Preludio: Axel Ulmer,
“el Aullador”
Me llamo Axel Ulmer.
Aunque hace mucho que casi nadie usa ese
nombre.
Ahora me llaman el Aullador.
Dicen que cuando la sangre corre y el hierro
choca contra el hierro dejo de ser un hombre. Dicen que algo dentro de mí despierta
y sale a la superficie, algo viejo y hambriento que ruge, muerde y desgarra.
Tal vez tengan razón.
Pero yo no siempre fui así.
Hubo un tiempo en que no era más que un niño
flaco que corría entre los pinos de las montañas del norte.
Nací en un pequeño poblado de Noruega, donde
el invierno dura más que la paciencia de los hombres y los bosques se extienden
como un océano oscuro. Era el menor de cuatro hermanos, hijo de campesinos
pobres que sobrevivían con lo que podían arrancar a la tierra, al río y al
bosque.
Desde pequeño cargué madera, recogí frutos,
arrastré pieles y ayudé en las trampas de caza. Hacía lo que cualquier hijo
debía hacer para que la familia sobreviviera un invierno más.
Pero cuando el trabajo terminaba, corría al
bosque.
Allí jugaba entre las sombras de los árboles
imaginando que era uno de los héroes de los que hablaban los ancianos junto al
fuego. Guerreros que cruzaban mares grises, saqueaban ciudades lejanas y morían
con un hacha en la mano bajo la mirada de los dioses.
Esas historias encendían la sangre.
Soñaba con viajes, con batallas, con gloria…
y con el ojo de Odín observándome desde lo alto.
Cuando mi cuerpo dejó de ser el de un niño me
uní a una banda de guerreros. No tenía oro para comprar una espada digna ni
hierro para cubrir mi pecho, así que fabriqué lo que pude: cuero endurecido y
el hacha con la que había cortado leña durante años.
No era mucho.
Pero la furia que llevaba dentro sí lo era.
Los veteranos empezaron a fijarse en mí.
Sobre todo el día en que, en mitad de una pelea, salté sobre un enemigo y le
arranqué la garganta de un mordisco.
Recuerdo el sabor.
Caliente. Espeso.
Recuerdo también cómo me miraron después.
Aquella misma noche me llevaron ante el
chamán.
Nos esperaba en lo profundo del bosque. La
hoguera iluminaba su rostro arrugado y alrededor de él se alzaban los guerreros
más temidos de la banda: los berserkers.
El chamán nos dio una sopa negra y amarga
hecha con beleño y otras hierbas que quemaban la lengua y enturbiaban la vista.
Luego empezó a cantar.
Un canto antiguo.
Más antiguo que los reyes.
Más antiguo que nuestras sagas.
El mundo empezó a girar.
Nos arrastramos a cuatro patas alrededor del
fuego. Rugíamos. Aullábamos. Sentí cómo algo dentro de mi pecho se rompía y se
liberaba.
Mi lobo.
El cielo giraba sobre nosotros.
Y entonces levanté la cabeza… y los vi.
Figuras observaban desde las nubes.
Odín, con su ojo único clavado en nosotros.
Thor, enorme como una tormenta.
Loki, sonriendo con una mueca torcida.
Sentí que me juzgaban.
Y aquella noche me aceptaron.
Después llegó la locura.
Incursiones en aldeas enemigas. Incendios que
devoraban tejados. Playas cubiertas de cadáveres.
Cuando el trance me poseía ya no sentía dolor
ni miedo. Solo hambre de lucha.
Y en medio de la sangre volvía a ver a los
dioses.
Siempre mirando.
Siempre esperando más.
Pero con el tiempo aquello dejó de bastarme.
No quería que solo me miraran desde el cielo.
Quería hablar
con ellos.
Quería estar ante Odín y que escuchara mi
nombre.
Así que una noche tomé más setas y beleño del
que ningún hombre cuerdo debería probar jamás. Me interné en el bosque y caminé
hasta que las estrellas comenzaron a moverse como brasas en el cielo.
Las sombras se alargaban y se retorcían.
Vi gigantes entre los árboles.
Dragones deslizándose entre las nubes.
Entonces apareció ante mí un puente de luz
que se elevaba hacia el firmamento.
El Bifröst.
Lo crucé.
Cada paso me acercaba a Asgard. Imaginé a Heimdall observándome con sus ojos dorados.
Imaginé las puertas abriéndose para dejarme pasar.
Estaba a punto de alcanzarlas cuando algo
cayó sobre mí.
El golpe me arrancó del sueño.
Desperté en el bosque, con la espalda contra
la tierra húmeda.
Y había algo sobre mí.
Dos figuras se alzaban en la penumbra.
Altas.
Cubiertas de pelaje oscuro.
Sus ojos brillaban con una luz extraña.
No eran lobos…
pero tampoco hombres.
Uno de ellos se abalanzó sobre mí.
Sus garras rasgaron mi pecho y sus dientes
buscaron mi garganta. Rodé por el suelo y logré apartarlo con un gruñido.
Cuando me levanté ya tenía el hacha en las manos.
Los miré.
Y mi mente encontró una respuesta.
Hati y
Sköll.
Los hijos de Fenrir habían venido a impedir
que alcanzara a los dioses.
Escupí sangre.
—Venid —gruñí—. Veamos cuál de vosotros
quiere morir primero.
Entonces una luz cruzó el cielo.
Una estrella ardiente.
Pero yo supe que no era una estrella.
Era una señal.
Odín me
observaba.
Así que ataqué.
El primer lobo saltó hacia mí con un zarpazo
que habría abierto a un hombre en dos. Logré desviar el golpe y descargué el
hacha contra su torso.
El hierro se hundió en la carne.
Volví a golpear.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que el lobo cayó.
Pero el segundo ya estaba sobre mí.
Sus colmillos se hundieron en mi cuello.
Sentí cómo mi sangre abandonaba mi cuerpo.
Intenté golpearlo, pero mis brazos ya no
respondían.
La mordida no era como la de un animal.
Era… distinta.
Casi… cuidadosa.
Cuando mi vista empezó a oscurecerse, el lobo
se inclinó hacia mi oído.
—Has luchado bien —susurró.
Después todo se volvió negro.
Desperté en el bosque.
El aire olía distinto. Cada latido del mundo
parecía retumbar dentro de mi cabeza.
Mi cuerpo estaba cambiado: más ágil, más
fuerte.
Mis ojos… brillaban con un destello animal
cuando la luna se colaba entre los árboles.
Mis reflejos se habían agudizado; podía
escuchar el latido de la sangre a cientos de metros.
Mi hambre ya no era solo de carne, sino de
algo más profundo… antiguo.
A mi lado yacía el cadáver del lobo que había
matado. Del otro no quedaba rastro. Pero sus huellas se alejaban silenciosas
entre los árboles.
Y entonces lo sentí.
Un par de ojos en la penumbra.
Oscuros, inteligentes… eternos.
Observándome.
No había ningún movimiento, ningún ruido.
Solo la presencia.
Su mirada me decía: “Esto es solo el principio”.
Su sombra se fundía con la noche, esperando.
Esperando a que yo aprendiera a sobrevivir.
Esperando a que yo abrazara la bestia que
ahora era parte de mí.
Y supe, sin saber cómo, que ese era el principio de algo que duraría para siempre.
Que había sido elegido.
Por un dios.
Por un lobo.
Por un maestro que aún no se había
presentado.

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