Nuevo personaje: Benjamín Janosz, Nosferatu

 

Preludio de Benjamín Janosz, 

el Cronista de las Sombras

 

Benjamín Janosz, Nosferatu

Jerusalén olía a polvo antiguo y sangre seca. Desde el tejado bajo donde se ocultaba, Benjamín observaba las murallas iluminadas por las antorchas de los cruzados. La ciudad santa no dormía jamás; incluso de noche se oían plegarias, discusiones en lenguas extrañas y el choque de armas en alguna calle lejana. Aquel rumor continuo le resultaba familiar, casi tranquilizador, porque comprendía la mayor parte de lo que se decía.

Hebreo.
Arameo.
Griego.
Latín.
Árabe.

Lenguas aprendidas en años de caminos, puertos y bibliotecas. Lenguas que habían llenado sus cuadernos de nombres, rutas, pueblos y rumores mientras cruzaba medio mundo como un testigo silencioso. Roma, Constantinopla, Bagdad, Alejandría… había visto imperios y miserias, reyes y mendigos, sabios y embaucadores.

Sin embargo, ninguna historia de su Séfer Masaot se parecía a la que ahora estaba viviendo.

Porque los hombres no eran los únicos monstruos que habitaban el mundo.

Benjamín respiró hondo y el aire nocturno le quemó la garganta. El hambre volvía otra vez. No era un hambre humana.

—Maldita sea… —murmuró en hebreo.

Al inclinarse sobre una jarra de agua abandonada, su reflejo le devolvió la cara de un monstruo.

Apartó la mirada.

No debía mirarse demasiado.

Recordar su reflejo traía recuerdos.

Y los recuerdos lo llevaban siempre a la torre.

 

Antes de la oscuridad

Años atrás, cuando aún era mortal, Benjamín de Tudela era muchas cosas: erudito, viajero, curioso hasta el exceso… y también imprudente.

Había llegado a Jerusalén gracias a un hombre que nunca olvidaría.

Don Pelayo.

Un contable templario de Zaragoza con cabeza de mercader y alma de cruzado. Se habían conocido en una taberna junto al Ebro mientras discutían sobre mapas de Oriente. Pelayo necesitaba viajar a Tierra Santa por asuntos de la Orden y Benjamín necesitaba patrocinio para continuar sus estudios y su interminable viaje.

El acuerdo fue sencillo.

El viaje cambió sus vidas.

En el camino contrataron a un mercenario del norte, un gigante silencioso de barba larga y ojos de hielo que dormía poco y escuchaba demasiado. Nadie recordaba su verdadero nombre, así que terminaron llamándolo Axel, el Aullador, porque los lobos parecían seguirlo por los bosques y, cuando luchaba, gritaba como uno.

Axel les salvó la vida más veces de las que Benjamín podía contar.

Por eso su deuda con él era eterna.

 

El error

Jerusalén lo recibió con promesas de conocimiento.

Y con la familia Arista.

Nobles influyentes, cercanos a la corte cruzada y emparentados con la esposa de Ricardo Corazón de León. Hombres interesados en relatos del Oriente profundo, en rumores de Persia y Bagdad, en historias sobre comunidades judías olvidadas.

Benjamín creyó haber encontrado mecenas.

En realidad había encontrado depredadores.

La mujer que lo recibió aquella noche en el palacio Arista se llamaba Katja. Era alta, hermosa y su sonrisa permanecía demasiado quieta para resultar natural. Cuando lo miró, Benjamín sintió algo extraño en su interior, como si aquellos ojos antiguos lo pesaran y lo midieran.

Comprendió demasiado tarde qué era.

La bruja Tzimisce no buscaba historias.

Buscaba sangre.

 

La mazmorra

Los días se convirtieron en semanas.

La torre subterránea olía a hierro y humedad, y el silencio solo se rompía cuando Katja descendía por las escaleras para alimentarse. Al principio Benjamín gritaba, forcejeaba y rezaba. Después dejó de hacerlo.

Cada visita repetía el mismo ritual: la mordedura lenta, la sangre escapando de su cuerpo y la voz suave de la vampira hablándole de reyes muertos, demonios de los Cárpatos y secretos que ningún mortal debía conocer.

Luego llegaba el regalo.

Su sangre.

La primera vez fue por error.
La segunda por curiosidad.
La tercera por diversión.

Cuando Benjamín comprendió lo que significaba, ya no era un hombre libre.

Era un ghoul.

Dependía de ella.
De su sangre.
De su voluntad.

Pero incluso así continuó observando y recordando todo lo que veía, porque su naturaleza nunca había cambiado.

Era un juez.

Un defensor.

Un hombre que necesitaba comprender el mundo para decidir qué era justo, incluso si ese mundo estaba lleno de monstruos.

 

La noche del derrumbe

Todo terminó en una sola noche.

Primero llegaron los gritos. Luego el fuego y el rugido de algo que derribaba puertas de piedra.

Benjamín oyó morir a los guardianes y escuchó a Katja gritar por primera vez.

Después llegó el silencio.

Durante horas permaneció encadenado en la celda, esperando. Nadie acudió a buscarlo y la torre comenzó a derrumbarse sobre sí misma. El polvo cayó del techo y la piedra crujió como si el edificio estuviera muriendo.

Pensó que terminaría enterrado allí.

Entonces alguien abrió la puerta.

Una figura entró desde la oscuridad del pasillo. Benjamín apenas pudo distinguirla. La antorcha que ardía fuera de la celda solo iluminó un contorno irregular, una silueta torcida que parecía más sombra que carne.

El rostro permanecía oculto.

Solo vio fragmentos: una boca demasiado amplia, la piel deformada por la maldición, unos ojos que reflejaban la luz como los de un animal nocturno.

Un Nosferatu.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo? —preguntó la criatura con una voz áspera que raspaba como piedra contra piedra.

Benjamín tardó un momento en responder.

—Lo suficiente para saber que no eres humano.

La figura dejó escapar una risa breve, casi divertida.

—Bien… entonces podemos hablar.

Durante casi una hora Benjamín relató su historia: los viajes, las ciudades, los reyes que había visto y las comunidades judías dispersas por medio mundo. La criatura permaneció en silencio, escuchando desde la penumbra sin acercarse demasiado.

Cuando Benjamín terminó, el Nosferatu dio un paso al frente.

La luz no llegó a revelar su rostro.

—Eres una biblioteca andante —dijo finalmente.

Se inclinó hacia él y Benjamín percibió el olor de la tumba.

—Sería una pena perder tanta información.

Entonces bebió de él hasta desangrarlo, extendió la muñeca hacia él y su pútrida sangre en la boca de Benjamín, hizo el resto.

 

El Abrazo

La muerte fue rápida.

El despertar no.

Cuando tras un tormento interminable, abrió los ojos de nuevo, el mundo había cambiado.

El hambre lo atravesó primero, brutal y absoluta. Luego llegó el frío de la muerte… y después el reflejo en el agua.

Benjamín se inclinó sobre un charco oscuro y vio lo que el Abrazo había hecho con él.

La piel había perdido el tono humano y ahora era negra, mate, tensa como cuero oscuro. No era piel normal: recordaba a la de una serpiente, lisa y fría, como si bajo la superficie hubiera escamas invisibles.

Sus ojos también habían cambiado.

Amarillos.

Amarillos como los de una mamba negra, con pupilas estrechas que se contraían cuando la luz los tocaba.

Retrocedió un paso.

—¿Qué… soy ahora?

La figura que lo había abrazado permanecía en la oscuridad, observándolo. Su rostro seguía oculto.

—Eres lo que siempre fuiste —respondió la voz—. Solo que ahora puedes sobrevivir en la noche.

Durante unas pocas noches más aquella presencia le enseñó lo básico: cómo cazar, cómo ocultarse, cómo escuchar los rumores que corrían bajo las calles de Jerusalén.

Luego desapareció.

Sin nombre.
Sin despedida.
Sin explicaciones.

Benjamín jamás volvió a verlo.

 

Enemigos

Pero las sombras tenían memoria y Benjamín también. Había un nombre que no olvidaría jamás:

Hannah.

Una Nosferatu que había abrazado a los criados de la familia Janosz, compañeros suyos de desgracia, para luego abandonarlos cuando creyó que él estaba muerto o demasiado débil para sobrevivir. Benjamín estaba convencido de que muchas de sus miserias comenzaban con ella.

Tal vez no fuera cierto.

Pero en la noche los rencores pesaban más que la verdad.

 

La nueva hambre

Benjamín descendió del tejado y caminó por una calle casi vacía de Jerusalén. Su olfato captó el olor de la sangre procedente de una taberna cercana y se detuvo frente a la puerta. Dentro una mujer reía entre el bullicio de los hombres.

Pensó en entrar.

Luego negó despacio.

Las antiguas leyes seguían vivas dentro de él.

No bebería de una mujer durante su ciclo.

Ni siquiera ahora.

Ni siquiera siendo un monstruo.

—Algunas cosas deben permanecer —susurró.

Se volvió hacia la oscuridad de la calle y entonces lo oyó.

Un aullido.

Lejano.

Pero familiar.

Benjamín sonrió por primera vez en muchas noches.

Axel el Aullador.

Si aquel sonido pertenecía realmente al vikingo, Jerusalén era aún más peligrosa de lo que había imaginado.

Y su historia apenas estaba comenzando.