. Un puñado de casas de madera y piedra rodeadas por una empalizada baja. No había humo en las chimeneas. Ni animales sueltos. Ni niños. Al verlos llegar, una puerta se cerró. Después otra. Las ventanas desaparecieron tras los postigos. Una segunda puerta se cerró de golpe. Luego otra. En pocos segundos, la aldea quedó en silencio.

Parmenión miró alrededor.

—No parecen muy hospitalarios.

Clito observó las casas.

—Nos han visto venir.

Los exploradores se detuvieron.

Alejandro levantó una mano.

—Esperad.

Hefestión miró hacia la empalizada.

—No sale nadie.

Entonces sonó un cuerno.

Una sola nota. Grave. Desde una de las casas llegó el ruido de un cerrojo.

Calístenes observó los símbolos tallados sobre los postes.

—Son los mismos que vimos en la frontera.

Alejandro asintió.

—Entonces hemos llegado.

Pasaron unos minutos. Finalmente, una de las puertas de la aldea se abrió. Salieron seis guerreros.

Después otros. Al frente caminaba un hombre alto, de barba gris y rostro surcado de cicatrices.

A su lado iba un lobo enorme, sus ojos reflejaron la luz. Un gruñido bajo escapó de su garganta.

Parmenión llevó una mano a la espada. El líder lo señaló.

—No.

Parmenión mantuvo la mano sobre la empuñadura.

—Entonces dile a tu perro que deje de gruñir.

El lupino mostró los dientes. El líder levantó una mano.

—Basta.

Después miró al grupo.

—¿Quién manda?

Nadie respondió. Alejandro permaneció unos pasos atrás, junto a Hefestión. El líder volvió a preguntar.

—¿Quién manda?

Calístenes miró hacia Alejandro. Él negó con la cabeza. El cronista dio un paso.

—Buscamos Mandalay.

Los guardianes intercambiaron miradas. Una mujer salió de una de las casas. Llevaba colgantes de hueso y símbolos pintados sobre la piel. Cerró los ojos.

—Entonces la historia ha vuelto a encontrarnos.

El líder miró a Calístenes.

—Entrad.

La pequeña aldea estaba llena de señales antiguas. Huesos colgados sobre las puertas. Marcas de garras en los postes. Piedras cubiertas de símbolos. Armas viejas junto a las casas. No parecía un hogar. Parecía un lugar que esperaba algo. El líder los condujo hasta una casa mayor que las demás. Dentro había un fuego encendido.

Alejandro permaneció en silencio.

El líder habló.

—Nuestros antepasados llegaron aquí hace muchas generaciones.

Calístenes observó las marcas de las paredes.

—¿Para proteger Mandalay?

El líder negó.

—Para impedir que Mandalay llegara al mundo.

—¿Y la espada? —preguntó Calístenes.

La anciana respondió:

—Fue creada para enfrentarlo.

El cronista miró hacia Alejandro.

—Entonces la leyenda era cierta.

El líder golpeó la mesa.

—No es una leyenda.

Silencio.

—Es una deuda.

Un joven guardián permanecía junto a la puerta.

—Mi padre vigiló antes que yo.

Miró las cicatrices de los hombres mayores.

—Y su padre antes que él.

La anciana bajó la mirada.

—Y ninguno pudo marcharse.

Alejandro dio un paso al frente.

—Porque alguien tiene que quedarse.

Todos se volvieron hacia él.

El líder lo estudió.

—¿Y tú quién eres?

Alejandro avanzó.

—Alejandro.

El silencio fue absoluto. El lupino levantó la cabeza. Uno de los guerreros apretó su lanza.

—¿Alejandro de Macedonia?

—Sí.

—El conquistador.

—El mismo.

El líder lo observó.

—Entonces has venido a conquistar esto.

—No.

Alejandro señaló el pergamino.

—He venido a entenderlo.

El líder no apartó los ojos de él.

—Los hombres del sur siempre quieren abrir lo que está cerrado.

—Yo quiero saber por qué está cerrado.

—Eso también es peligroso.

—Lo sé.

El líder se acercó.

—Mandalay ha sido contenido antes.

—¿Cuántas veces?

—Las suficientes para olvidar los nombres de los muertos.

Alejandro guardó silencio.

—¿Y qué precio tiene derrotarlo?

El líder miró el fuego.

—Siempre se paga.

Calístenes comenzó a sacar su pergamino.

El líder lo vio.

—No.

Calístenes se detuvo.

—¿No?

—Esto no debe quedar escrito.

El cronista miró a Alejandro.

—Yo documento lo que ocurre.

—Esta vez no —dijo Alejandro.

El líder frunció el ceño.

—Si esta historia llega a oídos de reyes, sacerdotes o conquistadores, otros vendrán.

Alejandro asintió.

—Lo entiendo.

—¿Y qué harás?

Alejandro extendió la mano.

—Un pacto.

El líder observó su mano.

—No confío en promesas.

—Entonces confía en mi palabra.

El líder estrechó su mano.

—Mandalay permanecerá fuera de los escritos.

—Y fuera de mis conquistas.

El líder asintió y Alejandro miró a Calístenes.

—No escribirás nada de esto.

El cronista apretó los labios.

—Entendido.

Afuera, un aullido rompió el silencio. La mujer levantó la cabeza.

—Hay otra cosa.

Alejandro se volvió.

—¿Qué?

—Una de nuestras vigilantes ya no está aquí.

—¿Dónde?

—Judá.

El líder miró hacia la puerta.

—Se llama Miriam.

La anciana habló en voz baja.

—Y si Mandalay despierta, necesitaremos que regrese.

El fuego crujió. Nadie respondió. Fuera, las puertas de la aldea seguían cerradas y Alejandro comprendió que aquellos hombres no llevaban generaciones protegiendo un secreto. Llevaban generaciones esperando que alguien cometiera el error de despertarlo.

 

Merida, Guardiana de Judá

Miriam, Guardiana de Judá

La mujer sabia todavía miraba a Alejandro cuando alguien abrió la puerta.

Una mujer entró. Llevaba una capa de viaje cubierta de polvo. No parecía cansada. Parecía alerta. Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Alejandro.

El líder se levantó.

—Miriam de Judá.

Ella asintió.

—He vuelto.

Calístenes frunció el ceño.

—¿De Judá?

Miriam lo miró.

—Sí.

Alejandro se acercó.

—¿Por qué has regresado?

Miriam tardó unos segundos en responder.

—Porque algo ha despertado.

El silencio cayó sobre la casa.

—¿Dónde? —preguntó el líder.

Miriam señaló el suelo.

—Aquí.

Parmenión intercambió una mirada con Clito.

Hefestión se incorporó.

—¿Estás segura?

Miriam asintió.

—Lo sentí antes de abandonar Judá.

Alejandro la observó.

—Entonces tu regreso no fue casualidad.

—No.

Miriam miró hacia las paredes.

—Algo me llamó.

Alejandro desenvainó la espada. La hoja brilló bajo la luz del fuego. Los guardianes retrocedieron un paso. El lupino dejó escapar un gruñido. Miriam no se movió. El líder observó la espada.

—La has traído.

—Sí.

—¿La has desenterrado?

Alejandro negó.

—La encontramos.

Miriam se acercó pero no tocó la hoja.

—Entonces ya sabe que está aquí.

Calístenes miró al líder.

—¿Mandalay?

El hombre asintió.

—Puede que la espada lo haya inquietado.

Parmenión apretó la mandíbula.

—¿Y eso es bueno?

—No.

Miriam miró a Alejandro.

—Pero ahora sabemos que vamos por el camino correcto.

El líder se acercó a la espada.

—No puedo impedirte usarla.

Miró a sus hombres.

—Y tampoco voy a abandonarte.

Alejandro envainó la hoja.

—No os lo pediría.

Miriam permaneció en silencio unos instantes y después habló.

—He encontrado una pista.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Sobre Mandalay?

—Sí.

—¿Dónde?

—Os llevaré.

El líder asintió.

—Al amanecer.

Miriam negó.

—No.

Miró hacia la ventana cerrada.

—Cuando salga el sol será demasiado tarde.

Nadie respondió. Después señaló una pequeña casa de piedra junto a la vivienda del líder.

—Dormiré allí.

Se volvió hacia Alejandro.

—Mañana os mostraré el camino.

Miriam salió. Clito le miró como lo hacía a las mujeres con las que quería algo más y ella, le devolvió la mirada. La puerta se cerró. Durante unos segundos nadie habló.

Clito fue el primero.

—No me gusta.

Parmenión gruñó.

—A mí tampoco.

Calístenes miró hacia la ventana.

—Sabe algo más.

Hefestión asintió.

—Seguro.

Alejandro dejó la espada sobre la mesa.

—Lo descubriremos.

Parmenión lo miró.

—¿Y si la pista nos lleva a una trampa?

Alejandro observó la casa de piedra donde Miriam acababa de desaparecer.

—Entonces iremos preparados.

Afuera, el viento comenzó a golpear los tejados. Uno de los lupinos levantó la cabeza y lanzó un aullido hacia la oscuridad. Todos comprendieron lo mismo. Mandalay estaba cerca y quizá ya sabía que ellos también habían llegado.

 

Sire Brujah
El abrazo del Brujah

Un grito de mujer rompió la noche. Todos despertaron. Alejandro salió de la casa con la espada en la mano.

—¡Miriam!

Los guardianes ya corrían hacia la casa de piedra. La rodearon. Pero nadie entró. Permanecían quietos frente a la puerta, abatidos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hefestión.

El líder negó con la cabeza.

—No podemos entrar.

Alejandro empujó la puerta. Dentro, una figura sostenía un hacha. Era un hombre nórdico de aspecto feroz. A sus pies estaba Miriam. Pálida, inmóvil y con el cuello ensangrentado.

Parmenión levantó la espada y se la puso junto al cuello.

—¿Qué has hecho?

El hombre no se movió.

—Viejo, no he venido a hacer daño.

Parmenión miró a Miriam.

—Está muerta.

—No.

El Brujah levantó una mano.

—La he abrazado.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Ahora es inmortal.

Nadie avanzó. Clito abrió los ojos muy interesado. El aire pareció hacerse más pesado.

—No os acerquéis —advirtió el Brujah.

Parmenión apretó la espada contra su cuello.

—No me das órdenes.

El Brujah lo miró fijamente, tiró su hacha al suelo.

—Entonces tendrás que matarme.

Parmenión dudó. Solo un instante. Después lanzó un corte. Hefestión entró en acción. Su lanza, consagrada al dios Pan, atravesó al vampiro. Alejandro avanzó y descargó su espada.

El Brujah cayó. Su cuerpo comenzó a deshacerse hasta quedar reducido a cenizas.

El silencio regresó.

Miriam seguía en el suelo.

Parmenión bajó la espada y los guardianes entraron.

La mujer sabia se arrodilló junto a Miriam. La observó durante unos segundos.

—Ya no es humana.

El líder cerró los ojos.

—Es el Wyrm.

El joven guardián dio un paso adelante.

—Hay que matarla.

Alejandro se interpuso.

—No.

—¡Es una criatura de la noche!

—Sigue siendo Miriam.

El joven levantó su arma. Parmenión se colocó delante de Alejandro.

—No lo hagas.

El líder miró a Miriam.

—Si despierta, ya no sabremos quién será.

Calístenes habló desde el fondo.

—Pero sabemos quién era.

La mujer bajó la mirada.

—Y ese es el problema.

Miriam comenzó a moverse. Los guardianes retrocedieron. El joven levantó su arma. Parmenión lo desarmó antes de que pudiera atacar. Dos macedonios tuvieron que sujetarlo.

—¡Soltadme!

—No —dijo Parmenión.

El líder observó a Alejandro.

—¿Qué propones?

Alejandro miró a Miriam.

—Nos la llevamos.

—¿A dónde?

—Lejos de aquí.

El líder permaneció en silencio.

—Será vuestra responsabilidad.

Alejandro asintió.

—Sí.

La mujer acarició la pália frente de Miriam.

—Entonces que siga su misión.

Los guardianes apartaron las armas. Alejandro hizo una señal. Sus hombres levantaron a Miriam con cuidado. El joven seguía forcejeando.

—¡No podéis llevárosla!

Hefestión lo sostuvo.

—Ya está decidido.

Alejandro salió de la casa. Antes de marcharse, miró al líder.

—No escribiré nada de esto.

El guardián asintió.

—Nosotros tampoco.

La aldea quedó atrás. Miriam viajaba con ellos. Ya no como la mujer que habían conocido. Sino como una guardiana que había cruzado una frontera de la que nadie regresaba.


Niño Ghoul
El niño ghoul

Miriam apenas había dormido o eso creía. Sentada alejada del fuego, al que ahora temía, miraba sus propias manos.

—No siento frío —dijo.

Calístenes se sentó frente a ella.

—Ya no eres como antes.

—¿Qué soy?

—Todavía no lo sabemos.

Miriam levantó la mirada.

—Tengo sed.

Calístenes entendió.

—No bebas sangre humana.

Miriam apartó la mirada.

—No sé qué hacer.

—Aprenderás.

Clito escuchaba desde el otro lado del fuego. Se acercó.

—¿Y qué más puedes hacer?

Miriam lo miró.

—No lo sé.

Clito sonrió.

—Interesante.

Calístenes negó con la cabeza.

—No la animes.

—Solo pregunto.

Clito se sentó junto a Miriam.

—Debe ser extraño.

—Lo es.

Clito la observó con fascinación.

—Me gustaría ser así.

Miriam lo miró con seriedad.

—No sabes lo que dices.

Clito no respondió. El cielo comenzó a aclararse. Un rayo de sol entró por la abertura de la tienda. Miriam gritó. Su piel comenzó a arder. Clito reaccionó antes que nadie. La cubrió con su capa y la arrastró hacia el interior de la tienda.

—¡Dentro!

Calístenes cerró la entrada. Miriam quedó tendida en la oscuridad.  

Parmenión, General de Alejandro,
Segundo al Mando

Dos días después encontraron al niño. Estaba sentado junto a una roca, al borde del camino. Solo. Demasiado limpio para llevar tiempo allí. Demasiado tranquilo.

Parmenión llevó la mano a la espada.

—¿Dónde están sus padres?

El niño levantó la mirada.

—Muertos.

Alejandro se acercó.

—¿Cómo te llamas?

El niño no respondió. Miró a Miriam. Después a la espada.

—¿Queréis morir?

Clito frunció el ceño.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Alejandro lo detuvo con una mano. Miró al niño.

—Sí.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Sí? —preguntó Hefestión.

Alejandro mantuvo la mirada sobre el muchacho.

—Quiero morir luchando contra Mandalay.

El niño sonrió por primera vez.

—Entonces os llevaré hasta él.

Parmenión se acercó a Alejandro.

—¿Estás seguro?

—No.

El niño se levantó.

—Cuando muráis, me quedaré con todas vuestras cosas.

Clito soltó una carcajada.

—Al menos es sincero.

El niño comenzó a caminar. Alejandro hizo una señal.

—Seguidme.

Miriam se quedó mirando al muchacho. Algo en él no encajaba. No parecía perdido. Parecía estar esperando. El niño se volvió.

—¿Venís?

Alejandro asintió.

—Llévanos hasta Mandalay.

El muchacho sonrió otra vez y echó a andar hacia el desierto. Ninguno de ellos vio la sombra que, durante un instante, pareció moverse detrás de él. El niño no les había encontrado, había venido a buscarlos.

 

Clito, el Negro,
Lugarteniente y General de Alejandro
Mandalay

El niño avanzó por el túnel sin mirar atrás. Alejandro y los demás lo siguieron. Las escaleras descendían hasta una cámara enorme. Las paredes desaparecían entre sombras. Había cuerpos esparcidos por el suelo, algunos reducidos a esqueletos. En el centro se alzaba un altar de piedra, roto por la mitad y cubierto de sangre seca.

El niño se detuvo. Al otro lado de la cámara estaba Mandalay.

No parecía un hombre. Parecía una memoria que había aprendido a sangrar. Sus ojos verdes iluminaron la oscuridad. Veinte hombres quedaron inmóviles. Parmenión no movió la espada. Hefestión tampoco.

Mandalay dio un paso.

El suelo tembló. Uno de los macedonios cayó de rodillas. Mandalay llegó hasta él antes de que pudiera levantarse. Lo levantó con una sola mano y lo arrojó contra una columna. Otro intentó atacar. Mandalay lo alcanzó con un movimiento seco. El grito retumbó por toda la cámara.

Alejandro desenvainó. Miriam hizo lo mismo. Se separaron. Ella tomó el flanco izquierdo. Alejandro, el derecho. Avanzaron despacio.

Mandalay los observó. Entonces atacó. La formación macedonia se rompió. Seis hombres cayeron en pocos instantes. Mandalay cruzó entre ellos con una velocidad imposible. Espadas chocaron contra piedra. Los soldados retrocedieron.

—¡Ahora! —gritó Alejandro.

Filotas avanzó. Clito también. Calístenes lanzó una antorcha. La llama cayó al suelo. Una lengua de fuego surgió de la piedra y devoró la antorcha antes de apagarse. Calístenes retrocedió.

—No le gusta el fuego —murmuró.

El suelo volvió a vibrar. Los cadáveres se levantaron. Diez cuerpos se alzaron entre las sombras. Los macedonios gritaron. Los muertos se lanzaron contra ellos. La cámara se convirtió en un caos de acero, polvo y llamas.

Filotas sostuvo una línea. Clito protegió el flanco. Miriam cruzó la sala hasta Mandalay. Alejandro buscó una abertura. Parmenión seguía quieto.

Mandalay avanzó.

Mandalay, Matusalén Tzimisce


Los seis soldados siguientes apenas tuvieron oportunidad. Cayeron uno tras otro. El horror paralizó a Alejandro. Miriam quedó inmóvil. Clito bajó la espada. Por un instante, nadie recordó que aquel monstruo podía sangrar.

Filotas retrocedió. Hefestión lo siguió. Ambos corrieron hacia la salida. Parmenión no. Sacó su espada de bronce. La Espada de Null. La reliquia babilonia brilló bajo la luz verde de los ojos de Mandalay. Parmenión caminó hacia él. Mandalay lo esperó.

Parmenión levantó la espada y golpeó. El filo alcanzó su hombro, pero nada. Mandalay giró la cabeza. Parmenión apretó los dientes.

—Entonces será por otro sitio.

Clito miró al niño.

Lo agarró antes de que pudiera escapar y puso el filo contra su cuello. Mandalay se detuvo. Toda la cámara quedó en silencio. Los muertos dejaron de avanzar. Mandalay miró al niño. Solo a él. Clito comprendió. Aquel monstruo tenía un vínculo con la criatura. Y por primera vez desde que habían entrado allí, el miedo desapareció de los rostros. Parmenión aprovechó el instante.

Corrió.

La Espada de Null atravesó la pierna de Mandalay. Sangre oscura cayó sobre la piedra. Mandalay lanzó un rugido. La primera sangre.

El niño escapó de las manos de Clito.

—¡Maldita sea!

Clito intentó atraparlo. Demasiado tarde. Miriam reaccionó. Saltó sobre Mandalay y lo sujetó desde atrás. El monstruo luchó por liberarse.

Alejandro Magno Vs. Mandalay


Alejandro corrió. Subió sobre una piedra caída. Saltó. La espada descendió. El filo atravesó el pecho de Mandalay. Por primera vez, aquellos ojos verdes se abrieron de par en par. La espada comenzó a beber. La sangre de Mandalay desapareció dentro del acero. El monstruo dejó de luchar. Sus manos temblaron. Las sombras de la cámara retrocedieron.

Mandalay cayó de rodillas. Luego bajó la cabeza. Sus ojos verdes perdieron fuerza. Alejandro mantuvo la espada clavada. La criatura respiró una última vez y quedó inmóvil.

Hubo silencio.

Solo se escuchaban los pasos de los supervivientes entre los cadáveres. Alejandro retiró la espada.

—Ha terminado.

Parmenión miró a Mandalay. No respondió. Entonces la cámara volvió a temblar. Una grieta cruzó el altar y el techo comenzó a hundirse.

—¡Fuera! —rugió Alejandro.

Corrieron. Los soldados vivos abandonaron la cripta mientras enormes bloques de piedra caían detrás de ellos. Miriam alcanzó la salida. Alejandro pasó después. Parmenión salió tambaleándose. Clito fue el último. Un bloque cayó a pocos pasos de él. Rodó por el suelo y quedó cubierto de polvo y golpes. Se levantó y corrió.

Saltó hacia la salida.

La cámara se derrumbó. El estruendo recorrió el desierto. Una nube de polvo cubrió la entrada. Después llegó el silencio. Alejandro miró la montaña de piedra. La Espada seguía en su mano.

—Mandalay ha muerto.

—¿Seguro Alejandro? —pregunto Clito sacudiéndose el polvo.

—Seguro Clito —aseveró Alejandro.

Muy lejos, bajo toneladas de roca, algo permanecía inmóvil. Sus ojos verdes ya no brillaban.

Pero tampoco estaban apagados del todo.

  

Calístenes,
Historiador y embajador de Alejandro
Regreso a Babilonia

Babilonia los recibió días después. Entraron por sus puertas cubiertos de polvo, con los caballos exhaustos y con varios hombres menos. Nadie preguntó demasiado.

Habían vuelto y llevaban la espada.

Alejandro la entregó a los sacerdotes para que la limpiaran, pero no permitió que la guardaran.

Parmenión la observó durante largo rato.

—No me gusta esa espada.

Alejandro sonrió.

—Ha matado a algo que nadie más pudo matar.

Parmenión no respondió. Miriam permanecía apartada del grupo.

Aquella noche se reunió con ellos por última vez. Llevaba la espada al cinto y una capa sobre los hombros.

Hefestión fue el primero en acercarse.

—¿Te vas?

Miriam asintió.

—A Judá.

Clito la miró.

—Podrías quedarte.

Miriam negó con la cabeza.

—Mi lugar está allí.

Alejandro se acercó. Durante unos instantes ninguno habló.

—Nos has salvado la vida —dijo él.

—Vosotros me la devolvisteis.

Miriam miró hacia el palacio. Después alzó los ojos hacia Alejandro.

—No dejéis que el poder de esa espada os haga olvidar lo que habéis visto.

Alejandro la miró a los ojos.

—Mandalay ha muerto.

Miriam no respondió. Solo sonrió con tristeza.

—Adiós, Alejandro.

—Adiós, Miriam.

Ella montó en su caballo. Antes de partir, miró una última vez a los hombres que habían compartido aquel viaje. Después tomó el camino hacia Judá. Su silueta desapareció entre el polvo.

Alejandro permaneció en la muralla hasta que dejó de verla. Detrás de él, la Espada descansaba sobre una mesa. La hoja conservaba una mancha oscura que ningún paño había conseguido borrar.

Muy lejos de allí, bajo la piedra y la arena, Mandalay seguía inmóvil. Vencido pero no había muerto, estaba en sopor.

Alejandro creyó que la guerra había terminado y el desierto aprendió a esperar...

1000 años.

 

La espada